EL DON DE LA PRUDENCIA

 

¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano,

y no reparas en la viga que hay en tu ojo?

(Mt 7, 1-5)

“El que está en buena paz de ninguno sospecha. 

El descontento y alterado con diversas sospechas se atormenta: ni él se sosiega, ni deja descansar a los otros.

Dice muchas veces lo que no debiera, y deja de hacer lo que más le convendría.

Piensa lo que otros deben hacer y deja él sus obligaciones.

Ten, pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo”.

Estas son palabras de Tomás de Kempis, autor de la Imitación de Cristo. Pese a estar escritas hace más de 500 años, parecen sacadas de una reflexión experimentada esta misma mañana.

Me gusta especialmente la expresión que usa Jesucristo en este Evangelio,  yo diría que hasta con cierta sorna: “saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano…” (Mt 7, 1-5)

No solo abunda en el mensaje de no juzgar al prójimo, sino que te insiste en que te cuides de quitarte esa viga que todos llevamos insertada en el ojo y entonces, si acaso, podremos ver para sacar la mota del hermano.

Hago mías unas palabras leídas esta mañana a propósito de situaciones desgraciadamente cotidianas en nuestras relaciones con los demás, de cómo yo mismo ando buscando motas en ojo ajeno, no solo si detenerme en mi viga, sino fantaseando y viendo motas donde resulta que todo era ojo.

Cuántas veces en mi vida me he arrepentido de hablar de más.

Cuántas veces mi indiscreción me llevó a ruborizarme: porque conté una cosa que un amigo me había confiado en secreto y yo, sin maldad, lo conté a un pequeño grupo de personas y al final la noticia prendió como la pólvora.

Me arrepiento de aquella otra vez que, estando especialmente emocionado, abrí mi corazón a personas que no eran de mi confianza, y luego me fue muy difícil echar marcha atrás en lo que dije.

O sencillamente de la ocasión que fui especialmente crítico con mi hermano, cuando lo evalué con dureza, hice juicios temerarios… y luego caí en la cuenta de mi propia injusticia porque se dañó nuestra amistad y mi cercanía a él.

Esta mañana, en la oración, he pedido a Dios EL DON DE LA PRUDENCIA.

Si Jesucristo me ha dicho que en la medida que juzgue me juzgarán, quiero pedirle que me de una medida ancha, amplia, llena de comprensión, que sea muy visible y que sea la que usen para medirme.

Le he pedido que me enseñe a callar. Ser consciente que de callar no me arrepentiré nunca, pero sí lo haré muchas veces de hablar.

Por último, tomo los consejos leídos en el libro “Con El” que me acompaña a diario. Me vuelvo a identificar con lo que el autor, Fulgencio Espa, refiere a propósito de la reacción que tenemos cuando nos enfadamos. Es en esos momentos cuando dejo salir por mi boca cosas, que estando muy al fondo de mi corazón, ni pienso ni quiero para mi vida.

En verano ves como en el campo habitan unas ramas y unas matas secas que apenas tienen utilidad más que para arder a la más mínima imprudencia con el fuego. En muchas ocasiones esas pequeñas matas secas son origen de un gran incendio.

Nosotros también tenemos semillas de ese tipo plantadas en el interior. Las sembró el enemigo, que se encarga que broten no solo en verano, sino en cualquier estación de nuestro interior a poco que nos descuidemos.

Por ejemplo, brotan cuando salen respuestas malhumoradas a nuestros seres más queridos que las lanzamos como una granada que acaba hiriendo casi siempre al más cercano: padres, esposa, novio, hijos…

Perdemos los nervios… y hablamos de más, faltando a la caridad y a la verdad, porque en ese momento no les estamos hablando teniendo en cuenta lo que les queremos porque el fuego sale por nuestra boca en forma de palabras atropelladas sin pizca de caridad ni de prudencia.

Además, casi siempre en esas situaciones, tiramos de repertorio y recuperamos reproches añejos, sobre todo en los matrimonios, cuando comienzas a listar una serie de situaciones pasadas que han ido surgiendo fruto de la convivencia de muchos años y que normalmente están sofocadas, pero al más mínimo incendio vuelven a prender y en ese momento hacen mucho más daño.

Con un poquito de humor aprovecho para pedir disculpas a las suegras, a las que todos los maridos aprovechamos para sacar a relucir en esas situaciones, porque qué esposo de bien en medio del fuego no ha comenzado un párrafo malhumorado con aquello de “… y no te digo nada de tu madre, que está metida en todo…”. Y en tiempo de calma, digo yo, que menos mal que están en todo, ¡benditas madres!.

Ojalá supiera callarme en esos momentos. Rezar un Padrenuestro puede ser una solución. Callar y acallar mi ira. Cuánto me gustaría que el Señor me ayude a contenerla.

Como siempre, quiero imitar a Cristo en estas situaciones.

En la Pasión, en lo que era un incendio de los de verdad y ante tanta injusticia, el Señor calla, “Iesus autem tacebat(Mt 26,63).

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Lázaro Hades.

5 pensamientos en “EL DON DE LA PRUDENCIA”

  1. Sabios consejos los de hoy Lazaro.Aplicarlos a nuestra vida diaria…es otro cantar.Como tu dices bien,¿cuantas veces hablamos de mas o pensando que”yo he pasdo por esto antes y se de que te hablo”y te das cuenta tarde de que no tienes ni idea…? Otro consejo de mis padres que no me han ido mal…cuando los he utilizado claro:”ver,oir,y callar…y VIVIR PEGADO”.Besos.

  2. Cuanta razón y cuanta sabiduria hay en tus palabras…y cuanto que aprender esta pecadora que te escribe.

    Gracias Läzaro y un cariñoso saludo.

  3. Por mi parte, y unos años después de que escribieras esto… seguro que aquel amigo tuyo ya te perdonó.

    Hasta setenta veces siete, si hiciera falta.

    Tantas veces nos equivocamos TODOS!, estamos hechos de barro, imperfectos. Lo importante es la intención, y seguro que la tuya no era mala. Creo que ya te conozco un poquito por todo lo que escribes.

    Ánimo Lázaro!

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