¡QUÉ FÁCIL ES APAGAR LA VOZ DE DIOS!

Porque vino Juan que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre que come y bebe y decís: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores”. (Lc 7, 31-35)

Había sido un oficial de las SS de altísimo rango durante la segunda guerra mundial. La fama de sus atrocidades lo precedía. Había causado estragos en las zonas ocupadas.

Cuando los alemanes hubieron de replegarse, él volvió a su tierra natal y trató de esconderse pasando por uno más. Fue imposible. Antes del final de la guerra, cuando Alemania caía, fue hecho preso.

A la espera de la decisión de los tribunales internacionales, pasó un tiempo nada fácil en la cárcel. Con todo, su nombre era demasiado conocido como para faltarle al respeto. Todos le temían. Pero no pasó mucho tiempo. Al cabo de unas pocas semanas la justicia había emitido su veredicto: CULPABLE.

Hans, que así se llamaba, fue trasladado a la celda de máxima seguridad. Sería ejecutado al día siguiente.

Pasó la noche solo: durmió bien. Decía no tener mala conciencia de los crímenes cometidos.

Atado de pies y manos fue sacado de la cárcel y conducido al lugar donde sufriría la pena capital.

El camino no era excesivamente corto: debía cubrir doscientos metros, pasando por un patio al aire libre.

Allí reparó que el cielo estaba más azul que nunca y el sol brillaba con un esplendor y una grandeza nunca vista. Comenzó a pensar.

Entonces vio con admiración una pequeña flor, llena de vida, que como un oasis en el desierto amanecía plantada en medio de su camino. Su reflexión se hizo más profunda y, pocos minutos antes de su muerte, pensó si acaso no existiría un Dios providente, que había hecho el cielo, el sol y la tierra.

Contempló la flor, como una diminuta expresión de la belleza de todo, y entendió que debía haber un creador que sustenta el universo; es más, escuchó una voz interior, dulce y suave, subjetiva y, a la vez, más real que el cielo, la tierra y la flor, que le decía:

Reconcíliate. Pide perdón. Vuelve. No estás tan lejos. Te espero: no te preocupes; hay sitio para ti en el paraíso.

La sonrisa se esbozó en los labios de Hans, al tiempo que, en un rápido movimiento, se echó al suelo. Los carceleros pensaba que escapaba… pero no: echado a tierra, atado de pies y manos como estaba, tomó la flor con los dientes, la mordió con violencia, la escupió al suelo y, poniéndose en pie, la pisó al tiempo que dijo sus últimas palabras:

Nunca me dejaré engañar por cuentos de viejas y recompensas celestiales…

Murió, altivo y desdeñoso, una mañana fría y desoladora.

¡Qué fácil es apagar la suave voz de Dios en nuestro corazón!

Porque vino Juan que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre que come y bebe y decís: «Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores».(Lc 7, 31-35).

Y yo ¿cuántas veces rechazo la suave voz de mi conciencia?,

¿Cuántas veces en mi vida he escupido la flor que Dios ponía en mi camino?

Los hombres de esta generación se parecen a unos niños que sentados en la plaza gritan unos a otros: he tocado la flauta… (Lc 7, 31-35).

Es como si el Señor dijera:

Os he prometido el cielo, os he hablado de la recompensa, os he dicho que veréis la gloria de Dios.

Os he mostrado, además, el modo de llegar a Él: basta que rindáis vuestros talentos con la ayuda de la gracia, solo es necesario que tratéis a los demás como queréis que os traten a vosotros.

Más aún, os he hecho ver que estoy en cada persona que sufre, que pasa hambre, que está desolada o desahuciada; estoy en los prójimos que componen tu día a día, lo más cotidiano de tu existencia, para que te sea más fácil tratarlos con amor, soportarlos, tener paciencia y quererlos de verdad.

Y no solo os he contado que existe el paraíso, sino que os he prometido el ciento por uno ya aquí en la tierra.

Si piensas que dejas algo por amarme a mí, no te equivocas. Ahora bien, no consideres que me vas a ganar en generosidad: soy Dios y colmaré de beneficios tu amor incondicional: recibirás cien veces más en padres, madres, hermanos, hijos, amigos.

Mi promesa –añadiría Jesús– es que yo mismo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Hijo, nunca vayas por tu cuenta; hija, nunca –¡nunca!– te sientas sola, porque estoy muy cerca de ti. Acuérdate de mi divina Compañía y verás cuanta dulzura en tu caminar diario.

¡Tanta generosidad! Y no hemos bailado… porque no hemos acogido la llamada de Cristo que, con corazón de hermano y de padre, suspira por nuestra amistad…

Porque ¿qué promesa mayor quieres que te haga, si con mi vida las he realizado todas y he derramado hasta la última gota de mi sangre por ti?

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Fuente: Con Él · Fulgencio Espa · Ediciones Palabra

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8 pensamientos en “¡QUÉ FÁCIL ES APAGAR LA VOZ DE DIOS!”

  1. Me has hecho recapacitar, la verdad es que no se donde te inspiras ni donde buscas los textos. Mis felicitaciones, sigue teniendo tiempo para estas cosas pues a más de uno lo pones a pensar.

  2. Seguimos imitando a Santo Tomás en su incredulidad. Necesitamos tocar sus manos y su pecho para creer ,y nos olvidamos de sus palabras :“Dichosos los que crean sin haber visto”
    Un fuerte abrazo

  3. La manifestaciòn de Dios es providencial y es muy cierto que nos cegamos y ensordecemos cuando El nos habla. Me alegra ver el aliento que das con las publicaciones por que somos muchos los que no oimos y no queremos ver.

  4. Uy Lazaro…es estupenda la entrada….y ver su Rostro a veces….aisssssss…pero en buscarlo me va la vida y cuando lo siento dentro es vivir la plenitud…realmente. Pero la Fé siempre hay que estar cuidandola y deseandola!!

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