Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. 6 de agosto.

Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo

Así titula el Misal la fiesta de hoy. Se necesita un corazón muy puro para penetrar en este misterio… “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”, dice Jesús… Verle a Él en la Transfiguración, exige mirada muy clara. La liturgia lo ha comprendido. En la oración después de la Comunión pedirá al Padre para cuantos participamos en la fiesta que “nos transforme en imagen de Su Hijo, cuya gloria nos has manifestado en el Misterio de Su Transfiguración”.

Al apagar las luces de este día, Santa María de las Nieves, blancura inmaculada reflejándose en virginales glaciares. Ella nos alcanzará, esa transparencia de alma. La necesita un cristiano para extasiarse ante la Transfiguración de Jesús. “Dios te salve María, Santa Madre de Dios, ruega por nosotros…”.

“Tres corifeos”

Jesús ha escogido sólo a tres discípulos: Pedro, Santiago, Juan. Sólo ante ellos, prescindiendo de los demás, se transfigura. ¡Madre querida! ¡Escógenos a todos tus bautizados, sin exceptuar ninguno! Ha elegido precisamente a los tres que destina a ser testigos de Su agonía en Getsemaní. Y nos escoge a todos nosotros entre millones de personas que se mueven en el mundo, para asociarnos a Su triunfo antes de acompañarle en la Pasión prolongada en nuestro paso por la tierra…

Quiere hacernos firmes en la fe, constantes en la esperanza, fuertes en la caridad. Su Voluntad es transformarnos en la oración. Pretende que no desertemos de nuestra vocación cristiana, combatida por un mundo que nos asfixia con materialismo desbordado.

Evita que no se realice en nosotros lo que pasa a muchos. “Venida la tribulación o persecución por causa de la Palabra, luego se escandalizan y retiran”; como anunció en la parábola del sembrador. En la Transfiguración, Él logró, apunta León Magno, arrancar del corazón de sus discípulos –”corifeos”, los llama Juan Crisóstomo–, el escándalo de la Cruz. Eso mismo quiere mañana. Curarnos en salud ante el dolor inesperado, ante el misterio del sufrimiento esperanzador que es la vida del hombre injertado en Cristo por la fe y el Bautismo…

Trata de prevenir la extrañeza del creyente ante el fracaso. Pretende hacerle pensar que es precisamente un portador de la Cruz, un crucífero, un nuevo cireneo en el siglo veintiuno que completa en sufrimiento amoroso cuajado de preciosos silencios, la Obra Redentora de Cristo…

Invierno de las almas

Genial estrategia revela la liturgia. Coloca esta fiesta en el corazón del verano. Cuando calores estivales, ocio de un descanso –necesario quizá, pero que no se sabe aprovechar–, atizan fuego de pasiones, encienden concupiscencias, desencadenan oleada de vulgaridad e impureza. La coloca al iniciarse agosto para que se llenen de fuerza los cristianos para bautizar en Cristo un verano que nos arrebata el sibaritismo más sensual.

“¡Dios te salve, Madre de Dios! ¡Santa María de las Nieves!… Tus ojos para mirar, tu corazón para amar, tus labios para besar, tus brazos para abrazar a ese Jesús que se transfigura por mí y para mí en el Evangelio”. Se transfigura para inundarme de fe en lo que nadie cree. Esperanza en quien ninguno confía. Caridad que pisotea el egoísmo reinante en un estío desolado, verdadero invierno de las almas…

“Blancos como la nieve”

“Y se transfiguró ante ellos…”, dice el Evangelio. Sin alterarse sus facciones, se revisten de belleza inusitada, iluminadas, resplandecientes… A través de Su Sagrado Cuerpo se filtran rayos de Divinidad, resplandores de gloria que habían estado represados en la humanidad de Jesús desde el día de Su Encarnación. “No hay milagro –dirá Tomás de Aquino–. Cesa por un momento el prodigio habitual que impedía la iluminación de Su Cuerpo por los resplandores del Verbo”.

“En una nube luminosa se apareció el Espíritu Santo. Se oyó la voz del Padre que decía: Este es Mi Hijo… Escuchadle”. Mi alma quiere también quedar iluminada con Tus destellos. Esfuerzan y consuelan… Son brisa en el ardiente estío, luz en la desolación obscura… Mira a Jesús transfigurado, te dice la Iglesia en este agosto epicúreo y pragmático. Te lo repite en el Aleluya: “Este es Mi Hijo, el Amado, Mi Predilecto” (Mt 17,5).

“Su rostro se puso resplandeciente como el sol, y Sus vestidos blancos como la nieve, como luz”, dice el original. Marcos añade una comparación pintoresca para encarecer su blancura deslumbrante: blancas sus vestiduras “cuales ningún batanero de la tierra podría blanquearlas”. Quizás se acordaba de las túnicas brillantes de lino, blanquísimo como nieve, que llevaban los “candidati”, futuros cristianos, en Roma, Atenas, Egipto.

“Coherederos del Rey de la gloria…”

Los tres apóstoles contemplan boquiabiertos la escena. No saben salir de su asombro. Como nosotros hoy, acostumbrados a no creer más que lo que se ve, oye o entra por los sentidos… Estamos anonadados ante lo que se palpa: dinero, placer, comodidad… Extasiado también como los tres, debo dejar penetrar en mi alma ese resplandor vivísimo que irradia Jesús Transfigurado. Así, los amores de la tierra efímeros y engañosos, no me seducirán de nuevo haciéndome un número más de la multitud paganizada que me rodea…

“Una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: Este es Mi Hijo querido, en Quien me agrado”. Los apóstoles empiezan a vislumbrar que también son hijos del Padre. También en ellos tiene Sus complacencias si cumplen la consigna: “A Él escuchadle”. “Este es Mi Hijo querido”. Sientes tú que te repite si cada momento del día escuchas a Jesús haciendo Su Voluntad…

El misterio de la Transfiguración es para nosotros robustecimiento en la fe que Cristo es Camino, Verdad, Vida y por tanto que el mundo es mentira, muerte, despiste; en que somos hijos adoptivos según anuncia y simboliza la voz que se escapa de la nube resplandeciente. Viviendo la fe y renunciando a creer, como verdadero y definitivo lo que se toca con los ojos –el mundo lo admite como axioma–, llegaremos a ser partícipes de Su Triunfo eterno.

Es la petición con que la Iglesia nos aunará a todos en la oración de la Misa. “¡Dios, que en la Transfiguración de Tu Hijo Único confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas! Prefiguraste además maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos. Concédenos, te rogamos, que escuchando siempre la Palabra de Tu Hijo el Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria”.

Dúctil como girasol

Los apóstoles no se limitaron a extasiarse ante la maravilla de Jesús envuelto en fulgores de divinidad. Pedro tomando la palabra en nombre de todos, dijo a Jesús: “Señor, bueno es estarnos aquí”. Le iba tan bien en la oración que ya le repugnaba dejarla, quería quedarse ahí para siempre.

“Hay días –me escribía alguien– que me va tan bien en la oración que estaría una eternidad. Otros, en cambio, desde que entro en la iglesia parece que me están pinchando para que salga”. ¡Así somos todos de volubles! ¡Como para que nos hagamos caso y nos demos importancia…! No sabemos ni cómo estamos, y cuando creemos que estamos fatal, estamos mejor que nunca. Nos falta humildad, persuasión de nuestra nada y del Todo de Dios.

Recojamos el ruego de Pedro en la Transfiguración. Digámosle también a Jesús: Señor, bueno es estarnos en oración todo el día. Mientras se prolongue la peregrinación en la tierra, ¡mi alma quiere tener la flexibilidad del girasol! Su vértice está siempre buscando el sol. Así, mi alma está buscando agradar a Dios, gozándome de que Su voluntad se cumpla en mí. Que nada extraño a ese querer divino se introduzca en mi corazón. Sería como piedra que cae en terso lago que alborota la superficie cristalina de las aguas.

“Vieron, sólo a Jesús”

Tengo que vigilar imaginación–sensibilidad, binomio peligroso. Quiero controlar con amor mis sentidos, ventanas del alma que cuelan de contrabando imágenes perturbadoras de esa paz que necesito para contemplarte. Tú transfiguras mi vida y en los demás… Quiero ser como niño viendo el rostro de su madre. Hacer o no, según la mirada que en ese momento me dirija María.

“Tú, Jesús, estás siempre dispuesto a dialogar conmigo en todo lo que me sucede, favorable o adverso; y yo me encuentro muchas veces lejos de mí. Como la familia de Betania, debería estar siempre preparado a recibirte. Tú, Señor, dentro de mí, y yo fuera. Tu intus, ergo foras” (S. Agustín).

“Y levantando Sus ojos los discípulos vieron, sólo a Jesús”. La fe, la esperanza y el amor que irradia la Transfiguración nos deslumbran. Ciegos por el egoísmo hasta entonces, cuando nos convertimos vemos sólo a Jesús en personas y sucesos. Sí, “con los resplandores de Tu luz en la gloriosa Transfiguración nos limpias de las manchas de nuestros pecados” (orac. of.). Nos haces contemplativos en la acción.

Encarnación y escatología

S. Gregorio Magno está en el mundo sin ser del mundo. Contemplando a Jesús, vive la paradoja, es contemplativo en acción. Exhorta a los fieles a prepararse para el fin del mundo. Al mismo tiempo se ocupa de los negocios de la tierra. Era escatológico y encarnacionista como la Iglesia viva de siempre. Como todos los santos aunque anden por la calle.

Negocia con lombardos. Mantiene correspondencia con el mundo entero. Envía misioneros a Inglaterra. Confirma el triunfo de la fe en España frente Prisciliano. Reprime la herejía en África. Vigila las vicisitudes del cristianismo en Persia y Arabia. Con una mano impide la desaparición de Roma y con la otra derrama, más allá de los mares, la semilla que hará surgir nuevos pueblos católicos.

Bajo sus pies crujía el mundo, y él seguía laborando impávido como quien “ve al Invisible” (cf. Hebr 11,27). Miraba a Cristo Eternidad, pues “al alzar sus ojos no veía a nadie, sino sólo a Jesús”. Alentaba su esperanza “al revelarle Cristo la claridad que brillará un día en todo el Cuerpo que le reconoce como cabeza suya” (Prefacio Misa).

 

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