¿QUÉ OCURRE EN UNA MISA? (V)

Como es costumbre los últimos viernes revivimos la experiencia vivida por Catalina Rivas en la que en un encuentro místico con María nos relataba que acontecía más allá de lo que ven nuestros ojos en la celebración de la Misa.

Su vivencia la hemos trasladado a ti en las cuatro primeras partes. Puedes repasarlas en los siguientes enlaces:

Capítulo I 

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

En nuestra última entrada lo dejábamos en el momento de la Consagración.

Justo en ese momento en el que el sacerdote elevaba entre sus manos la Hostia a punto de ser consagrada y con la presencia de Jesús haciéndose cada vez más enorme ante ti.

Por instinto querías bajar la cabeza y la Virgen volvió a dirigirse a ti:

“ No agaches la mirada, levanta la vista, contémplalo, cruza tu mirada con la Suya y repite la oración de Fátima:

Señor, yo creo, adoro, espero y Te amo, Te pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman. Perdón y Misericordia…

Ahora dile cuánto lo amas, rinde tu homenaje al Rey de Reyes”

Parecía que sólo a ti te miraba desde la enorme Hostia, pero de diste cuenta que así contemplaba a cada persona, lleno de amor…

Luego bajaste la cabeza hasta tener la frente mirando al suelo, como hacían todos los Ángeles y bienaventurados del Cielo.

Esta vez eras consciente de lo que estabas viviendo. Tenías las lágrimas a punto de salir de tus ojos ante tanta emoción.

No podías salir de tu asombro.

Inmediatamente el sacerdote dijo las palabras consagratorias del vino y junto a sus palabras.

Por momentos te parecía que no había techo que cubriera el templo, todo parecía oscuro y solamente existía la luz brillante en el Altar.

De pronto suspendido en el aire, pudiste ver a Jesús, crucificado, de la cabeza a la parte baja del pecho.

Dijo la Virgen en ese momento:

“- Este es el milagro de los milagros, te lo he repetido, para el Señor no existe ni tiempo ni distancia y en el momento de la consagración, toda la asamblea es trasladada al pie del Calvario en el instante de la crucifixión de Jesús.

¿Puede alguien imaginarse eso?

Nuestros ojos no lo pueden ver, pero todos estamos allí, en el momento en que a Él lo están crucificando y está pidiendo perdón al Padre, no solamente por quienes lo matan, sino por cada uno de nuestros pecados: “¡Padre,  perdónalos porque no saben lo que hacen!”.

Aquel día fuiste verdaderamente consciente de la presencia de Cristo en la Eucaristía y desde entonces tienes la misión de invitar a todos tus hermanos en la fe a que traten de vivir con el corazón y toda la sensibilidad de la que sean capaces aquel privilegio que el Señor nos concede.

Cuando ibas a rezar el Padrenuestro, habló el Señor por primera vez durante la celebración y dijo:

“Espera, quiero que ores con la mayor profundidad que seas capaz y que en este momento, traigas a tu memoria a la persona o a las personas que más daño te hayan ocasionado durante tu vida, para que las abraces junto a tu pecho y les digas de todo corazón:

“En el Nombre de Jesús yo te perdono y te deseo la paz.

En el Nombre de Jesús te pido perdón y deseo mi paz.

Si esa persona merece la paz, la va a recibir y le hará mucho bien; si esa persona no es capaz de abrirse a la paz, esa paz volverá a tu corazón.

Pero no quiero que recibas y des la paz a otras personas cuando no eres capaz de perdonar y sentir esa paz primero en tu corazón.” 

“Cuidado con lo que haces” – continuó el Señor – “Repites en el Padrenuestro: perdónanos así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. 

Si eres capaz de perdonar y no olvidar, como dicen algunos, estás condicionando el perdón de Dios.

Estás diciendo perdóname únicamente como yo soy capaz de perdonar, no más allá.”

No sabías explicar el dolor que sentías al comprender cuánto podemos herir al Señor y cuánto podemos lastimarnos nosotros mismos con tantos rencores, sentimientos malos y cosas feas que nacen de los complejos y de las susceptibilidades.

En aquella ocasión perdonaste, perdonaste de corazón y pediste perdón a todos los que te habían lastimado alguna vez, para sentir la paz del Señor.

Continua…

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Lázaro Hades

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