¿QUÉ OCURRE EN UNA MISA? (II)

Puedes recordar la primera parte de lo que ocurre en una misa, pulsando aquí.

Seguías totalmente sorprendido de cómo estaba resultado esa celebración…

Tras el Gloria, acababas de interiorizar esta oración:

“Señor, líbrame de todo espíritu malo, mi corazón te pertenece, Señor mió envíame tu paz para conseguir el mejor provecho de esta Eucaristía y que mi vida dé sus mejores frutos. ¡Espíritu Santo de Dios, transfórmame, actúa en mi, guíame Oh Dios, dame los dones que necesito para servirte mejor…!”

LA LITURGIA DE LA PALABRA

Llegó el momento de la Liturgia de la Palabra y la Virgen te hizo repetir: “Señor, hoy quiero escuchar Tu Palabra y producir fruto abundante, que Tu Santo Espíritu limpie el terreno de mi corazón, para que Tu Palabra crezca y se desarrolle. Purifica mi corazón para que esté bien dispuesto”.

Nuevamente, nuestra Madre te dio instrucciones:

“Quiero que estés atenta a las lecturas y a toda la homilía del sacerdote.

Recuerda que la Biblia dice que la Palabra de Dios no vuelve sin haber dado fruto.

Si tú estás atento, va a quedar algo en ti de todo lo que escuches. Debes tratar de recordar todo el día esas Palabras que dejaron huella en ti.

Serán dos frases unas veces, luego será la lectura del Evangelio entera, tal vez solo una palabra, paladear el resto del día y eso hará carne en ti porque esa es la forma de transformar la vida, haciendo que la Palabra de Dios lo transforme a uno”. 

Y ahora, dile al Señor que estás aquí para escuchar lo que quieres que El diga hoy a tu corazón”.

Fue entonces cuando una vez más agradeciste a Dios darte la oportunidad de escuchar Su Palabra y le pediste perdón por haber tenido el corazón tan duro durante tantos años y haber enseñado a tus hijos que debían ir a Misa los domingos, porque así lo mandaba la Iglesia, no por amor, por necesidad de llenarse de Dios…

Tú que habías asistido a tantas Eucaristías por compromiso…y con ello creías estar salvado. ¿De vivirla?, ni soñar. ¿De poner atención en las lecturas y la homilía del sacerdote?, menos.

¡Cuánto dolor sentías por tantos años de pérdida inútil, por tu ignorancia!…

¡Cuánta superficialidad en las Misas a las que se asiste porque es una boda, una Misa de difunto o porque tenemos que hacernos ver con la sociedad!

¡Cuánta ignorancia sobre nuestra Iglesia y sobre los Sacramentos!

¡Cuánto desperdicio en querer instruirse y culturizarse en las cosas del mundo, que en un momento pueden desaparecer sin quedarte nada, y que al final de la vida no te sirven ni para alargar un minuto a tu existencia!

Y sin embargo, de aquello que va a ganarnos un poco del cielo en la tierra y luego la vida eterna, no se sabe apenas nada,

Un momento después llegó el Ofertorio y la Santísima Virgen te dijo

Reza así:

Señor, te ofrezco todo lo que soy, lo que tengo, lo que puedo, todo lo pongo en Tus manos.

Edifica Tú, Señor con lo poco que soy.

Por los méritos de Tu Hijo, transfórmame, Dios Altísimo.

Te pido por mi familia, por los que me aman, por todas las personas que me hacen sufrir, por aquellos que se encomiendan a mis pobres oraciones…  

Enséñame a poner mi corazón en el suelo para que su caminar sea menos duro. 

Así oraban los santos, así quiero que lo hagas”.

El Ofertorio es importante, no solo porque expresa uno de los objetivos fundamentales de la Misa, sino por ser una de las partes que nos conecta con las celebraciones de las primeras comunidades cristianas, de los primeros siglos.

Testimonios de esa época relatan que los bautizados “llevaban ofrendas de pan y vino destinadas al sacrificio, y a socorrer a los necesitados y realizar la comunión de bienes”.

Cuando la Iglesia, pueblo de Dios, era clandestina, no tenía templos y celebraba en las casas, o en los cementerios de los romanos, llamados catacumbas, ya existía el momento, el gesto, de lo que hoy llamamos Ofertorio.

Cada comunidad cristiana se hacía cargo de los hermanos necesitados, en especial de los huérfanos, las viudas, los ancianos. Esto suponía que cuando se reunían a “partir el pan” cada uno llevaba alimentos, para esas personas, en la medida de sus posibilidades.

Pero lo importante es considerar que Cristo, en su sacrificio, se ofreció Él mismo, dio su vida.

Nosotros sus seguidores no solo debemos ofrecer cosas, debemos considerar ofrecer nuestras vidas, de entrega a Dios y a los demás, cada uno desde su lugar, desde la situación en que se encuentre.

Por eso el momento del Ofertorio, supone un momento de participación activa.

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Continua…

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