SANTA CLARA DE ASÍS. 11 de agosto.

Santa Clara de Asís

Abadesa, Fundadora de la Segunda orden de San Francisco (Clarisas), Religiosa de la Segunda orden de San Francisco (Clarisas) (siglo XIII)

Fiesta: 11 de Agosto

Nacimiento: 16 de Julio de 1194. Asís, Italia

Muerte: 11 de Agosto de 1253. Asís

Proceso: Fue canonizada el 1255 por Alejandro IV

 

Memoria de santa Clara, virgen, que, como primer ejemplo de las Damas Pobres de la Orden de los Hermanos Menores, siguió a san Francisco, llevando una áspera vida en Asís, en la Umbría, pero, en cambio, rica en obras de caridad y de piedad. Enamorada de verdad por la pobreza, no consintió ser apartada de la misma ni siquiera en la extrema indigencia y enfermedad.

 

Clara nace en Asís de la noble y hacendosa familia Favarone en los últimos años del siglo XII. “Clara de nombre, más clara por su vida”, según la expresión de su primer biógrafo Tomás de Celano.

En la cálida intimidad de una familia opulenta, junto a unos padres excelentes y rodeada de cinco hermanos queridos, Clara a sus dieciocho años es una muchacha llena de encantos y atractivos, admirada, casi adorada por todo Asís.

Aventura de la fe

Domingo de Ramos de 1212. Clara, la distinguida hija de Scifi, se dispone a dar el salto en el vacío iniciando la aventura de la fe.

Un capricho enigmático tuvo aquel día, para su madre Ortolana y sus dos hermanas Inés y Beatriz. Sin que nadie adivinara la causa, quiso engalanarse con el traje más vistoso de su ajuar. Su madre y sus hermanas juzgaban aquel afán como veleidad, pero Clara fue cubriéndose de encajes de seda, brazaletes y joyas.

Las cuatro damas se dirigen hacia la catedral de S. Rufino en medio del alegre repiqueteo de las campanas. El templo rezumaba fragancia de laurel, de palmas y ramos de olivo.

Comienza la ceremonia. En el momento en que la muchedumbre avanza hacia el presbiterio para recibir los ramos bendecidos, Clara queda paralizada en su asiento al fondo del templo. No se daba cuenta de dónde estaba, ni de lo que sucedía alrededor. Se hallaba en el ápice de la lucha consigo misma: entregarse o retroceder. Hoy o nunca.

La santa demostró con su vida ser una mujer resuelta. La intrepidez valerosa y la fidelidad inquebrantable es el rasgo distintivo de su personalidad. No es fácil encontrar un ejemplar tan logrado de la “mujer fuerte” de la Biblia. Jugaba en esos pocos minutos al todo o nada. Poderosa y resuelta, afrontaba su porvenir en la tierra y en el cielo.

El obispo Gido salió del presbiterio, avanzó por la nave central, llegó donde Clara lloraba, y le entregó un ramo de olivo en medio de la sorpresa general. La predilección del obispo era señal evidente de que Dios aceptaba la ofrenda de Clara.

La santa ya no sufrió más. Salió del templo rodeada de familiares. Allá dentro, quedaban para siempre las vacilaciones esfumadas como incienso de oro ante el Señor. Todo estaba decidido, la suerte echada. Clara permanecía tranquila, y dejó correr el día como si nada hubiese sucedido. Participó en la fiesta familiar, y atendió con cortesía y cariño a los numerosos huéspedes.

Fuga en la noche

Caía la tarde. Una a una se van apagando las voces y las luces. Clara, dirigiéndose a su habitación, se despide como de costumbre de sus hermanas y de su madre. Para ellas era un rito cotidiano, pero para la santa era un último adiós. El silencio envolvía el mundo, y como única reina quedaba la noche. Era la noche propicia para la conspiración y la fuga salvadora.

Clara y su prima Buona Guelfuci tuvieron que prever y solucionar de antemano mil obstáculos. Era difícil salir de la casa o castillo sin producir ruidos sospechosos. Más difícil aún, atravesar en la noche el recinto amurallado. Los portones se mantenían cerrados durante toda la noche, y para salir al valle tenían que burlar la vigilancia de los centinelas. Los días anteriores, sin duda, habían recorrido las dos mujeres el perímetro de las murallas para buscar un boquete de salida. Es también difícil imaginar a una mujer esperar a otra a medianoche en la esquina de una calle oscura.

Aquella noche, la santa no se acostó. Permaneció en vela con su traje de gala. A medianoche salió de su alcoba, y evitando con suma cautela cualquier ruido, casi sin tocar el suelo, descendió las escaleras de piedra, y se dirigió hacia una salida secreta que tenía el palacio Scifi a la que había echado el ojo días antes.

La salida estaba obstruida por un montón de maderas, ramas y piedras. Cualquier otra persona se hubiera desalentado al instante, pero ella, con tenacidad y paciencia, comenzó a remover obstáculos uno por uno en la oscuridad de la noche. Pensaba en Jesús, y le nacían energías indomables. Con fría tenacidad acabó retirando obstáculos, y apareció por fin la vieja puerta. Corrió el cerrojo con gran cuidado para evitar crujidos, y se encontró en la calle. Pronto se une con su prima que la esperaba en una esquina.

Con dos pobres velones se deslizan por las calles silenciosas, y pronto alcanzan aquel boquete abierto en las murallas que habían descubierto días atrás. Bajaron en dirección al valle por escarpadas pendientes evitando que rodaran piedras a fin de no despertar sospechas. ¿Dos fugitivas? ¿Dos conspiradoras? No. Dos peregrinas en busca de una patria mejor, de una libertad total.

Clara emprendía la vía solitaria y áspera de los grandes elegidos de la Historia. Un camino de riesgos, de soledad e incertidumbre. Lo hacía sin miedo, con la alegre audacia de los enamorados. Era una noche fría y estrellada en los últimos días del invierno del año 1212. El cielo de la santa estaba también lleno de estrellas.

Bodas eternas

Clara y su prima avanzaron por un sendero conocido de cinco kilómetros. Pronto divisaron a lo lejos unas luces. Eran Francisco y sus hermanos que habían tomado unos leños secos del bosque, los prendieron fuego, y con ellos en alto, a modo de antorchas, salieron al encuentro de Clara.

La santa se arrodilló ante el altar de la ermita de S. Damián, y se consagró al Señor. Francisco cogió unas toscas tijeras, y se aproximó a la desposada. Tomaba un manojo de cabellos, y le daba un corte. Después otro, y otro. El santo lo hacía con delicadeza, casi con reverencia. Después colocó un velo blanco sobre su cabeza, y encima sobrepuso otro velo negro. Así nacía Clara de Asís para la historia del Espíritu. Francisco le dirigió unas palabras, y la ceremonia concluyó.

En esa misma noche, Francisco con Buona y algunos hermanos, condujeron a Clara hasta el monasterio de las benedictinas de S. Pablo, distante unos cinco kilómetros de la Porciúncula. Casi al alba de aquel día, la santa –cansada y feliz– pudo por fin acostarse en una celda del monasterio.

Intento frustrado

A la mañana siguiente, mamá Ortolana despertó a la realidad: su hija mayor se había fugado. A los pocos minutos, pone en movimiento a toda la parentela y pronto averiguan el paradero. En rápidos conciliábulos proyectan la estrategia del rescate, dando el éxito por seguro. Sólo Ortolana no se hacía muchas ilusiones, pues conocía la personalidad tenaz de su hija.

El ejército de rescate, compuesto por familiares y vecinos, llegó a la portería del monasterio, se abalanzó sobre ella; pero Clara se les escurrió de las manos escapándose veloz hacia la iglesia. Los familiares corren detrás, mientras la santa, arrodillándose, se agarra con una mano al altar, y con la otra se desprende del velo que cubría su cabeza desguarnecida de su deslumbrante cabellera. Los perseguidores se detuvieron, pues si daban un paso más, incurrían en excomunión.

Francisco, al enterarse de lo sucedido, planea como águila para defender a la virgen de Asís en sus primeros intentos de vuelo. Busca y encuentra otro refugio más seguro para la indefensa muchacha. Era el monasterio de las benedictinas de Sant’Angelo de Panzo, situado en la vertiente meridional de monte Subasio. El monasterio estaba rodeado de gruesas murallas y de sólidas puertas de madera con dispositivo de doble enrejado.

Superada felizmente esta primera batalla para poder dedicarse a la contemplación, Clara nada encontró más suave, nada se propuso con más afán que ejercitarse en toda perfección en la regla de S. Francisco, y atraer a ella a otras muchas. La santa, sin llegar aún a S. Damián, era ya un cirio que se consumía en aparente inutilidad. No hacía nada, pero su vida era incienso que se quema adorando. Clara empezaba a realizar el sueño dorado del alma de Francisco: adorar. Sin ella, el franciscanismo sería como una planta sin flor, una partitura sin melodía.

La solución más fácil y lógica para el santo hubiera sido encauzar a Clara hacia uno de los muchos monasterios de Umbría. Francisco, con intuición sobrenatural, iluminado con la simplicidad de su fe, comprendió que Dios quería otra cosa. Clara tenía que lanzarse, como él, a lo desconocido, arriesgarse día a día, vivir con terrible audacia la aventura de la fe, recorrer caminos inéditos y ensanchar los horizontes de la Historia.

Inés

En el monasterio de Sant’Angelo vivió Clara durante algunas semanas. Casi todos los días recibía la visita de su hermana Inés, una encantadora muchacha de quince años. Así como Clara, también Inés traía en su natural una notable sensibilidad divina. Después de la fuga de su hermana, los familiares depositaron en Inés los sueños de la futura descendencia, y muy pronto la prometieron en matrimonio.

Inés acaba también fugándose del palacio de los Scifi, y pidió a Clara la protegiera escondiéndola en un lugar seguro, temiendo se produjese una nueva persecución. No se equivocó, pues de nuevo se formó un pelotón de rescate en toda regla, pero no consiguió su objetivo ante la firmeza de Inés.

San Damián

Las dos hermanas aisladas en un monasterio benedictino, no podían permanecer allí indefinidamente. Francisco consiguió para ellas una morada estable. Los benedictinos del Monte Subasio ofrecieron la ermita de S. Damián, restaurada por las propias manos de Francisco. Las dos hermanas se instalaron en ella.

Años más tarde se les agregó la tercera hermana, Beatriz, pero ya sin oposición familiar. Mamá Ortolana, una vez viuda, ingresó también en S. Damián junto a sus tres hijas. La madre que había infundido fe tan viva en sus hijas, acaba por realizar el sueño de su juventud, interrumpido por el matrimonio, de dedicarse por completo a Dios. La juventud de Asís y sus contornos, movida por estos ejemplos, acudía a S. Damián buscando bajo la obediencia y maternal dirección de Clara, la entrañable hermandad de amor y de pobreza, de paz y de gozo que allí se vivía.

Pobreza acrisolada

S. Damián se iba poblando, y Clara pide al santo que le ayude a organizar la vida del monasterio siguiendo su ideal de pobreza franciscana. Era, como se llamaría en su testamento, “plantita del bienaventurado Francisco”.

La pobreza fue la originalidad de las clarisas entre los institutos monásticos de entonces. Las que ingresaban tenían que desprenderse de sus bienes, y dárselos a los pobres. Esta cláusula tan simple era una novedad en las costumbres de aquellos tiempos en que muchas princesas, una vez religiosas, conservaban sus haciendas. El monasterio no acepta ningún bien de las postulantas. Gran revolución en los esquemas de la vida monástica. S. Damián, las clarisas, vivían del trabajo de sus manos, y si esto no alcanzaba para el sustento, podían acudir a la limosna.

Comenzó así para la santa una existencia poco espectacular, pero muy rica en vivencias espirituales y fraternas en el pequeño reducto del monasterio. Treinta y ocho años de existencia radiante y oculta hasta su muerte.

Lo más impresionante de la vida de Clara es su inquebrantable fidelidad al “Privilegio de la Altísima Pobreza”. Clara prometió a Francisco vivir sin bienes estables. Esta promesa fue ratificada por la Santa Sede, y consistía en que en S. Damián se viviese del trabajo de sus manos sin dote ni rentas.

Veintisiete años sobrevivió Clara a Francisco. En estas tres décadas, papas y cardenales se esforzaron en persuadir a la santa para que renunciara, en los veinticuatro monasterios de clarisas que se fundaron en sus días, a aquel ideal que consideraban irrealizable.

Clara se mantuvo llena de audacia e intrepidez, valerosamente fiel al ideal prometido, a pesar de que veía que, muerto el santo, el ideal primitivo de pobreza franciscana fue desmoronándose entre sus hijos.

Amalgama providencial

Francisco fue la inspiración para Clara. La lanzó a la gran aventura franciscana. Ella fue una discípula fidelísima, pero con frecuencia tuvo que confirmar a Francisco en su ideal. Como madre amorosa y paciente, le infundió una y otra vez coraje y estímulo en momentos difíciles que atravesaba.

Personalidad definida y encantadora, cautivaba con su presencia. Tenía algo que le faltaba a Francisco. Una extraña ecuanimidad, una serenidad casi invulnerable. El santo, en cambio, por ser impresionable, fácilmente se dejaba abatir, y en esos momentos la fortaleza femenina de Clara constituía para él un precioso refugio.

“Dios es, y basta”

En sus últimos años, el santo, herido en aquel combate por mantener entre los suyos el ideal de pobreza, buscó y encontró en Clara el consuelo y la seguridad.

Francisco está angustiado y perplejo. Se refugia, después del tormentoso Capítulo General de la Porciúncula, en las ermitas situadas en las estribaciones de los Apeninos. Duda dedicar a sus compañeros sólo a la contemplación, o también al apostolado. Una crisis grave apunta.

Acude a Clara, y sus palabras son para él como lluvia fresca en tarde ardiente de estío. “Dios es, y basta”, le dijo. Una embriaguez parecida a un amanecer sereno se apodera del corazón acongojado del santo: “Dios es, y basta”, solloza rebosando de gozo. Se levanta despacito, sin alzar los ojos del suelo y abrumado de felicidad se retiró repitiendo: “Dios es, y basta. Esta es la auténtica alegría”.

La santa, que se había despojado de toda preocupación humana, estaba llena de sabiduría celestial. La alegría que irradiaba a todos los inundaba de paz. Acudía a ella, además de Francisco, buscando ayuda y consuelo, una multitud ansiosa de oírla y también obispos, cardenales y el mismo Papa.

Fiel hasta la muerte

Era necesario que antes de morir Clara, el Papa ratificara el “Privilegio de la Altísima Pobreza” para las generaciones venideras. La ofensiva final fue digno colofón de la invencible luchadora que fue la santa.

Último año de vida. Clara escribe una regla incluyendo en ella el “Privilegio”, pero no se la quieren aprobar. Su salud se deterioraba día a día. Varias veces se había aproximado a la agonía.

En septiembre de 1252, el Cardenal Protector Reinaldo, llega a su cabecera. En su lecho de enferma utiliza todos los argumentos, hasta que el cardenal protector aprueba finalmente la regla como representante pontificio.

Sin embargo, la santa urgía para que el Papa mismo la refrendase; pero Inocencio IV la hallaba excesivamente rigurosa, y no quería aceptarla. Clara ya estaba a las puertas de la muerte, y la corte papal se encontraba en Perusa, a veinte kilómetros de Asís. Enterado el Papa de que Clara estaba moribunda, se acercó a S. Damián. Clara creía que el Santo Padre traía consigo la Bula de aprobación de la Regla. Le pregunta si había una aprobación pontificia, y el Papa le da una respuesta evasiva, que para Clara era negativa.

En el lecho de la agonía, unas horas antes de expirar, la santa libra la batalla más conmovedora que se puede imaginar. Las palabras y argumentos le salían no sabía de dónde. En esos minutos decisivos, confiando en Dios, desplegó tal poder de persuasión, que Inocencio IV, de su puño y letra, escribió la Bula de aprobación. Con la tinta aún fresca, la hizo enviar rápidamente a S. Damián. Clara la besó, y se la releyeron una y otra vez. Escuchaba conmovida y con lágrimas en los ojos, y aquella noche falleció.

Es el desprendimiento radical y absoluto que admira y nos propone la Iglesia en la oración de la Misa. “Tú, Señor, infundes en Sta. Clara, virgen, profundo amor a la pobreza evangélica. Concédenos seguir a Cristo Jesús en la pobreza de espíritu para que merezcamos contemplarla un día en los esplendores del Reino”.

“Mil gracias, Dios mío”

El final de su vida tuvo el colorido sereno de un silencioso atardecer. Clara era un trigal dorado, y en cualquier momento podía ser segado. Hacía tres semanas que no tomaba alimento; guardaba perfecta lucidez y su habitual entereza.

Su hermana Inés había llegado desde Monticelli, y lloraba al pie del lecho. Clara, colocándole la mano sobre la cabeza le dice: “Hermana querida, no sufras. Nuestra separación durará lo que el brillo de una estrella errante. Muy pronto nos encontraremos”.

Clara, como un meteoro de luz, fue perdiéndose lenta, dulcemente, cada vez más lejos en el fondo del firmamento cuajado de estrellas, en las profundidades de la eternidad. Abrió su boca con intención de decir algo. Todos aplicaron el oído para escuchar sus últimas palabras. Con voz casi imperceptible, dijo: “¡Mil gracias, Dios mío, por haberme creado!”. Y reteniendo fuertemente entre sus dedos rígidos la Bula papal, entregó su alma a Dios.

BIBLIOGRAFÍA

J. Capela, Sta. Clara de Asís, Braga.

Salvaneschi, Sta. Clara de Asís, Madrid 1956.

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