¿QUÉ OCURRE EN UNA MISA? (VI)

Seguimos con esta seríe de experiencias vividas por Catalina Rivas y que estamos trasladando a tu persona.

Pulsando estos enlaces puedes ver los anteriores capítulos de esta serie:

Capítulo I 

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

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Estamos avanzando en la Eucaristía y justo nos detenemos en el momento de darnos la Paz.

De pronto viste que entre algunas personas que se abrazaban (no todos), se colocaba en medio una luz muy intensa, supe que era Jesús y prácticamente te abalanzaste a abrazar a la persona que estaba a mi lado.

Pudiste sentir verdaderamente el  brazo del Señor en esa luz, era Él que te abrazaba para darte Su paz, porque en ese momento habías sido tú capaz de perdonar y de sacar de tu corazón todo dolor contra otras personas.

Eso es lo que Jesús quiere, compartir ese momento de alegría abrazándonos para desearnos Su Paz.

Llegó el momento de la comunión de los celebrantes, ahí volviste a notar la presencia de todos los sacerdotes.

Cuando ellos comulgaban, dijo la Virgen:

“Este es el momento de pedir por el celebrante y los sacerdotes que lo acompañan, repite junto a Mí: Señor, bendícelos, santifícalos, ayúdalos, purifícalos, ámalos, cuídalos,  sostenlos con Tu Amor…

Recuerden a todos los sacerdotes del mundo, oren por todas las almas consagradas…”

Este es el momento en que debemos pedir porque ellos son Iglesia, como también lo somos nosotros los laicos.  

Muchas veces los laicos exigimos mucho de los sacerdotes, pero somos incapaces de rezar por ellos, de entender que son  personas humanas, de comprender y valorar la soledad que muchas veces puede rodear a un sacerdote.

Debemos  comprender que los sacerdotes son personas como nosotros y que necesitan comprensión, cuidado, que necesitan afecto,  atención de parte de nosotros, porque están dando su vida por cada uno de nosotros, como Jesús, consagrándose a él.

El  Señor quiere que la gente del rebaño que le ha encomendado Dios ore y ayude en la santificación de su Pastor.

Algún día,  cuando estemos al otro lado, comprenderemos la maravilla que el Señor ha hecho al darnos sacerdotes que nos ayuden a  salvar nuestra alma.

Empezó la gente a salir de sus bancos para ir a comulgar.

Había llegado el gran momento del encuentro, de la “Comunión”, el Señor te dijo:

Espera un momento, quiero que observes algo...”

Por un impulso interior levantaste la vista hacia la persona que iba a recibir la comunión en la lengua de manos del sacerdote. Habías visto a esa persona que el día anterior en tu grupo de oración y fue una de las que no había alcanzado a confesarse, pero lo hizo esa mañana, antes de la Santa Misa.

Cuando el sacerdote colocaba la Sagrada Forma sobre su lengua, te pareció ver como un flash de luz, una luz muy dorada-blanca atravesó a esta persona por la espalda primero y luego fue bordeando todo su cuerpo.

Dijo el Señor:

“¡Así es como Yo Me complazco en abrazar a un alma que viene con el corazón limpio a recibirme!”

El matiz de la voz de Jesús era de una persona contenta.

Estabas atónito mirando a esa amiga volver hacia su asiento rodeada de luz, abrazada  por el Señor, y pensaste en la maravilla que nos perdemos tantas veces por ir con nuestras pequeñas o grandes faltas a recibir a  Jesús, cuando tiene que ser una fiesta.

Muchas veces decimos que no hay sacerdotes para confesarse a cada momento y el problema no está en confesarse a cada momento, el problema radica en nuestra facilidad para volver a caer en el mal.

Por otro lado, así como nos esforzamos por ir a buscar un salón de belleza o los señores un peluquero cuando tenemos una fiesta,  tenemos que esforzarnos también en ir a buscar un sacerdote cuando necesitamos que saque todas esas cosas sucias de nosotros, pero no tener la despreocupación de recibir a Jesús en cualquier momento con el corazón lleno de cosas feas…

Continuará…

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Lázaro Hades.

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Basado en la experiencia mística vivida por Catalina Rivas

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