SAN JUAN BAUTISTA MARÍA VIANNEY, Cura de Ars. 4 de agosto.

San Juan María Vianney, Cura de Ars. Sacerdote (siglo XIX)

Patrón: confesores, párrocos y sacerdotes.

Fiesta: 4 de Agosto

Nacimiento: 8 de Mayo de 1786. Dardilly, Lyon, Francia

Muerte: 4 de Agosto de 1859. Ars-sur-Formans

Proceso: Fue beatificado el 8 de Enero de 1905 por Pío X; Fue canonizado el 31 de Mayo de 1925 por Pío XI

Juan María Bautista Vianney (a veces escrito Juan Vianey), el Santo Cura de Ars, Es patrón de los sacerdotes; ejemplo de virtud, confesor, promotor de la Eucaristía y de la devoción Mariana. Nació cerca de Lyon el año 1786. Tuvo que superar muchas dificultades para llegar por fin a ordenarse sacerdote. Se le confió la parroquia de Ars, en la diócesis de Belley, y el santo, con una activa predicación, con la mortificación, la oración y la caridad, la gobernó, y promovió de un modo admirable su adelanto espiritual. Estaba dotado de unas cualidades extraordinarias como confesor, lo cual hacía que los fieles acudiesen a él de todas partes, para escuchar sus santos consejos. Murió el año 1859.

ORACIÓN A SAN JUAN MARÍA VIANNEY

Su vida es un gran reto evangélico que da frutos de conversión sorprendentes. Un No rotundo al tópico que levantan pereza y cobardía: “Los procesos históricos son irreversibles. El mundo tiene que secularizarse más, alejándose de Dios”.

Un reto evangélico que disipa pesimismos y desalientos. Si todos los bautizados, laicos y clérigos, vivimos como él la fuerza y el gozo de la Cruz, al calor del sagrario y mirando a la Virgen, las almas se convertirán. Un mundo nuevo apuntará. Lo sucedido en Ars de 1818 a 1859 resonará en todos los rincones de la geografía, en cualquier ambiente que vivamos.

A eso nos invita la Iglesia en la oración de mañana, llenándonos de confianza y seguridad en el triunfo. El “Dios de poder y misericordia que hace admirable a S. Juan María Vianney por su encendido celo pastoral”, nos concederá a todos “a su ejemplo y por su intercesión, ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar con ellos la vida eterna” (orac. col.).

Familia campesina

Dardilly es un pequeño municipio de unos mil habitantes en el Mediodía de Francia. Ocho kilómetros hacia el Suroeste le separan de Lyon. Enclavado en las alturas cercanas, desde la torre de su iglesia se divisa iluminada en la noche la industriosa ciudad.

Los horizontes de Dardilly son despejados y hermosos. El pueblo está situado en el extremo de un rellano rocoso que se inclina hacia Lyon. Desde ellos, el Monte de Oro y las laderas de Fourvière, aparecen bastante cercanos.

El 11 de febrero de 1778 contrajeron matrimonio sus padres en Ecully, pueblo distante de Dardilly apenas una legua. Mateo Vianney era ferviente cristiano, y María Beluse vivía una fe práctica e ilustrada.

Seis hijos tuvieron, y según la costumbre de entonces los consagraron a la Virgen antes de nacer. El cuarto fue Juan María. Vino al mundo a media noche el 8 de mayo de 1786, al día siguiente fue bautizado.

Padres que educan

La luz la vio entre campesinos de vida austera y frugal. Aprende de su padre a contentarse con poco, y a sentarse a la mesa familiar rodeado de pobres que la caridad de Mateo acogía. No se servía sino después de haberlo hecho a los mendigos, ni murmuraba cuando de los manjares tomaban la porción mayor.

Recién nacido, María se complacía en mostrarle el Crucifijo. Al acostarlo, antes de darle el último abrazo, le hablaba del Niño Jesús y de la Virgen hasta que se dormía al suave murmullo de su voz. La madre, mientras se entregaba a los quehaceres domésticos, le enseñaba a orar.

La piedad sincera que Juan mostraba no excluía su habitual vivacidad. Ojos azules, cabello oscuro, color apagado y mirada chispeante. Tenía un carácter impulsivo. Sensible y nervioso, le costaba dominarse.

Su madre supo educarlo en la generosidad. Tenía un Rosario que le gustaba mucho, pero Margarita, su hermana –Gothon, como la llamaban–, quiso quitárselo. Gritos, pataleo y un amago de combate. Corre entristecido a su madre, que con suavidad y firmeza le dice: “Hijo, dáselo a tu hermana. Dáselo por amor de Dios”. Juan, que tiene cuatro años, llorando se lo entrega al instante.

“La amaba aún antes de conocerla”

María, para enjugar sus lágrimas, en lugar de mimarle y acariciarle, le dio una tosca imagen de la Virgen. Él la había contemplado muchas veces con envidia encima de la chimenea de la cocina.

Una confidencia que hizo después de cumplir setenta años nos dice el amor que sentía por la Virgen. “¡Cuánto amaba aquella imagen! No podía separarme de ella, ni de día ni de noche. No habría dormido tranquilo si no la hubiese tenido a mi lado en el lecho… La Santísima Virgen es mi mayor y más viejo afecto. La amaba aún antes de conocerla”.

“Después de Dios, se lo debo a mi madre”

El maravilloso porvenir de su hijo predilecto no lo atisbaba quizá María. Procuraba con diligencia apartarle del pecado. Le repetía: “Mira, mi Juan, si tus hermanos ofendiesen a Dios, tendría mucha pena; pero ésta sería mayor si el pecador fueses tú”.

María asistía siempre que podía a la Misa matinal, y Juan desde los cuatro años la acompañaba. Más adelante, cuando le hablaban de su temprano amor a la oración y al altar, respondía llorando: “Después de Dios, se lo debo a mi madre. ¡Era tan buena!… Un hijo que ha tenido la dicha de tener una buena madre, jamás podría pensar en ella sin llorar”.

“Encontraba tiempo para rogar a Dios y pensar en su…”

En Dardilly se sucedían estas tiernas escenas de familia. En Francia, en cambio, formidables acontecimientos se desencadenaban. Saqueo de S. Lázaro y toma de La Bastilla el 13 y 14 de julio de 1789.

El Terror había estallado. La Revolución amenazaba a sacerdotes y altares desde que en 1790 se promulgó la Constitución Civil del Clero. Juan no había cumplido aún cinco años.

Laicos movilizados por sacerdotes que permanecían fieles, sin prestar a la Revolución el juramento dogmático, recorrían las casas de las familias católicas. Les indicaban el escondrijo donde a la noche siguiente se celebraría la Misa. Juan movía con ligereza sus piernecitas y acudía con sus padres y hermanos. Era una Misa de catacumbas, antes de la persecución y del martirio.

Cumple siete años y se le confía la guarda del ganado. Dos veces al día sale del establo con asno, ovejas y vacas. Lleva de la mano a Margarita, pues las sendas que bajan de las colinas son tortuosas y sembradas de guijarros. La profunda hondonada de Chante–Merle es deliciosa. Un riachuelo bordeado por sauces plateados y rosales silvestres la riega. Juan era feliz porque allí “encontraba tiempo para rogar a Dios y pensar en su alma”.

Los pastorcitos vecinos se acercan a contemplar el altar improvisado, rodeado de verdor que Juan había levantado a la Virgen. Se convierte en predicador improvisado. De pie ante el rústico altar, repite lo que ha oído en el silencio de aquellas Misas nocturnas. Así, bajo las alamedas de Chante–Merle comienza a abrirse la flor de su vocación sacerdotal.

“El tiempo pasa, la eternidad se acerca…”

Apenas tiene trece años y del pastoreo pasa a la labranza. Deja a sus hermanos más pequeños el cuidado del rebaño y ayuda a su padre. Ara la tierra, cava la viña, recoge nueces o manzanas, abre surcos, poda árboles, y ata haces de leña en el monte.

En este rudo trabajo vivía lo que enseñará en sus catequesis. “Tenemos que ofrecer a Dios nuestro trabajo. ¡Qué hermoso hacerlo todo por Dios!… ¡Qué belleza ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”. Al podar o dar azadonadas, pensaba: “De esta manera hay que cultivar el alma para arrancar malas hierbas y prepararla a una buena sementera”.

La costumbre de saludar a la Virgen al dar la hora que desde niño había adquirido, la vivió entre aperos de labranza. Añadía al Avemaría esta sentida jaculatoria: “¡Bendito sea Dios! ¡Anímate alma mía! El tiempo pasa, la eternidad se acerca. Vivamos tal como hemos de morir. ¡Bendita sea la Inmaculada Concepción de María, Madre de Dios!”.

La escuela no la frecuentó. Desarrollará su inteligencia al contacto con la naturaleza. Los rudos trabajos del campo le preparan para las grandes austeridades. Su memoria va acumulando imborrables y preciosos recuerdos, que luego se reflejarían en su predicación evangélica a imitación de Jesús.

“¡Si yo fuese sacerdote…!”

Frisaba en los dieciocho años y se decide a ser sacerdote, pero su anhelo fluctuaba en un mar de angustias. Cultura muy rudimentaria. Dificultad para aprender y memorizar. Estrecheces económicas familiares. Y sobre todo, la previsible oposición tenaz de su padre que soñaba le sucediese en la labranza y ganadería.

Su madre recibe la primera confidencia. Sin rodeos, le expone su deseo. “Si yo fuese sacerdote, querría ganar para Cristo muchas almas”. Se arrojó en brazos de su madre. Lloraba de alegría, pero el granjero de Dardilly se oponía.

Larga y porfiada lucha durante dos años, pero Juan no se desalienta. Una carrera de obstáculos a lo largo de doce años de paciente y silenciosa espera.

“Juan María estás tan firme… que no hay que contrariarte más”

Los caminos misteriosos de Dios nunca se cierran al que permanece fiel a la vocación. Este designio divino se realizará también en el que se abandona confiado en Él.

El hombre providencial aparece. Es el párroco de Ecully, Carlos Balley. Benjamín de una familia de dieciséis hijos, se consagra a Dios. Al estallar la Revolución, queda separado de la vida religiosa, pero no abandona Francia. Decidido a morir, cuando en 1802 es nombrado párroco, tiene apenas cincuenta y tres años. Agotado como un octogenario, presenta el aspecto de un asceta.

Funda en Ecully una escuela de aspirantes al sacerdocio. Juan le conocía por las Misas nocturnas en que había participado. María convence a su marido. Mateo, accediendo, le dice: “Juan María estás tan firme en tu vocación que no hay que contrariarte más”.

“Por esta vez, lo acepto”

Balley, enjuto de complexión y elevada estatura, tenía un perfil romano. La madre de Juan, acompañada de su hermana Margarita, se presenta en su escuela pidiéndole la admisión de Juan.

“Tengo mucho trabajo, responde. No puedo hacerme cargo de otro alumno”. Ellas no desisten. Movilizan al cuñado del santo, Melin, quien se entrevista con Balley persistente en su negativa. “Al menos, le dice Melin, consienta ver a mi cuñado”.

Balley responde: “Bien, que venga”. El humilde cultivador de viñedos y trigales se presenta acompañado de su madre. La mirada escrutadora del austero Balley se fija en el joven de diecinueve años. Pálido de rostro y enjuto de carnes, su sonrisa franca y confiada y el acierto con que responde, le gana el corazón. Le abraza, y dice: “Por esta vez, lo acepto”. La entrevista acaba con unas palabras de Balley mirando a Juan: “Esté tranquilo, amigo mío, me sacrificaré por usted si fuese necesario”.

Vianney entrevió la santidad austera a que aspiraba en la vida de Balley. Modelo de oración y penitencia. Maestro de novicios para él, le enseñará a vivir entregándose más y más a Dios. Párroco en Ars, le recordará con cariño, al definir a los santos como “piel sobre un haz de huesos”.

Latín que se atraganta

Los primeros meses su adelanto en el estudio fue casi nulo. La memoria fallaba. El latín se le indigesta. Una crisis de espíritu cuyo desenlace pudo haber sido trágico.

El demonio del desaliento desencadena su primera ofensiva. Juan quiere volverse a su casa. Se abre a Balley en sincera y filial confidencia. Una vocación divina se salva siempre, si a tiempo te abres. Si no lo haces, fracasas.

Padre y maestro, el párroco le consuela. La tentación desaparece, pero su memoria sigue flaqueando. “No podía depositar nada en mi torpe cabeza”, nos confiesa.

Voto heroico

Conoce el peligro y para alcanzar el milagro, hace voto. Peregrinará a pie. Mendigará ida y regreso hasta el santuario de la Louvese, para orar ante el sepulcro de S. Francisco de Regis; el santo jesuita, apóstol del Velay y del Vivarais.

Es el otoño de 1806. La distancia que separa Ecully de Louvese pasa los cien kilómetros. Lo toman por un prófugo. Iba en busca de la frontera de Saboya o del Piamonte. Creen que es un vagabundo. Le cierran las puertas. Algunos trozos de pan que le dan de limosna y hierbas que encontraba en el camino, le permiten llegar al famoso santuario situado a los mil cien metros de altura del Alto Vivarais.

Agotado, pero lleno de alegría y confianza. Se postra ante los restos del santo pidiéndole aprender el latín necesario para ser sacerdote. Lo consiguió, pero en medida muy justa. La dificultad para el estudio no desapareció. Dios quería probar su fe y entrenarle para más heroicos combates.

“Mi corazón no se ha apegado a cosa alguna de la tierra”

En 1809 empieza a palidecer la estrella de Napoleón. Necesitaba más tropas para los combates que se avecinaban. Exento, sin saberlo, Juan se incorpora. Desertor involuntario, una amnistía le devuelve a Dardilly para ver morir a su madre que fallecía a sus cincuenta y ocho años. El santo, hasta su último día, no podrá hablar de ella sin llorar. Decía que después de haberla perdido, su corazón no se le había apegado a cosa alguna de la tierra.

Juan María continúa sus estudios primero en Verrières y después en Lyon. Los superiores reconocen su intachable conducta, pero deciden despedirle del seminario al ver que no rendía en el estudio.

Nuevo fracaso le espera al intentar su ingreso en los Hermanos de las Escuelas Cristianas. No lo consigue, pero Dios interviene una vez más. Balley reaparece en escena. Continúa preparándole. Alcanza del Vicario general que después de dos años de estudios dirigidos por él, le admita a las Órdenes sagradas.

El 13 de agosto el obispo de Grenoble, Monseñor Simon, le ordena sacerdote a los veintinueve años. Una ordenación y Primera Misa en solitario, pues nadie le acompaña. Juan se sentía feliz después de tantas privaciones, esfuerzos y humillaciones.

“¡El sacerdote es algo grande!…”

Las impresiones inefables de aquel día afloran en sus catequesis cuando habla del sacerdocio. “¡El sacerdote es algo grande! No se sabrá lo que es sino en el cielo. Si lo entendiésemos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor”.

Tres años más, 1815 a 1818. Ayudará como coadjutor a Balley, al mismo tiempo que prolonga sus estudios repasando Teología.

“No hay allí mucho amor de Dios, pero…

Muerto Balley, los vecinos de Ecully no quieren perderle. Se dirigen al arzobispo, pero sin éxito. En febrero de 1818 se le nombra párroco de una pobre y diminuta aldea. Ars contaba sólo con doscientos treinta vecinos. El obispo, al despedirle le dice: “No hay allí mucho amor de Dios, pero usted lo pondrá”.

Ars se encontraba en la meseta de Dombes, del departamento del Ain. Es una llanura arcillosa con aguas estancadas. No está enclavado en la meseta lisa y monótona abundante en charcos, pero tampoco en las ricas vertientes que se inclinan hacia el Saona.

“Te mostraré el camino del cielo”

Treinta y dos años tiene cuando el 9 de febrero parte de Ecully. Recorre a pie treinta kilómetros seguido de la carreta en que lleva algunas ropas, una cama y los libros heredados de Balley.

El santo apenas podía descubrir el caserío. Una niebla densa velaba el horizonte, y anduvo a la deriva. En una inculta pradera los niños apacentaban sus ovejas. Uno de ellos, Antonio Grive, le orienta. Vianney, sonriendo, le da gracias. Le dice: “Amiguito, tú me has mostrado el camino de Ars, pero yo te enseñaré el camino del cielo”.

Antonio añadió que estaba justo en el límite de la parroquia. El santo se arrodilló y rezó. Baja por la pendiente que conduce al Fontblin, pequeña torrentera en invierno y manso hilito de agua deslizándose en verano entre oscuros guijarros.

A la caída del crepúsculo descubre el caserío. “¡Cuán pequeño es!”, pensó. Luego con intuición profética agregó: “Esta parroquia, con el tiempo, no podrá contener a los que acudirán a ella”. Vislumbraba la multitud de peregrinos que a riadas afluirían. Se arrodilló de nuevo, y rezó al ángel de la guarda de la aldea.

“Acepto sufrir todo…”

Corrupción moral. Su secuela, indiferencia religiosa, es lo que encuentra. Todos “pasan de Dios”. “Aquí no hay nada que hacer”, se dijo. “Yo mismo corro el peligro de perderme”. No se desalienta.

Cree que con oración y penitencia arrancará a sus fieles del pecado. Sin cesar suplica: “¡Dios mío! Concédeme la conversión de mi parroquia. Acepto sufrir todo lo que quieras, toda mi vida”.

Su programa moralizar su parroquia, guerra a tabernas –tascas o pubs de hoy–, lucha contra el trabajo los domingos, tesón en desterrar la ignorancia religiosa, y sobre todo, tenaz oposición al baile –discotecas de ahora–. Tres años de labor incansable le concitan el odio y la envidia. Calumnias, burlas y desprecios le envuelven. Dramáticos ataques del demonio se suceden, pero se mantiene sereno pidiendo amor a las cruces.

“Sufrir amando, ya no es sufrir”

A partir de ese momento, según nos dice, los sufrimientos de Cristo vinieron a ser su meditación única. “Sufrir amando, ya no es sufrir –confió a una dirigida–. Esquivar la cruz, por el contrario, es querer ser agobiado por ella… ¡El amor a las cruces…! No hay dicha más que en eso”.

Una vidriera evocadora en la vieja iglesia de Ars recuerda su amor a la Cruz. El santo, de rodillas en su pobrísimo cuarto, mira extasiado al crucifijo que colgaba encima del mísero catre. En el suelo aparecen disciplinas y un cilicio de largas púas.

Un joven misionero le pregunta, cuando ya tenía más de setenta años, si las cruces le han hecho perder alguna vez la paz. Con celestial expresión le responde: “La Cruz, ¡hacerme perder la paz!, pero si es ella la que la trae a nuestro corazón. Todas nuestras miserias proceden de que no la amamos”.

Panorama que cambia

Cinco años después de su llegada podía decirse: “Ars, ya no es Ars”. Vivir la cruz en oración amorosa y penitencia continua es la política para convertir el mundo. Es el recurso infalible hoy y siempre para cambiarlo. Es la enseñanza alentadora válida en todo tiempo y lugar que nos predica la transformación de Ars.

El santo vivía a Cristo crucificado que “es fuerza y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,24). No se cansaba de repetir: “Te amo, mi divino Salvador, porque has sido crucificado por mí…, porque me tienes crucificado para ti”.

Cuarenta y un años sin salir de Ars, sin vacaciones turísticas, ni visitas a familiares, ni años sabáticos, logran el cambio. Muy pronto, incluso fuera del pueblo, llegará a ser pastor de una multitud ingente que acuden de la región, de toda Francia y de otros países.

Miles de personas tienen que esperar muchos días para verlo y confesarse. En 1858 unas ochenta mil personas le bloquean. Les atrae, sobre todo, el deseo de encontrarse con el “Cristo del siglo XIX”. Un santo sorprendente por su penitencia. Tan familiar con Dios en la oración. Tan rebosante de paz y humildad. Y sobre todo, tan perspicaz en la confesión para entender las almas.

Una señora teme la condenación de su marido. Espera su turno en la cola del confesionario. Al llegar, el Cura le dice ante la sorpresa de todos: “¡No se aflija! Su marido se ha salvado. ¿Recuerda cuántas veces cogía flores para que usted adornase el altar de la Virgen durante el mes de mayo? Ella le concedió el arrepentimiento cuando se tiró del puente para suicidarse”.

Fuerza de una minoría

S. Pío X urgía a los párrocos a que se rodeasen de un núcleo selecto de seglares activos para que el Evangelio penetrase en la masa. Eso hizo el santo. Al llegar a Ars, cayó en la cuenta de la fuerza de una minoría. Supo formar y dar quehacer a los laicos.

El mismo año de su llegada organiza la Cofradía del Santo Rosario para las jóvenes. Años después surge la del Santísimo Sacramento para jóvenes y hombres. Lanza a todos al apostolado respetando su autonomía. Crea una escuela para niños y funda la Casa de la Providencia para acoger a pobres huerfanitas de los contornos. Catalina Lassagne, a quien tan solícito dirigió, será el alma de esta institución.

“El Corazón de María es tan tierno…”

Contagiaba a todos, además de su veneración a la Eucaristía, su amor y confianza en la Virgen. Convertía pecadores y los enfervorizaba enseñándoles a saborear el Avemaría.

“Es una plegaria –les decía– que no cansa jamás. El Corazón de María es tan tierno para nosotros, que los de todas las madres juntos no son más que un pedazo de hielo al lado del suyo… Tantos consuelos he sacado de este manantial, que estaría exhausto desde hace tiempo si no fuese inagotable”.

En ese Corazón saboreó la felicidad íntima que es Cristo. “¡Buen Jesús! ¡Conocerte es amarte! Si supiésemos cuánto nos ama Jesús, moriríamos de placer. La única felicidad que tenemos en la tierra: amar a Dios y saber que Él nos ama… Dios trata al hombre interior con ternura de madre que estrecha con sus manos la cabeza del hijo querido para cubrirle de besos y caricias”.

“Prefiero morir amándote”

El viernes 29 de julio de 1859 se sintió indispuesto, pero como siempre bajó a la iglesia de madrugada. Confiesa toda la mañana. Sube al púlpito, pero ya no se le entiende. Sus ojos bañados en lágrimas se vuelven hacia el sagrario y lo decían todo. Continuó confesando, pero a la noche pide ayuda: “El médico no puede hacer nada. Llamad al señor cura de Jassans”.

Ahora ya se deja cuidar como un niño. Obedece en todo, mientras susurra una de sus palabras favoritas. “¡Dios mío! Prefiero morir amándote que vivir un sólo instante sin amarte…”

“Los santos ángeles salgan a tu encuentro”

Hacia las diez de la noche del 3 de agosto el santo parecía llegar a su fin. Monnin le da a besar su crucifijo. Hacia las dos de la madrugada comienza las preces de los agonizantes. Las rezaba pausadamente entrecortadas con largas pausas…

Acababa de leer con voz temblorosa: “Los santos ángeles de Dios te salgan al encuentro y te introduzcan en la celestial Jerusalén”. En ese momento, Juan María Vianney en brazos del Hermano Jerónimo “entregaba su alma a Dios sin agonía”. Mientras en el cielo de Ars, estallaba una violenta tempestad. Tenía setenta y tres años, diez meses y veintisiete días.

BIBLIOGRAFÍA

B. Donet. El Cura de Ars, su pensamiento y corazón, Ed. Mappus, Le Puy 1985.

Trochu, Espíritu del Cura de Ars, E. L. E., Barcelona 1931.

Trochu, Vida del Cura de Ars, Epalsa, Madrid 1988.

Un pensamiento en “SAN JUAN BAUTISTA MARÍA VIANNEY, Cura de Ars. 4 de agosto.”

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