SANTA MÓNICA Y SAN AGUSTÍN. 27 y 28 de agosto.

Santa Mónica.

Madre (siglo IV)

Patrona: víctimas de abusos, alcohólicos, matrimonios con problemas, hijos rebeldes, amas de casa, mujeres casadas, madres, víctimas de adulterio, infelices, víctimas de abusos verbales, viudas, esposas.

Nombre: Mónica

Significado: Única, del Griego

Fiesta: 27 de Agosto

Nacimiento: 331. Souk Ahras, Argelia

Muerte: 387. Ostia, Italia

Santa Mónica, que, muy joven todavía, fue dada en matrimonio a Patricio, del que tuvo hijos, entre los cuales se cuenta a Agustín, por cuya conversión derramó abundantes lágrimas y oró mucho a Dios. Al tiempo de partir para África, ardiendo en deseos de la vida celestial, murió en la ciudad de Ostia del Tíber.

San Agustín de Hipona.

Doctor de la Iglesia, Obispo (siglo V)

Patrón: cerveceros, impresores, de los ojos, teólogos, Maguncia, Palermo y Pavía.

Fiesta: 28 de Agosto

Nacimiento: 354. Tagaste, Argelia

Muerte: 430. Hipona

San Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, el cual, después de una adolescencia inquieta por cuestiones doctrinales y libres costumbres, se convirtió a la fe católica y fue bautizado por san Ambrosio de Milán. Vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en África, siendo modelo de su grey, la instruyó con abundantes sermones y escritos, con los que también combatió valientemente contra los errores de su tiempo e iluminó con sabiduría la recta fe.

“Mi vida era una con la suya”, dirá el hijo de la madre. No los separemos nunca. Vibran tan al unísono que desconectarlos es destrozar la armonía íntima que los une.

El Imperio romano marco histórico–cultural en que nace y se robustece el cristianismo, empezaba a tambalearse en Occidente. Pueblos germánicos asentados al Este del Rhin y al Norte del Danubio amenazaban sus fronteras. Los hunos se lanzan los primeros en 375. La cultura antigua iba a perecer.

Dios regala entonces al mundo y a la Iglesia un hombre fuera de serie, S. Agustín. Personalidad excepcional, sintetiza más de tres siglos de Historia del cristianismo, encarna la antigua cultura grecolatina. Genio creador, la salva y enriquece convirtiéndola en pilar de la civilización occidental al amanecer de un mundo nuevo.

Artífices de la nueva civilización, cuna de Europa y del mundo moderno, son también sus coetáneos; S. Ambrosio retoño de la vieja estirpe romana, S. Paulino de Nola, Sulpicio Severo en las Galias y Aurelio Prudencio Clemente, hispano cantor de la Roma cristiana. Pero Agustín aporta el ímpetu peculiar del genio africano.

Mejor que ninguno de sus contemporáneos, nos presenta una radioscopia del mundo en las postrimerías del siglo IV, tan semejante al nuestro. Una minoría intelectual dirigente que manipula a la mayoría, que no piensa ni ahora ni entonces. Una minoría de barniz cristiano, pero pagana y epicúrea en el fondo, apegada como lapa a la tierra.

Minoría audaz y masa vacilante, pero que anhela verdad, criterios seguros y coherencia de conducta. Agustín, torturado por la duda, también desesperó a veces de encontrar la verdad. Con rara energía y ánimo decidido, con la vehemencia de su amor y su inteligencia penetrante, acaba encontrándola.

Descubre gozoso a Cristo que le dice: “Yo soy el camino, y tomo sobre Mí al que conduzco, y lo conduzco hacia Mí”. No lo abandonará jamás. Lo presentará a todos en cualquier época como la única y radiante liberación de angustias espirituales forjadora de una cultura que haga a los hombres hermanos mirando a Dios Padre.

Una frase suya –muy repetida, pero quizá poco entendida– le retrata. “Nuestro corazón está inquieto ¡oh Dios!, hasta que descanse en Ti”. Antes que filósofo o teólogo, historiador o literato, orador o catequista, es uno de los hombres más religiosos que ha existido. Buscaba a Dios sin advertirlo desde su niñez. Le buscaba para “encontrarle más dulcemente”, nos dice, y le encontraba para “buscarle con mayor avidez”.

S. Agustín dio a la Iglesia occidental alas de águila para remontar su vuelo real sobre tiempos y naciones. Marca a las aspiraciones místicas la ruta segura que han de seguir. Plantea los problemas sobre los cuales trabaja la escolástica. Armoniza para todos los siglos la antítesis aparente subjetivismo–objetivismo, interioridad y norma externa. Une la piedad más personal con la fidelidad más absoluta a la Iglesia. A Lutero y a muchos les falta ese vigor mental, y caen en la herejía o incredulidad. Rey de la Historia, conduce al hombre a las fuentes eternas del Evangelio.

Una madre

Mediaba el siglo IV, y el 13 de noviembre de 354 nace en Tagaste, pequeña ciudad de la Numidia proconsular, hoy Argelia. Su familia no era rica. Una casa, una viña y pocos trozos de tierra eran su patrimonio.

El padre, Patricio, era decurión o concejal del Consejo Municipal, imagen pueblerina del Senado romano. Era un pagano. Mónica, su esposa, de veintidós años, era ferviente cristiana. El alma de Agustín no se comprende sin su influjo materno. Dios, consuelo de los que lloran, acogió sus lágrimas pidiendo la conversión y obtuvo, tras larga y ansiosa espera, el suspirado retorno de su hijo.

Agustín era el mayor de los tres hijos. “Empecé a sonreír, al principio en sueños, después ya despierto” (Confesiones I,8). Su primera sonrisa fue, sin duda, para Mónica, que velaba junto a su cuna. Se sentía ya, como dirá después, “hijo de las lágrimas de su madre” (Confesiones VIII,28).

Mónica sembró en el niño los gérmenes de la fe cristiana. Nunca se le borrará la realidad de un Dios que se ocupa de nosotros y nos ama. Pronto balbucea el nombre de Jesús y su sabor le deleitará, aunque lo olvide durante años.

El niño cae enfermo. A punto de morir pide ser bautizado. “Tú, Señor, viste entonces con qué fervor imploré de la piedad de mi madre, de la piedad de nuestra madre común, tu Iglesia, el Bautismo de tu Cristo, mi Dios y Señor” (Confesiones I,17). Fueron en busca de un sacerdote, pero al recuperar la salud, se difirió el sacramento.

Madaura

A la escuela materna iba a suceder otra menos agradable sin salir de Tagaste: la del “primus magister”, que le enseñó a leer, escribir y contar. Patricio decide hacerle proseguir estudios y lo confía al gramático de Madaura, unos treinta kilómetros al Sur. Enclavada en una vasta llanura fecundada por numerosos arroyuelos y circundada por colinas cubiertas de árboles, aparece la ciudad. Más allá se divisan en el horizonte las montañas de Cartago.

En este sugestivo paisaje se encariña con Virgilio al leer la Eneida. “Nadie hubiera podido arrancármela de las manos” (Confesiones I,20). Cuando el anciano obispo escriba la “Ciudad de Dios”, las reminiscencias virgilianas se acumularán en su pluma y las acogerá complacido. “Es el más grande, el mayor de los poetas –dice–. Se enseña a los niños para que se empapen desde el principio y conserven largo tiempo su perfume” (De Civ. Dei, I,3).

“¡Aquel año decimosexto!”

El santo cuenta quince años cuando concluye sus estudios literarios, pero Patricio no quiere dejarle a mitad de camino. Decide curse Elocuencia, último ciclo de la enseñanza de entonces.

Los estudios de Madaura habían sobrepasado el presupuesto familiar, y los que debía cursar serían aún más gravosos. Un año de trabajo intenso de Patricio y de rigurosa economía de Mónica, permitirían afrontarlos.

Agustín adolescente se encuentra en una edad crítica. El candor de la infancia se esfuma y las generosas aspiraciones de la juventud aún no han florecido. Víctima de los instintos egoístas del naciente orgullo y de la sensualidad, le seducen las perversas sugestiones del ocio. En sus Confesiones se lamenta con amarga tristeza de “aquel año decimosexto” (ib. II,6).

Estudiante en Cartago

En 370 llega a la capital del África romana, a punto de estrenar sus diecisiete años. Acaba de vestir la toga viril, y era un joven provinciano pletórico de talento y ambición. Orgulloso y altivo, entra en la Roma africana que rivalizaba con Alejandría en población y lujo.

Las zarzas de la impureza le aprisionan. “Llegué a Cartago, y por todas partes me aturdía el bullicio de los amores vergonzosos” (ib. III,1). Incapaz de superar la lascivia y lleno de orgullo se justificaba, como cualquier pecador: “Me parecía que no somos nosotros los que pecamos, sino una naturaleza que existe en nosotros. Mi orgullo estaba encantado de encontrarme sin falta” (ib. V,18).

Agustín era, sin embargo, una de esas almas con aspiraciones infinitas a las cuales persigue siempre la “severa misericordia” de Dios impidiéndoles reposar en las criaturas. “Dios mío, misericordia mía, ¡con cuánta hiel rociaste en mí esta suavidad!, y haciendo esto ¡cuán bueno has sido!” (ib. III,1).

Las falacias de los maniqueos le atrapan entonces. Despejado y curioso, pero lleno de orgullo, y al mismo tiempo ignorante del cristianismo, y por tanto, incapaz de distinguirlo de sus falsificaciones, fue presa fácil y casi fatal de la herejía.

Se apresuró con ímpetu proselitista a poner su juvenil y persuasiva elocuencia al servicio de la secta. Sus corifeos le miman y adulan. Le prodigan afecto llevándole por la irresistible pendiente de su corazón. “Era como una cuerda que me echaban muchas veces alrededor del cuello”, escribe. En el 375, a los veinte años, queda aprisionado en la red de la herejía que le hará un hombre lleno de dudas.

Lágrimas de Mónica

Terminado el año escolar 374, a los veinte años, regresa a Tagaste y monta una escuela de Gramática. Su padre había muerto dos años antes.

Patricio, impresionado por el ejemplo de Mónica, tan abnegada y tierna, se hizo catecúmeno, pidió el Bautismo y lo recibió antes de su muerte (ib. IX,10–22). Las lágrimas de Mónica, después de lograr el Bautismo del marido, serán ya sólo para llorar por su hijo. Toca todos los resortes para atraerlo. No escatima ningún recurso, pero fracasa. Serena y enérgica le prohíbe comer y dormir en su hogar. El hijo sacrifica la ternura filial a sus convicciones maniqueas, y abandona la casa.

Ni Agustín ni Mónica pueden, sin embargo, soportar esta separación. Él añoraba con angustia el hogar materno, y ella lloraba a su hijo más que otras madres sobre el ataúd de sus hijos. Eran lágrimas llenas de esperanza acompañadas de oraciones. Sembraba con lágrimas, y en su día, recogería con gozo. Dios, para animarla, hacía brillar ya a sus ojos la seguridad de una mies fecunda.

Una noche tuvo un sueño consolador que nos refiere su hijo (ib. III,19). Confortada con esa promesa, le recibe de nuevo en su casa. Ella llorando, corre a un obispo pidiéndole se entreviste con Agustín para refutar sus errores. Él la consuela y anima a seguir vertiendo lágrimas en oración continua. “Déjalo, y conténtate con rogar al Señor por él… Vete, y vive siempre así. No es posible que perezca el hijo de estas lágrimas” (ib. III,21).

“Corazón destrozado y sangriento”

Una herida cruel y un amargo desengaño producen en su alma la muerte de un amigo en plena juventud. “Mi patria era para mí un suplicio y la casa paterna un tormento extraordinario… Mis ojos le buscaban por todas partes, y él no se presentaba”. No puede resistir más, abandona Tagaste y se marcha a Cartago “con el corazón destrozado y sangrando” (ib. IV,7–13). Mónica, que no podía vivir sin él, le sigue poco después.

Alquiló allí una sala que daba a la plaza más concurrida. “Vendedor de palabras”, como él se llama (ib.), era comerciante a su manera y abrió su tienda. Años antes había sido el primero en la escuela del profesor de Elocuencia, y ahora, como maestro quiere acreditarse atrayendo discípulos.

Se rompe el lazo

Empieza a desengañarse de los maniqueos. Le dicen espere el retorno de Fausto, su gran obispo. Llega, por fin, después de casi nueve años de espera. Agustín habla con él y queda decepcionado. “Fausto, que fue para muchos lazo de muerte, contribuyó, sin saberlo ni quererlo, a romper aquel con el que yo estaba preso… Es que, día y noche, mi madre, Dios mío, te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos” (ib. V,10–13).

Rompe, pues, con los maniqueos pero le entra un profundo abatimiento. Comienza a dudar y a desesperar de encontrar la verdad tras la cual suspiraba. Abandona la herejía, pero cae en el escepticismo. “Rehusé dar mi asentimiento a cosa alguna por temor del precipicio” (ib. VI,6).

Una nueva enfermedad había contraído. No quiere confiarla a nadie porque los médicos anteriores le habían engañado. Felizmente para él, Mónica estaba allí llena de confianza en el gran Médico que cura enfermedades y resucita muertos.

“Mentí a mi madre… y me escapé”

Desligado de la ideología maniquea, privado de las simpatías y triunfos que le proporcionaba, su estancia en Cartago carecía de aliciente. Sus amigos y discípulos le hacían mirar hacia Roma deslumbrándole con un porvenir fascinante. Le seguirían y continuarían gozando de su amistad y participando en sus triunfos.

Decide partir, pero Mónica no era fácil de convencer. Lo sabía su hijo, y usa rodeos y subterfugios que fracasan. Recurre al engaño haciéndole creer que iba para “acompañar a un amigo, esperando que el viento le permitiese navegar. Mentí a mi madre, a tal madre, y me escapé” (ib. V,2).

“Perezcan estas cosas vanas y vacías”

Poco dura su estancia en la Urbe. Símaco, Prefecto de Roma, le escoge como profesor de elocuencia para Milán, residencia habitual de los emperadores desde el tiempo de Diocleciano. En la cátedra, según dice, “abrió tienda de verbosidad y vanilocuencia”. El 384 llega, a los treinta años, a la ciudad acompañado de su querido Alipio, el “hermano de su corazón”. Nebridio, el “amigo tiernísimo y dulcísimo” se juntaría pronto.

Mónica no se resigna a vivir lejos de él. Se embarca llevando a Navigio, su otro hijo. Cuando lo encontró tuvo la alegría de comprobar que sus almas se habían acercado. Agustín aún no era católico, pero ya no era maniqueo. El hijo se confidenció con la madre. “Calmada y llena de confianza, me dijo que antes de emigrar de esta vida, me vería fiel católico. Esto me decía a mí, pero ante Ti, Dios mío, fuente de misericordia, multiplicaba oraciones y lágrimas para apresurar tu socorro que iluminaría mis tinieblas” (ib. VI,1).

Conoce a S. Ambrosio, oye sus prédicas y ante sus ojos deslumbrados resplandece “la amable faz” de las Escrituras (ib. VII,27). Da un paso al frente. “Resolví ser catecúmeno en la Iglesia católica, en donde me habían puesto mis padres, esperando que una luz cierta viniese a dirigir mi carrera” (ib. V,23–25).

Un pasaje conmovedor y anhelante de las Confesiones nos demuestra cuanto suspiraba el encuentro con Cristo. “Me maravillaba pensando en el largo espacio transcurrido desde mis diecinueve años, en que me apasioné por la sabiduría. Ya tenía treinta, y me revolcaba siempre en el mismo fango, ávido de gozar de estos bienes presentes que se escapaban y me disipaban… ¡Perezcan todas estas cosas vanas y vacías! Consagrémonos a investigar la verdad. La vida es miserable, y la muerte incierta” (ib. VI,18–19).

Platón y Plotino abren en su mente caminos insospechados y le encienden un ansia nueva de verdad, pero es la Biblia quien le deslumbra. “Tomé con avidez los escritos de Tu Espíritu, Dios mío, y sobre todo los de S. Pablo” (ib. VII,25–27).

“Yo ardía en deseos de imitarlo”

Naturaleza ardiente, Agustín no podía transigir con medias tintas. Debía subir muy alto en la Ciudad de Dios o descender muy bajo en la del mundo. La lucha trágica se intensifica en su alma, no para una simple conversión, sino para optar por la santidad. Las ideas habían clarificado su mente. Ahora necesitaba ejemplos que le arrastraran.

Dos laicos como él, le impulsarán con su vida. Victorino, cuyas traducciones neoplatónicas había leído, era oriundo de África. Enseñó Elocuencia en Roma con tanto éxito que mereció tener una estatua en pleno foro.

No pisaba el templo, no participaba en el culto; pero un día dice a un amigo: “Vamos a la iglesia, quiero ser cristiano”. Delante de los fieles asombrados, con gran desesperación de los paganos, entona el Credo con aquella voz potente que los romanos tantas veces habían aplaudido.

“Yo ardía en deseos de imitarlo” (ib. VIII,3). Esta admiración que sintió por Victorino subió de punto al enterarse que había preferido cerrar su escuela cuando Juliano el Apóstata prohibió a los cristianos enseñar letras.

“Los ignorantes arrebatan el cielo, y nosotros…”

Un día se encuentra solo con Alipio y reciben la visita de un compatriota, Ponticiano. Alto dignatario de la corte, era un bautizado consecuente. Les habla de Antonio, monje egipcio que abandona riquezas, honra y bienestar, y se interna en el desierto. Los dos amigos, fascinados le escuchan en silencio maravillados. Cuando Ponticiano les cuenta lo que le había sucedido en Tréveris, la Roma de más allá de los Alpes, quedan electrizados.

Una tarde, mientras el emperador asistía a los juegos del célebre circo, paseaba con tres oficiales por los jardines próximos. Dos de ellos penetran sin querer en una cabaña de monjes, y encuentran la Vida de S. Antonio escrita por S. Atanasio. Subyugado por su lectura, uno le dice al otro: “Rompo con todo lo que era mi esperanza. Comienzo desde ahora a servir a Dios aquí. Si tú no quieres seguirme, al menos no te opongas”. Los dos se hacen monjes. Sus novias, al saberlo, resuelven imitarlos y consagran a Dios su virginidad.

Ponticiano regresa a palacio sin darse cuenta de la tempestad que acababa de levantar en Agustín. “Llevando la turbación en mi espíritu y en mi rostro, me precipité sobre Alipio gritando: ¿Qué esperamos? ¿Qué es lo que hemos oído? ¡Los ignorantes se levantan y arrebatan el cielo, y nosotros, con nuestra doctrina sin corazón, nos revolcamos en la carne y en la sangre!” (ib. VIII,14–20).

“¡Hasta cuándo estas dilaciones!”

Agustín se va haciendo humilde al palpar su debilidad. “Me retenían estas miserias de miserias, estas vanidades de vanidades… Sacudían el vestido de mi carne y murmuraban a mi oído: ¿Nos dejas? ¿Desde ahora no estaremos contigo? ¿Esto y aquello te estará prohibido para siempre?… ¿Crees que podrás prescindir de ello?” (ib. 25–27). Acosado por la impureza se sentía asqueroso. “Cuan feo, contrahecho, sucio, manchado y ulceroso yo era. Me veía y me horrorizaba de mí” (ib. VIII,4).

Los dos amores que han creado las dos ciudades, la de arriba y la de abajo, se disputaban su alma. Sintiendo su “pecho oprimido y sus párpados humedecidos”, sale, en uno de los últimos días de julio del 386, al huerto y se sienta en un banco. La presencia de Alipio le estorba, y tendido bajo una higuera, llora y exclama: “¡Hasta cuándo, hasta cuándo estas dilaciones! ¡Mañana, mañana! ¿Por qué no enseguida? ¿Por qué no terminar ahora mis torpezas?

“Toma y lee”

En medio de su turbación, oye de pronto la voz de un niño que le dice cantando: “Tolle, lege”. Toma y lee, toma y lee. Corre a coger el libro que estaba sobre el banco, junto a Alipio. Lo abre al acaso, y lee: “Revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no contentéis los antojos de vuestra sensualidad” (Rom 13,14). Fue el clarinazo definitivo, la gracia de la conversión total. “No quise leer más, era inútil. Al acabar esta frase, sentí esparcirse en mi corazón como una luz serena que disipó todas las tinieblas de mi vacilación”.

Alegre y tranquilo confía a Alipio su entrega a Dios. Él también se había decidido por la santidad. Convertidos en el mismo día y lugar, los dos amigos se fortalecerán mutuamente en la fe reconquistada. La predicarán con amor y la defenderán hasta la muerte.

Agustín, presuroso, seguido de Alipio, va a abrazar a Mónica. “Corrimos a encontrar a mi madre, la informamos de esto y se alegró. Le contamos cómo había sucedido todo. Ella se alegró y entusiasmó. Te bendecía ella a Ti, que puedes concedernos más de lo que podemos pedir y comprender. Le habías dado mucho más de lo que ella acostumbraba con sus lágrimas y gemidos, pedirte para mí” (ib. VIII,28–29).

Delicioso cenáculo

Agustín renuncia a su cátedra y se instala en Casiciaco, no lejos de Milán. Era una aldea lombarda recostada en las onduladas colinas que arrancan hacia las últimas estribaciones montañosas de la cordillera de Brianza. Un amigo le había cedido una quinta que oteaba las lejanas cumbres de los Alpes hasta el Monte Rosa.

Rodeado de Mónica y sus discípulos pasa allí su luna de miel recién convertido. “Descansé a la sombra contra los ardores del siglo” (ib. IX,5). Un delicioso cenáculo de amistad íntima buscando la sabiduría y el amor. Las páginas de la Biblia, las Actas de los mártires, los escritos de los primeros cristianos y la bella naturaleza que evoca exámetros virgilianos, les entretenían en inefables diálogos.

“¡Cuánto lloré conmovido…!”

Al comenzar la Cuaresma del 387 regresa a Milán con su hijo Adeodato y el inseparable Alipio. Se inscriben entre los que recibirían el Bautismo. Se lo administran y confirma a sus treinta y tres años, y ese día hace su Primera Comunión.

Los recién bautizados llevaban blancas vestiduras durante la octava pascual. “En estos días, Dios mío, no podía saciarme de la dulzura incomparable meditando la profundidad de tus juicios en la salvación de los hombres. ¡Cuánto lloré profundamente conmovido por los cantos melodiosos de tu Iglesia!” (ib. IX,14).

“La tristeza… desangraba mi vida”

Agustín y su madre, concluidos los días de la Pascua, dejan Italia para volver a su querida Tagaste. En Ostia Tiberina llegan para Mónica sus últimos momentos. Navigio se lamenta de que no muera en Tagaste como había deseado para descansar junto a Patricio. Mónica les dice: “No os preocupéis de mi cuerpo, enterradlo donde queráis”. Sólo os pido que, en donde quiera que estéis, os acordéis de mí ante el altar del Señor” (ib. IX,27).

El santo, después de recoger con amor su último suspiro, redacta la inscripción fúnebre que habría querido grabar sobre su tumba: “Al noveno día de su enfermedad y a la edad de cincuenta y seis años, esta alma religiosa y pía fue liberada de su cuerpo”.

El fervoroso neófito hizo una gran violencia a su corazón para reprimir su dolor y contener las lágrimas. Temía parecer un pagano más, que no espera nada tras el sepulcro. “Le cerré los ojos, y la tristeza inmensa que llenaba mi pecho subió con las lágrimas. Mi alma imponía con violencia a mis ojos sacar su manantial. En esta lucha yo sufría horriblemente… Verme privado así de su gran consuelo era lo que hería más mi alma y desangraba mi vida, que no era más que una con la suya” (ib. IX,29–32).

“Sentía la opresión de mi corazón”

El santo asistió con ojos enjutos al sepelio de su madre. Los testigos pudieron pensar que era insensible, pero Dios veía el fondo de su alma. “¡Oh, mi Dios! En donde nadie me oía, reprendía la molicie de mi corazón y repelía la ola de mi pena que se detenía un poco, pero de nuevo me arrastraba su violencia, no hasta derramar lágrimas ni mudar el semblante, pero sentía la opresión de mi corazón” (ib. 33).

Le vino la idea de acostarse, y después de un leve sueño despertó a la cruel realidad. La suave imagen de Mónica se le presentó, y esta vez no pudo dominar la emoción. Dejó correr sus lágrimas, “las extendió como un lecho debajo de su corazón” para reposar allí, lejos del egoísmo de los hombres, bajo la mirada indulgente de Dios Padre.

Con sencillez admirable se culpa de haber llorado sólo por un cuarto de hora a la que lloró más de veinte años por él. Parece que nos pide permiso para llorar a Mónica, como hizo siglos después S. Bernardo ante los monjes, en el sermón sobre el Cantar de los Cantares que siguió a la muerte de su hermano Gerardo. Nos invita a acordarnos de ella ante el altar de Cristo, a nosotros, hijos de la Iglesia que caminamos hacia la Jerusalén eterna (cf. ib. 37).

El monasterio de Tagaste

Muerta Mónica, Agustín no tiene ya tanta prisa en volver a Tagaste. Regresa a Roma, se detiene unos meses, y hasta el verano del 388, no se decide a embarcarse con Adeodato y Alipio.

El santo se detiene poco tiempo en Cartago. La gran ciudad ya no le fascina como cinco años antes. Circo, odeón y templo de Celeste le dejaban indiferente. Lo que ahora le cautiva es llegar cuanto antes a Tagaste y empezar a seguir a Cristo pobre en perfección evangélica. No piensa en ser sacerdote, ni menos obispo. Sólo quiere aspirar al mayor y más alto estado a que en esta vida se puede llegar, a la unión espiritual del alma con Dios.

Arriba por fin a su suspirada patria chica. Se apresura a vender sus bienes y dar a los pobres el dinero de la venta. Enajena su casa y campos, pero conserva el usufructo para fundar su monasterio. No tendrá clausura infranqueable, pero estará regulado por disciplina austera y rígida, un Casicíaco en tierras africanas.

El cenobio empieza a poblarse. La santidad del fundador y la exigente y amorosa convivencia que les hace hermanos, es el anzuelo. No hace falta, para incorporarse, estar bautizado o simpatizar con el cristianismo. Bastaba querer buscar la verdad con rectitud y sencillez de corazón.

La meditación reposada por los bosques de Tagaste escuchando trinos de ruiseñores, le empujaban hacia Dios. En el 415 escribe a S. Jerónimo, refugiado en la gruta de Belén: “Las cosas pasajeras de este mundo entonan un cántico admirable. Si lo pudiéramos interpretar perfectamente, nuestra alma se abismaría en delicias inefables” (c. 166,13).

Platón y Plotino, Cicerón y Virgilio, no estaban proscritos en Tagaste, pero cedían la primacía a la Sagrada Escritura en la medida en que “el amor de las cosas temporales era expulsado por la suavidad de las eternas… Haz, Señor, que las Escrituras sean mis castas delicias” (Confesiones XII,3).

El santo no se contentará con mojar sus labios en la Biblia, sino que beberá hasta embriagarse y perder el gusto a lo material. “Esta palabra embriaguez me parece expresa a maravilla el olvido de las vanidades e imaginaciones del mundo” (De Música VI,52).

Las bellezas humanas, el teatro y la poesía eran ya ante sus ojos “alimentos pintados que excitan el apetito del alma sin poder satisfacerlo” (De Vera Relig., 100). El atractivo de las cosas eternas le seducía. Quería abandonar el mundo y huir al desierto, pero el Espíritu Santo soplaba en otra dirección. Pretendía hacerle forjador de clérigos, padre de monjes, faro de futuras generaciones que esperaban las luces de su inteligencia y la caridad de su corazón.

Sacerdote y obispo

Un día del 391 llega a una colonia romana a las orillas del Mediterráneo, Hipona, hoy Bona. Pensaba que iba a conquistar a un amigo para su monasterio, pero Dios planeaba otra cosa. Le llevaba para hacerle sacerdote y obispo.

Valerio, obispo de la ciudad, era muy anciano y buscaba un sacerdote que le sustituyese en la predicación. Los frailes advierten que Agustín está entre ellos. Un murmullo, débil al principio, creciente después, se eleva en la basílica. “¡Agustín sacerdote! ¡Agustín sacerdote!” Valerio ratifica la elección y le ordena poco después, a los treinta y siete años. En el 396 muere el obispo y Agustín le sucede. “Acababa de ser colocada en el candelero una luz resplandeciente, y toda la casa iba a ver con claridad”, apunta Posidio, su primer biógrafo (Vita 7–8).

Treinta y cinco años durará su pontificado. Predicador incansable, a pesar de su frágil salud, deslumbraba a los oyentes por la universalidad de sus conocimientos. Los cautivaba por la variedad de comparaciones e imágenes, sus amables confidencias y fino humorismo. Se ganaba los corazones de todos, y muchas veces el auditorio estallaba en aclamaciones y aplausos.

Paladín de la fe, lucha victorioso contra maniqueos y pelagianos. Apologista del cristianismo contra los paganos y descreídos de cualquier época, es la gran lumbrera del mundo occidental que formó las inteligencias de la Europa cristiana.

Rara vez piensa, a diferencia de Sto. Tomás, con la razón sola. Fértil imaginación y corazón ardiente, da vida y calor a las más frías elucubraciones. La iconografía cristiana se complace en presentarlo con certera intuición, no como el Doctor Angélico con un sol resplandeciente, símbolo de la especulación que todo lo ilumina, sino revestido de ornamentos sacerdotales y con un corazón inflamado en la mano.

Educador de clérigos

Su casa episcopal era un auténtico seminario, plantel fecundo de obispos y abades. La transformó en cenobio. Vivían en pobreza evangélica. Los fieles no podían favorecerlos con regalos personales. Mobiliario austero, comida parca, vajilla de madera o barro cocido. Posidio dice que al morir “no hizo testamento. Pobre de Dios, no tenía de qué hacerlo” (Vita 31).

Inspirador de la vida monástica

Agustín era monje hasta la médula. Convertido, regresa a África y se encierra con sus amigos en la soledad de Tagaste esperando pasar así el resto de su vida. Ordenado sacerdote, construye un monasterio cerca de Hipona. En la avalancha de quehaceres pastorales le gusta entretenerse con cenobitas y anacoretas. Les recuerda las dulzuras y obligaciones de la contemplación que él mismo vivía en su agobiante actividad. Les inculcaba lo que él sentía: “Cuando se ama no hay fatiga, y si la hay, se ama la misma fatiga” (De bono viduitatis, 26).

En sus sermones apremia a los ricos a que sean generosos con los monjes. Su mayor deseo era ver multiplicarse en suelo africano estos cenobios. Es el inspirador de la vida monástica. La Regla de S. Agustín vivificará muchas familias religiosas que buscarán en ella el contraste y el pilar de su ascetismo.

“Lo tocamos un momento… y suspiramos”

La vida de S. Agustín, desde que desembarcó en las costas de África, fue un eco prolongado del éxtasis de Ostia, un cántico de amor ansiando el cielo fue su ingente y prolongada actuación pastoral. Suspiraba por la visión de “Dios Trino, a cuya imagen fuimos creados. Es nuestro supremo gozo, mayor no lo hay” (De Trin., I, VIII, 17–18). La visión de Ostia Tiberina, a una con su madre, nos la recuerda Ary Scheffer en un cuadro muy expresivo. Madre e hijo sentados uno junto al otro. La mano de Mónica se entrelaza con la de Agustín. Los rostros y miradas de ambos se dirigen hacia el cielo.

Sin embargo, la deliciosa pintura palidece frente a las palabras de Agustín. Descansaba con su madre de las fatigas del largo viaje, y recobraban fuerzas los dos para la próxima travesía. Conversaban lejos de la multitud apoyados los codos en el alero de la ventana que miraba al campo y se perdía en la inmensidad del mar.

“Hablábamos solos con gran dulzura… Buscábamos qué sería la vida eterna de los santos… Mientras hablábamos de esto, lo tocamos un momento en un supremo impulso del corazón, y suspiramos” (Confesiones IX,23–24).

Como antes Pablo, madre e hijo se habían elevado al cielo, juntas sus manos. Un éxtasis común, unidos en un mismo corazón. Un éxtasis que se hizo a los pocos días eternidad para Mónica, y que el alma de su hijo viviría hasta la muerte.

“Descansaremos, veremos…”

En el 410 Alarico saquea Roma. La antorcha del mundo se apaga, y en una sola ciudad perece el universo entero, exclama S. Jerónimo, solitario y penitente en Belén.

Era el preludio. Años más tarde, las huestes de Genserico recorrían el norte de África asolando e incendiando ciudades. S. Agustín, enfermo, se retira a su celda para guardar cama. Los médicos le prohíben leer, pero manda escribir en un pergamino cuatro salmos penitenciales y los cuelga de la pared para poder leerlos con frecuencia. Recordaba así lo que repetía a sus clérigos: “Aun los cristianos de vida más pura, cierran sus ojos sin haber hecho bastante penitencia”.

Sus pupilas, encendidas por la fiebre, no se apartaban de los salmos, mientras sus labios musitan palabras de arrepentimiento. Diez días antes de su muerte ordena no se permita a nadie la entrada en la celda, para prepararse mejor al encuentro. Solo, abandonado de todos, entra en oración derramando lágrimas de compunción. En su celda solitaria flota un silencio impresionante. El asedio de los vándalos a Hipona entraba en su fase culminante. Desde su lecho de dolor percibe el saqueo y la ruina de la ciudad querida, y gime de dolor hasta exhalar su último suspiro el 28 de agosto del 430 a los setenta y cinco años.

Las palabras con que cierra la Ciudad de Dios fueron el norte y el epílogo de su vida, un sollozo prolongado suspirando por el cielo y pensando en su madre querida. Anhelaba, como ella, con gemido inefable: “Descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Esto será el fin pero sin fin”.

La Iglesia, admirada y confiada en su intercesión, pide al Señor para nosotros “sed de Ti, única fuente de la sabiduría, y buscarte como el único Amor verdadero” (orac. col.).

BIBLIOGRAFÍA

Obras completas de S. Agustín, tomo II, BAC, Madrid 1968.

Bertrand, S. Agustín, Rialp, Madrid 1961.

Bougad, Vida de Sta. Mónica, Madrid 1958.

Guilloux, El alma de S. Agustín, Gili, Barcelona 1930.

Pérez de Toledo, Vida de Sta. Mónica, El Escorial 1955.

2 pensamientos en “SANTA MÓNICA Y SAN AGUSTÍN. 27 y 28 de agosto.”

  1. Me gustaría saber porqué a veces se representa a Santa Mónica con un libro abierto sobre las rodillas y dos ojos abiertos, uno en cada una de las dos páginas del libro.

    ¿Porque lloraba por la conversión de San Agustín?

    ¿Recordando el “Toma y Lee?

    No he logrado dar con una referencia iconográfica fiable.

    Gracias,

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