ASUNCIÓN DE LA VIRGEN. 15 de agosto.

Asunción de la Virgen

El día de hoy es de una intimidad tal para los que miramos un poquitín al cielo que nos deja llenos hasta rebosar de una alegría entrañable.

En los videos que publicamos a propósito del cuarto misterio glorioso puedes ver una breve película sobre la ASUNCIÓN DE LA VIRGEN. Pulsa aquí para verla.

15 de agosto de 1900. La Virgen dice a Sta. Gemma Galgani: “Hija mía. Cuando esta mañana me vaya al cielo, me llevaré tu corazón”. La santa escribe: “Me pareció que me lo arrancó, lo tomó en sus manos y me dijo: ‘Nada temas. Tu corazón estará siempre allí arriba entre mis manos'”. María quiere también llevarse al cielo el corazón de sus hijos. ¡Madre querida, arráncanos de la tierra, arrástranos al cielo!

“Nuestros corazones abrasados en tu amor… “

Los trueques de corazón de Catalina de Siena, Margarita de Alacoque, Verónica Juliani…, no son según explican los teólogos, cambios físicos de corazón. Es comenzar una vida de más intenso amor de Dios que les produce la sensación de tener un nuevo corazón, de haberles sido arrebatado el suyo.

El amor a Dios crecerá también en nosotros si repetimos la súplica de la Iglesia. “Llegue a Tu presencia, Señor, nuestra humilde oblación. Por intercesión de la Santísima Virgen María que ha subido al cielo, haz que nuestros corazones abrasados en Tu amor vivan siempre orientados hacia Ti” (orac. of.).

“Llegar a la gloria de la resurrección”

Arráncanos de la tierra para que no nos seduzca la apariencia halagadora de sus amorcejos engañosos. Crudas espinas son bajo blandas flores, dolores con semblante de placeres, placeres con raíces de dolores…; es el mundo con todo lo que nos brinda. Arrástranos al cielo para “se deleite el ánimo con la grandeza de los premios y no se abata por el combate de los trabajos” (S. Gregorio Nacianceno). Arrástranos al cielo para pasar por al tierra sembrando rosales de poesía, de esperanza y de consuelo…

Alegría, nostalgia, confianza, son los sentimientos que evoca en el alma el triunfo de María en su gloriosa Asunción. Una alegría inmensa al ver a nuestra Madre desprenderse de la tierra y penetrar en los cielos… Nubes azuladas, la mirada dirigida hacia lo alto, se desliza suavemente.

Las manos cruzadas sobre el pecho, perfume de nardos y azucenas. Así nos la presentan los pintores. Así tengo que contemplarla mientras repito con toda la Iglesia: Arráncanos de la tierra, donde estamos de paso. Arrástranos al cielo, la patria eterna… “Haznos que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos con la Virgen a la misma gloria del cielo” (orac. col.). “Haz que por las súplicas de María que ha subido al cielo, lleguemos a la gloria de la resurrección” (orac. com.).

“Consuelo y esperanza de tu pueblo…”

Una dulce añoranza de cielo nos invade al ver subir a María. Se nos va el corazón tras Ella. Mucho la queremos ya para seguir viviendo separados. La Virgen tira de nuestras almas con fuerza incoercible. No nos resignamos a seguir viviendo en la tierra. Suspiramos con más vehemencia por la patria.

Una certidumbre inconmovible se adueña de nosotros. Sí, Ella nos llevará al cielo. María nos salvará después de tantas zozobras, angustias, tentaciones y trabajos. Todo terminará. El alma, tan ávida de Dios, gozará de Él por siempre y para siempre dando gracias a la Virgen por Rosarios de siglos… Prendidos entre los pliegues de su manto, aterrizaremos en las alturas. “Que sólo quiero, asido de tu manto, volar al cielo…”

Nos empaparemos mejor de estos sentimientos de alegría, nostalgia y confianza si contemplamos sucesivamente, con amor creciente, los dos momentos que entraña esta fiesta. Tránsito y Asunción. Doblaje maravilloso, arrebatador.

El cristiano esperanzado sentirá nostalgia de gloria al oír el Prefacio de la Misa. “Hoy ha sido elevada al cielo la Virgen, Madre de Dios. Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Ella es consuelo y esperanza de Tu pueblo, todavía peregrino en la tierra”.

Sueño dulcísimo, ímpetu de amor

Han llegado para María los últimos momentos de su vida en la tierra. Una venerable tradición congrega enderredor a los Apóstoles. Van a contemplar extasiados su Tránsito. Ella, en dulcísimo sueño de amor, va a entregar su vida como nardo que se marchita al sol exhalando su postrer aroma. La Virgen muere, no de enfermedad o vejez, sino de amor. “Este amor de Dios le dio tantas acometidas y tantos asaltos… Esta llaga del amor le causó tantas inflamaciones, que no fue posible resistirlas y tuvo que morir… Como río que dulcemente torna a su fuente, así Ella se volvía hacia esa unión tan deseada del alma con Dios… Fue el amor quien verdaderamente hizo la división entre su cuerpo y su alma” (S. F. de Sales).

Eso fue el Tránsito de la Virgen. Sueño dulcísimo, ímpetu de amor (S. Andrés Cretense). Parpadeo de estrella que al llegar la aurora se esconde en el azul del cielo. La rama cargada de frutos no puede resistir más y se dobla… Así, el alma de María al peso del Amor. Cada día en su vida se iba encendiendo más y más aquel volcán de caridad que ardía en Ella desde su Concepción Inmaculada. Ahora va a explotar…

La Dormición de María fue suave susurro. Brisa que pasa riendo a través de rosales, balanceo de doradas espigas mecidas al céfiro primaveral… Se inclinaría su cuerpo y rendiría el último suspiro de su casto corazón. Brillarían sus ojos purísimos en la hora postrera y feliz devolvería su alma a Dios…

Romper la tela y llevarse la joya…

Nada de tristeza y amargura. Sólo paz y alegría. Ni apegos de la tierra, ni remorderse de pecado, ni angustia de salvación. Nada de ansia que perturbe. Ha vivido sólo para el Amor. Estaba serena, tranquila, alegre.

S. Bernardo al comentar la muerte de su hermano el Beato Gerardo, escribe. “Siempre fue hombre de un solo ideal. Durante mucho tiempo siguió a Cristo como a su Rey y Capitán. Pensó que era su soldado. Pero al correr de los años, se hizo más y más niño. Y Dios se convirtió en su Padre. Su muerte me pareció como el dormirse de un niño muy cansado que ama y confía en su padre”. Dormirse de un niño muy cansado en brazos de Dios Padre, es morir para un cristiano militante.

El Tránsito de María fue dulce despertar de un sueño. Puede cantar mejor que Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual. “Un ímpetu y encuentro de amor más subido que los pasados… Es más poderoso para romper la tela y llevarse la joya del alma”. Ha sido “muy suave y muy dulce”, mucho más “que lo fue la vida espiritual toda su vida”. Pasa de esta vida “con más subidos ímpetus y encuentros sabrosos de amor”. Es “el cisne que canta más suavemente cuando muere. ¡Oh llama de amor viva…!”.

Sueño, Dormición, Tránsito, así designan la muerte de María muchos Santos Padres. Sueño, Dormición, Tránsito, palpitando de alegría y felicidad… Si Sta. Teresita exclamaba al morir, llena de fe: “No me muero, entro en la Vida”; la Virgen, que ardía en un amor de Dios mucho más intenso, ¿qué sentiría?…

Luis Gonzaga contagiado en Roma de la peste contraída al ayudar a los enfermos, va a morir ocho días después de cumplir veinticuatro años. Al decírselo exclama: “¡Qué alegría! ¡Me voy a marchar!”… Alegría inefable de la Virgen en este momento. Alegría inmensamente mayor que la de Gemma Galgani cuando al morir decía: “¡Morir! ¡Qué felicidad! ¡Irme con Jesús! Tener seguridad de quererle siempre, de no perderle jamás…”.

“La que en el parto había conservado intacta…”

Ha dejado de latir en la tierra el Corazón que más amó al Amor. Se paralizan los miembros del cuerpo de la Virgen. Pero va a empezar su glorificación… La corrupción de la muerte se detiene reverente ante la que fue sagrario de la Divinidad nueve meses.

Ese cuerpo sagrado no podía deshacerse en polvo como el nuestro. La muerte, la corrupción, el pulverizarse de un cuerpo, es castigo del pecado. Pero María era Inmaculada. Además, tampoco podía corromperse, porque era Virgen. “La que en el parto había conservado intacta su virginidad, tenía que mantener su cuerpo sin ninguna corrupción después de la muerte” (J. Damasceno).

“Concibió en su seno al Autor de la Vida…”

El mismo Jesucristo, el corazón no se resiste a pensarlo, se presenta con Su Humanidad gloriosa para llevarla al cielo. Era natural que hiciese Inmaculada a Su Madre. Natural también que revistiese su cuerpo de gloria al morir. “Lejos de mí pensar que la que vistió a Cristo con su carne inmaculada, santificada por la presencia del Verbo Encarnado, fuese pasto de gusanos” (S. Buenaventura).

El juicio del santo coincide con la liturgia. “Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que por obra del Espíritu, concibió en su seno al Autor de la Vida, Jesucristo, Hijo Tuyo y Señor nuestro” (Prefacio Misa).

“Apareció una figura portentosa…”

Comienza la triunfal y gloriosa Asunción de la más pura de las criaturas. Es la más grande de las mujeres de la tierra, Virgen de vírgenes, la Madre de Dios y de los hombres todos. La Iglesia se admira en la antífona inicial de la Misa. La ve subir… “Apareció una figura portentosa en el cielo. Una mujer vestida de sol. La luna como escabel de sus pies, coronada con doce estrellas”.

Es la Inmaculada, misteriosamente descrita en el Apocalipsis (12,1) que llega al cenit de su gloria. Y son sus hijos de todos los tiempos que la aclaman y lloran enternecidos de amor y agradecimiento hacia Ella.

“Suspirar siempre por el cielo”

Entra en la gloria conducida por Jesús. Los ángeles cantan con nosotros el Aleluya de la Misa. “Hoy es la Asunción de la Virgen. Se alegra el ejército de los coros angélicos”. Con sencillez y disimulo, se Le escapa para irse a un rinconcito, para pasar desapercibida. Como en la tierra, no se cree nada… “Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso”. A Él la alabanza, la gloria, la bendición por los siglos de los siglos. Yo, a esconderme donde no me vean.

Quiere mantener eternamente, en el cielo, la misma línea de humildad… Antes de la Anunciación, nunca había reparado que era “la llena de Dios”. El ángel le hace caer en la cuenta, pero María no se engríe. Sigue igual que antes, en vida sencilla oculta en el amor.

Pero Jesús ahora quiere exaltarla para siempre. La vuelve a tomar de la mano. La remonta por encima de tronos, potestades, querubines, dominaciones, serafines. La coloca en trono resplandeciente preparado desde la eternidad.

La sugestiva oración de la liturgia pide que nos deleitemos mirando al cielo a nuestro paso por la tierra. “¡Todopoderoso y Eterno Dios, que elevas en cuerpo y alma a la gloria a la Inmaculada Virgen María, Madre de Tu Hijo! Te rogamos nos concedas suspirar siempre por el cielo para merecer participar de su gloria” (orac. col.).

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