LA ORACIÓN DE CALIDAD

El otro día pude ver en televisión un reportaje que hablaba de unos guisantes que eran considerados un producto de auténtico lujo.

Se llaman “guisantes lágrima“. No, no vamos a abrir una sección gastronómica en el blog pero hoy nos van a servir para cocinar nuestra reflexión.

Estas bolitas verdes, cuyo valor en el origen puede estar en unos 300 euros el kilo, son consideradas un autentico manjar por los gastrónomos, no en vano, le llaman el caviar verde.

El caso es que el agricultor, para cosecharlos, seguía un escrupuloso proceso, mimando la planta como si de un hijo se tratase hasta recolectar las perlas comestibles.

Una vez separadas de la mata las vainas que contienen los guisantes, los extraían con un cuidado extremo tratando de ninguna se rompiese, pues eso sería algo así como romper un billete de 5 euros…

En definitiva, cuando los lágrima llegaban a la mesa, el comensal disfrutaba del manjar llegando a un éxtasis culinario, decían, difícil de igualar.

Todo esto esto me hizo pensar a propósito de mis ratos de oración.

Los guisantes lágrima eran retirados con un mimo extremo y eran muy poquitos en cada vaina. Resultaba algo extraordinario.

Los guisantes normales, los de 3 euros el kilo, se vienen a extraer más o menos como los otros, pero como vemos en la imagen que acompaña la entrada, parece algo más cotidiano.

Mis oraciones son en la mayoría de los casos como cada uno de los guisantes que se ven en ese recipiente. Son oraciones normales.

Van cayendo una a una, de forma semi automática amontonándose todas, unas veces por rutina, otras cargadas de intenciones y eso sí, siempre con mucha fe.

Puede considerarse hasta normal esta postura.

Pero, ¿por qué no probar los guisantes lágrima? ¿Por qué no llevarse al corazón una oración de lujo?

¡Cuánto se disfruta un rato de oración de calidad! Y qué poco cuesta cosecharlo.

Cuando por un momento decides entrar a una iglesia fuera del horario que marcan tu “reloj oracional”, te sientas antes ese Sagrario tenuemente iluminado, en esa soledad insondable que se proyecta al saber que ahí solo estás tú y el Señor, cuando comienzas a hablar sin guión o te paras a recitar un Padrenuestro meditando lo que dices en cada una de las peticiones…

¡¡Eso sí que es un placer!!.

Cuando simplemente te recreas en frases a la Virgen, palabras que tantas veces dices, que tanto dicen y que tan poco piensas en qué le dices: bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de vientre: ni más ni menos que Jesús, el hijo de Dios.

Que me dejen a mí de guisantes de los gordos, que como estos no hay ninguno…

Pero qué poco cuesta buscar este placer.

Quedarte unos minutos después de terminar la misa, esperar a que todos se hayan ido y sentirte de nuevo a solas, en ese silencio estruendoso, con el Cuerpo en tu cuerpo, aún palpitando dentro de ti y dejándolo hacer en tu interior y tú recibiéndolo… qué poco tenemos que poner nosotros.

Al beato Juan Pablo II también se ve que le gustaban estos manjares, y nos enseñó a disfrutarlos. Él nos decía:

La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por tanto, no podemos menos que abandonarnos a Él con plena y total confianza.

La oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humanidad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor.

La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y amor.

No confundamos oración con recitar un poema cual fórmula “consigue-todo”. Mi consejo es que si no lo sientes, no la recites. Siempre he pensado que se trata de hablar con Él, no de recitar. Encuentra la oración que contenga las palabras que se hagan tuyas a comentarlas con Dios.

Muchos textos de santos nos enseñan a abrir nuestra mente y el alma de tal manera que llega un momento en el que estás manteniendo una conversación con Dios en unos términos que cuando te das cuenta, sabes que no salen de ti y que eso realmente, es obra del Espíritu Santo.

Creo que si sigo hablando de lo que se siente al experimentar la oración de calidad puede llegar un momento en el que me adorne con demasiados adjetivos y me acabe elevando demasiado, tanto como para llegar a expresarme como esos gastrónomos que se embelesan con unas simples bolitas verdes de 300 euros el kilo. Mejor tiro un poco de prudencia y me guardo sensaciones.

Pero fíjate la diferencia. La calidad de la que yo hablo no depende de la climatología, ni del mercado, ni de la mano del hombre, ni de crisis, ni de nada…

En la calidad de la oración solo interviene Dios y la parte de fe que tú pones.

Busca esos momentos que solo quedan para tí y para Él.

Igual sale alguna lágrima, pero estas son de otro tipo…

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Lázaro Hades.

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