PERDONA NUESTRAS OFENSAS, ¿COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN?

Aprendiendo a vivir en cristiano te das cuenta que hay algunas lecciones que te da la vida que si quieres afrontarlas atendiendo a los verdaderos valores cristianos, la tarea se hace necesaria de grandes dosis de empeño.

Hoy quiero hablarte del perdón.

Y de nuevo recurro a una de las siete peticiones que hacemos en el Padrenuestro. Antes recordarte que puedes pulsar en las palabras subrayadas para repasar lo que hemos hablado de la oración que CRISTO nos enseñó, cuando nos detuvimos en el HÁGASE TU VOLUNTAD, o más recientemente, el VENGA A NOSOTROS TU REINO.

Hoy la cuestión es: PERDONA NUESTRAS OFENSAS, pero, ¿COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN?

He llegado a la conclusión que como yo me conforme pidiendo a Dios que me perdone a mi de la misma forma que yo perdono a los que me ofenden… algo me voy a perder, seguro.

¡Cuánto trabajo nos cuesta a veces llegar a perdonar! ¡Y cuántas ocasiones se nos presentan al cabo del día para hacerlo!

Todos los días tenemos una propuesta para perdonar: desde la más mínima fricción hasta la mayor ofensa.

Desde el conductor que no se paró donde debía, que te pide disculpas y tu le recriminas como si te hubiese pisado el pie con la rueda, hasta ese familiar al que llevas meses sin hablar por “aquello tan grande” que te hizo y que hoy, de nuevo, has dejado pasar otra oportunidad para perdonarle o pedirle perdón.

No siempre hay que esperar a que vengan a pedirnos disculpas, también se puede tomar la iniciativa a la hora de facilitar la disculpa al prójimo.

Creo que perdonar es uno de los ejercicios más fáciles de ejecutar pero más difíciles de poner en práctica.

Cuando estoy en esa situación en la que alguien que me ha ofendido da el dificilísimo paso de abordarme para pedirme perdón, nunca me posiciono en esa ficticia situación de superioridad que da el saber que tú ahora eres el que administra justicia. No caigas en eso. Trata siempre de ponerte en su lugar, nunca en el tuyo, aunque creas que llevas razón.

Si te dejas dominar por tus emociones, sobre todo si la ofensa ha herido tu orgullo, esto obstaculizará el paso al perdón. Al perdón fácil, que es el mejor bálsamo para reconducir una situación indeseada.

Si nos ponemos en el lugar del que pide disculpas será más fácil cumplir lo que prometemos a Dios cada vez que le rezamos comparando su compasión con la que nosotros ofrecemos a los que nos ofenden.

Para ser de perdón fácil hay que trabajar otro sentimiento importante, el amor.

A veces nos parece demasiado ñoño hablar de amor. Y por eso lo descartamos de nuestras conversaciones. Sobre todo los hombres, pues parece que nos resta masculinidad.

Imagínate cómo hubiera podido Jesucristo perdonar a los que le crucificaron en la cruz sin un amor al prójimo del calibre que El derrochaba.

Cuando perdonamos, estamos demostrando al mundo que nuestro modelo es Jesucristo, que perdonó a sus agresores en la cruz (Lucas 23:24).

Si se trata de perdonar, amar al prójimo se consigue adoptando una generosa actitud de humildad y desprendimiento de si mismo. Escuchando, respetando, comprendiendo y empatizando con el que pide perdón.

Para terminar recurro a la expresión que se usaba antes para rezar esta petición en el Padrenuestro: “perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores“. Fíjate, hoy en día, que la difícil situación económica está tan presente en nuestras vidas y que en tantas ocasiones nos gustaría ayudar a los que no tienen. En este caso, cuando perdonamos, tenemos la oportunidad de salvar las deudas pendientes de nuestros deudores, sin poner dinero y  totalmente gratis. Entonces ¿porqué vamos a escatimar en perdón?

Pues todo esto es lo que Dios nos ofrece sin condiciones. El perdona nuestras ofensas.

La condición la ponemos nosotros: “…como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

¿Nos estamos perdiendo algo?

Señor, te pido saber perdonar a los que me ofenden en la misma medida que tú perdonas mis ofensas.

Lázaro Hades.

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