CORPUS CHRISTI: la Octava. Día 6: Sentirse amado.

En esta fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo proclamamos nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Los ocho días que siguen a la fiesta del Corpus Christi, los dedicamos los cristianos a continuar la fiesta. Aquí tienes un texto para cada día de la octava y una serie de consejos y oraciones para cada día, antes y después de la oración. Te sugiero que los imprimas para poderlos rezar más cómodamente.

ANTES. CUATRO IDEAS PREVIAS

1. Si puedes, procura hacer este rato de oración delante de un Sagrario estos ocho días.

2. El texto de cada día está fragmentado en tres partes por letras capitulares. Están para que interrumpas la lectura y hables con Dios sobre lo que has leído. Y así cada vez.

3. No olvides que lo importante es que hables con Él. Y que le escuches.

4. Puedes empezar cada día con la oración inicial, y terminar rezando la oración final.

ORACIÓN INICIAL

Señor, espero en Ti; Te adoro, Te amo, auméntame la fe. Quiero que seas mi apoyo en todo: sin Ti no puedo nada. Tú te has quedado en la Eucaristía, indefenso.

Quiero que te sientas amado por mí: para eso intentaré cuidarte, acompañarte, tener detalles contigo, adorarte, agradecerte, valorar cada vez más esta locura tuya,...

Y quiero sentirme amado por Ti: que me alegre tenerte tan cerca, que me sienta acompañado, seguro, querido, fortalecido, comprendido, escuchado, alimentado, … ; hazme Tú ese regalo especialmente estos días y siempre que te coma.

ORACIÓN FINAL

Elige una de éstas:

1. Acuérdate de las palabras que dirigiste a tu siervo: Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí permanece y Yo en él. ¡Tú en mí y yo en Ti! ¡cuánto amor!, ¡Tú en mí, que soy un pobre pecador, y yo en Ti, que eres mi Dios! Una sola cosa, y sólo esto busco: vivir en Ti, en Ti descansar y no separarme nunca de Ti. Inspirada en el Cardenal Bona

2. ¡Amor! Tú eres fortísimo pero a la vez yo te veo debilísimo. Fortísimo, pues nadie se te puede oponer; y debilísimo, puesto que una miserable criatura como yo te vence, te supera llamándote Amor. Sta, M. Magdalena

3. Señor que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas, que vivas con nosotros, que te veamos, que te toquemos, que te sintamos, que queramos estar siempre junto a Ti, que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos. Señor mío Jesús: haz que sienta, que secunde de tal modo tu gracia, que vacíe mi corazón…. para que lo llenes Tú, mi Amigo, mi Hermano, mi Rey, mi Dios, mi Amor!. San José María Escrivá

4. Dios mío yo creo, adoro, espero y os amo , os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman. Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el precioso Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que se encuentra presente en todos los Sagrarios de la tierra, y os lo ofrezco, Dios mío en reparación por los abusos, sacrilegios e indiferencias con que Él es ofendido. Amén. Oración del Ángel a los pastores de Fátima

 

DIA 6º SENTIRSE AMADO

Viene a mi memoria -escribía San Jose María Escrivá de Balaguer- una encantadora poesía gallega, una de esas Cántigas de Alfonso X el Sabio. La leyenda de un monje que, en su simplicidad, suplicó a Santa María poder contemplar el Cielo, aunque fuera por un instante. La Virgen acogió su deseo, y el buen monje fue trasladado al paraíso. Cuando regresó, no reconocía a ninguno de los moradores de su monasterio: su oración, que a él le había parecido brevísima, había durado tres siglos. Tres siglos no son nada, para un corazón amante. Así me explico yo esos dos mil años de espera del Señor en la Eucaristía. Es la espera de Dios, que ama a los hombres, que nos busca, que nos quiere tal como somos limitados, egoístas, inconstantes, pero con la capacidad de descubrir su infinito cariño y de entregarnos a Él enteramente.”

¡Veinte siglos esperando! Se dice pronto, pero… eso no lo hace cualquiera. Es importante sentirse amado por Dios cuando estamos delante de Jesús Sacramentado.

¡Qué bien se está junto al Sagrario cuando se ve su amor, cuando uno sabe que Él le estaba esperando. “Os diré -continúa el autor- que para mí el sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones, nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro.”

Y por otro lado, que Él se sienta amado por ti, especialmente cuando comulgas. Mira lo que dice el evangelio: “No deis las cosas Santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen ” (Mt 7, 6).

La Iglesia ha aplicado estas palabras de Jesús a la administración de los sacramentos, y de modo singular a la Eucaristía: debemos recibirle bien preparados, dignamente.

Para comulgar es preciso estar bautizado, darse cuenta de lo que se hace y estar en gracia de Dios. Y la Iglesia nos pide que guardemos una hora de ayuno. Si cumplimos estas condiciones podemos recibir dignamente y con fruto la Eucaristía.

Y si no estamos en gracia de Dios, no debemos comulgar. Escribe un poeta: “Soy el pan de los ángeles. Y pobre del que me reciba en pecado como Judas. Soy la muerte en la boca, soy el infierno en el vientre de aquel despavorido” (Ibáñez Langlois).

Pero ese es el mínimo. Es bueno que nos preparemos lo mejor posible para un encuentro tan íntimo con Dios dentro de mí.

“Por eso, escribe Santa Teresa; pienso que si nos acercamos al Santísimo Sacramento con gran fe y amor, que una vez bastaría para hacernos ricas, ¡cuánto más recibiéndole tantas veces!, pero parece que nos acercamos a Él por cumplido y así nos luce tan poco”.

Quiero, Jesucristo, acudir perseverantemente ante el sagrario, físicamente o con el corazón, para sentirme seguro, para sentirme sereno: pero también para sentirme amado.., ¡y para amar!

Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad y devoción, con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

 

Texto extraído del libro “Corpus Christi”, cuyo autor es José Pedro Manglano Castellary. Editorial Desclée de Brouwer

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