UNA CARTA PARA DIOS: EL SUFRIMIENTO

Querido Padre:

De nuevo me dirijo a ti, en mi caminar para aprender a vivir en cristiano, y en esta ocasión quería hablarte del SUFRIMIENTO.

Yo pensaba Padre, que sabía lo que era el sufrimiento. Incluso durante un tiempo, me sentía abandonado por ti, como Jesús en su conversación contigo en el huerto de los olivos, antes de su muerte.

Perdóname, llamé sufrimiento a una virtud. No sabía que contaba con la virtud de poder sostenerme en él para poder estar más cerca de ti.

Poder poner los pies sobre las pequeñas y pasajeras dificultades que la vida me ha ido planteando me ha hecho volver a acercarme a ti.

Mi sufrimiento era el instrumento que utilizaste para que volviera a ti… y cuando me liberas de él, me da vértigo volver a confundir el bienestar con la felicidad.

Por eso a veces, tras ver la luz, se me hace de noche y tengo que volver a preguntarme qué quieres de mí.

Ya he aprendido que ante cualquier situación he de volver a mi principal razonamiento. Volver a pinchar el centro del compás que traza las circunferencias perfectas de la vida. No olvidar nunca que tú eres El Eje.

Ya sé que el sufrimiento propio o el de los demás nos va a acompañar hasta el final de nuestros días en la tierra.

Pero también sé que el sufrimiento juega un valor de mucha importancia en el proceso de maduración de una persona, que ayuda a arrancar del alma las raíces del egoísmo y la contemplación narcisista del propio ego.

Compartir el sufrimiento, el dolor de las personas que nos rodean, llena el alma del buen “aroma de Cristo”.

Por eso Padre, te doy las gracias de hacer llegar hasta mí testimonios como el de tu hija Patricia, que sigue viviendo en la tierra en paralelo a su padre en el cielo, en sufrimiento con su dura enfermedad, que por tu voluntad les separó físicamente.

Ella se encarga de hacer feliz en su sufrimiento personal a los que le rodean, aceptando el papel que le has encomendado, siendo ejemplo de lucha contra su penosa, dolorosa y dura enfermedad.

Ver la sonrisa de Patricia, hace que me plantee si alguna vez he sufrido en la vida, porque yo no se sonreír así.

Ver cómo se pone en tus manos a través de las de un cirujano en repetidas e indeseadas ocasiones y consigue salir adelante en ese mar de tinieblas aportando luz, no solo a su familia, sino a los que vamos conociendo su experiencia, tanto psíquica por la pérdida de su ser más querido en este lado de nuestro mundo, como física, por lo doloroso de los tratamientos que ha de soportar por su dura enfermedad, nos hace comprender que a través de personas como esta, Señor, nos estás enseñando a valorar lo importante que es agradecerte el tiempo que nos das para disfrutar de esta vida, donde muy a menudo confundimos el bienestar, con la felicidad.

Patricia nos hace entender que la felicidad no es incompatible con el sufrimiento, con el dolor.

La felicidad la encontramos cuando sabemos que el centro eres Tú.

Encontrar este centro, día a día, no es fácil Señor, estoy aprendiendo, te pido paciencia conmigo.

Gracias Señor, por mostrarnos el sufrimiento.

Gracias por acercarme el testimonio de Patricia, a la que agradezco su sufrimiento por nosotros y animo a los lectores de este artículo a que en su rezo del Rosario de hoy hagan una petición para que la voluntad del Señor sea que siga sonriendo junto a sus hermanos en la tierra durante mucho tiempo.


Lázaro Hades.


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