CON LA MEDIDA QUE TU MIDAS, SE TE VA A MEDIR A TI

“Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada” (Juan 8,51-59)

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Podemos estar llenando nuestra vida, no de los criterios y juicios de Dios, sino de los nuestros.

Cada vez que en la Cuaresma se nos presenta el grito de súplica, al mismo tiempo se nos está hablándo de la importancia que tiene la conversión interior. La Escritura nos habla de cómo nuestro corazón tiene que aprender a volverse a Dios, de cómo nuestro corazón tiene que irse convirtiendo, y de cómo no puede haber ninguna dimensión de nuestra vida que quede alejada del encuentro convertido con el Señor. Así es importante que convirtamos y cambiemos nuestras obras, es profundamente importante que también cambiemos nuestro interior.

Se nos habla de la capacidad de ser misericordiosos, de no juzgar, de no condenar y de perdonar. Esto que podría ser algo muy sencillo, requiere del alma una actitud de una muy profunda transformación. Una transformación que necesariamente tiene que empezar por la conversión de nuestra inteligencia.

Cuántas veces es el modo de interpretar nuestra vida a nuestra manera lo que nos hace apartarnos de Dios.

Cuántas veces optamos por nuestro comportamiento: lo que nosotros decimos o hacemos.

Cuántas veces elegimos simplemente nuestra voluntad: las cosas que nosotros queremos.

¡Cuántas veces nuestro alejamiento de Dios viene porque, en el fondo de nuestra alma, no existe un auténtico amor a la verdad!

Un amor a la verdad que sea capaz de pasar por encima de nosotros mismos, que sea capaz de cuestionar, de purificar y de transformar constantemente nuestros criterios, los juicios que tenemos hechos, los pensamientos que hemos forjado de las personas.

Cuántas veces, tristemente, es la falta de un auténtico amor a la verdad lo que nos hace caminar por caminos de egoísmo, por caminos que nos van escondiendo de Dios.

Y cuántas veces, la búsqueda de Dios para cada una de nuestras almas se realiza a través de iluminar nuestra inteligencia, nuestra capacidad de juzgar, para así poder cambiar la vida.

¡Qué difícil es cambiar una vida cuando los ojos están cerrados, cuando la luz de la inteligencia no quiere reconocer dónde está el bien y dónde está el mal, cuál es el camino que hay que seguir y cuál el que hay que evitar!

Uno de los trabajos que el alma tiene que atreverse a hacer es el de cuestionar si sus criterios y sus juicios sobre las personas, sobre las cosas y sobre las situaciones, son los criterios y los juicios que tengo que tener según lo que Dios me está pidiendo.

Pero esto es muy difícil, porque cada vez que lo hacemos, cada vez que tenemos que tocar la conversión y la purificación de nuestra inteligencia, nos damos cuenta de que estamos tocando el modo en el cual nosotros vemos la vida, incluso a veces, el modo en el cual nosotros hemos estructurado nuestra existencia.

Y Dios llega y te dice que aun eso tienes que cambiarlo. Que con la medida con la que tú midas, se te va a medir a ti; que el modo en el cual tú juzgas la vida y la estructuras, el modo en el cual tú entiendas tu existencia, en ese mismo modo vas a ser juzgado y entendido.

Qué importante es que aprendamos a purificar nuestra inteligencia, a dudar de los juicios que hacemos de las personas y de las cosas, o por lo menos, a que los confrontemos constantemente con Dios, para ver si estamos en un error o para ver qué es lo que el Señor quiere que saquemos de esa situación concreta en la cual Él nos está poniendo.

Pero cuántas veces lo que hacemos con Dios, no es ver qué es lo que Él nos quiere decir, sino simplemente lo que yo le quiero decir.

Podemos estar llenando nuestra vida, no de los criterios de Dios, no de los juicios de Dios, sino de nuestros criterios y de nuestros juicios. Además, tristemente, los pintamos como si viniesen de El, y entonces sí que estamos perdidos, porque tenemos dentro del alma una serie de criterios que juzgamos ser de Dios, pero que realmente son nuestros propios criterios.

Aquí sí que se nos podría aplicar la frase tan tremenda del Evangelio: “¡Ay de vosotros, guías ciegos, que no veis, y vais llevando a los demás por donde no deben!”.

También es muy seria la frase de Cristo: “Si lo que tiene que ser luz en ti, es oscuridad, ¿cuáles no serán tus tinieblas?”.

La conversión de nuestra inteligencia, la transformación de nuestros criterios y de nuestros juicios es un camino que nos tenemos que ir atreviéndonos a hacer.

Preguntémosle a Cristo: ¿Cómo puedo hacer para verte más? ¿Cómo puedo hacer para encontrarme más contigo?

La fe es el camino.

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Este texto que hoy comparto con vosotros lo he recibido por correo electrónico. Desconozco el autor.

Lázaro Hades

2 pensamientos en “CON LA MEDIDA QUE TU MIDAS, SE TE VA A MEDIR A TI”

  1. Esa transformacion se dá cuando abandonada a su voluntad vas DESPERTANDO….los sentidos pasan de ser una cosa a otra…..y aparecen el sentido comun y el sentido del humor…que hacen que los cinco propiamente dichos se armonicen y convivan en uno mismo…….El en Ti va moldeando a Su Antojo y asi pasa el tiempo al reves…en vez de envejecer se rejuvenece……es el Camino de la Fé el que ilumina todo esto…..asi es.
    Misericordia quiero que no sacrificios…..amar con todo lo que soy por la Gracia….todo es mio, yo soy de Cristo y Cristo de Dios……amar sin limites nuestros…..sino entrar en los limites que El disponga, con valentia.

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