EL GRAN BANQUETE DE TODOS LOS DÍAS

…Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse.

Lc 14 (15-24)

Día de pertinaz lluvia. Parece que hoy cuesta amanecer un poco más de lo habitual.

Son pocos los se atreven a desafiar al día en estas condiciones.

Sin embargo una mujer de avanzada edad y difícil caminar transita por la estrecha calle que conduce a la Iglesia sorteando los ríos de agua. 

Demasiado mayor para ponerse una de esas botas de agua que tan de moda están entre las mujeres. Sus zapatillas se están empapando esta mañana.

Una reja la separa de la enorme puerta que preside el templo. Ella es la encargada de abrirlo.

Parece pronto, pues la Misa no se celebrará hasta las ocho y aún no ha pasado un cuarto de las siete.

Adivino que esta señora lleva muchos años haciendo esto pues sus gestos están llenos de rutina… el paraguas allí con verticalidad estudiada, la silla que despliega nada más entrar y la pequeña bombilla que enciende para acompañar las velas que custodian al Señor dentro del Sagrario como una excusa durante la noche para que la oscuridad no sea completa. Nunca lo es cuando Dios está presente.

En la sacristía debe tener una pequeña máquina de hacer café pues el olor enseguida se percibe desde los últimos bancos.

Muy cerca del altar, a la izquierda del mismo hay una reja. Con otra luz encendida que parece iluminar una estancia que está al margen del mundo por esa suerte de hierros entrelazados la hacen invulnerable.

Solo Dios las hace semejantes al los del otro lado de la verja.

Son las monjas de clausura de este convento. No suman más de media docena.

Deben llevar un buen rato rezando.

Al pasar ante ellas la señora que abrió el templo hizo un gesto con la cabeza que sin mediar palabra les daba los buenos días y les preguntaba cómo estaban esta mañana.

Se oyen murmuran en sus rezos a las hermanas. A algunas les delata el acento africano con el que inician el Ave María. No es fácil encontrar un equipo completo de consagradas nacionales.

Las 7 y cuarenta minutos…

Al fondo de la plaza se ve venir a un señor, de unos sesenta años cuyo paraguas apenas dejar entrever que es una persona conocida pero que estoy poco acostumbrado a verlo así vestido.

Tiene que se el cura. Seguro…

Así es, entra en el templo y a su paso, casi marcial, una mañana más comienzan a funcionar los miles de vatios que contienen las preciosas lámparas que se descuelgan de esa barroca iglesia.

Todo comienza entonces a preparase para celebrar la Eucaristía.

Las monjas se acoplan a sus asientos habituales. Una de ellas prepara el misal para hacer la primera lectura.

La señora mayor hace unos minutos que encendió las dos velas que presiden el altar… hasta Cristo parece recién afeitado para estar impecable una vez más, ante el encuentro de sus fieles.

El sacerdote, se está colocando una hermosa casulla verde de día de tiempo ordinario, en la que solo sus bordes dorados le hacen destacar del alba blanca que oculta las ropas que antes solo el paraguas se atrevía a disimular.

Todo está preparado para celebrar la Santa Misa.

Son las 7 y 55 de la mañana.

….

Y en esas que llego yo para asistir a mi encuentro diario con el Señor.

¡Qué suerte tengo.! Puedo elegir entre tres iglesias en 500 metros a la redonda para celebrar la Misa de las 8 de la mañana.

En la entrada de la iglesia, cedo el paso a una señora de mediana edad, demasiado joven, diría yo, para la media que habitualmente frecuenta estos lugares a estas intempestivas horas.

“Buenos días, señora, vamos, que somos los últimos…”

Entramos al majestuoso templo y…

¡¡¡ESTÁ VACÍO!!!

Nos sentamos bastante separados, dejando al menos diez bancos entre el sacerdote y yo, como si estuviese esperando a mas gente.

Sale el sacerdote dispuesto a hacernos partícipes del Cuerpo de Cristo y en una iglesia en la que deben caber sentados unas 200 personas, estamos ¡solo dos!!

Todo lo que ha preparado el Señor esta mañana en esta Iglesia, para que nos encontremos solo dos fieles junto a las 6 monjas que hay detrás de la reja…

Es la primera vez que lo oigo en singular: “Hermano, hermana, el Señor esté con vosotros…”. El saludo del sacerdote estaba dirigido exclusivamente a mi y la otra señora.

La celebración ha sido realmente un verdadero lujo para mi. Pero me ha hecho reflexionar…

La sutileza de Dios nunca me va a dejar de sorprender.

Lo que ha organizado para que entienda el Evangelio de hoy…

…Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. Lc 14 (15-24)

Este gran banquete que prepara a diario para nosotros y cuántas excusas ponemos para no asistir.

Lo que hoy cuento es una historia real. Desgraciadamente real. Me ha ocurrido esta misma mañana.

¿Pero cuántas mañanas ocurre?

No paro de pensar en cuanto mimo y cuanto cariño pone Dios para preparar ese banquete.

Cuánta pena me da ver una Iglesia vacía. Y cuántos se quedarán sin comer porque no hay una celebración cercana.

Hoy no tengo conclusiones. Me gusta terminar las entradas cerrándolas con alguna afirmación a propósito de lo comentado.

Pero hoy me he quedado sin palabras.

Cuántos banquetes se están quedando desiertos…

.

Lázaro Hades.

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Los hombres somos incapaces de darnos cuenta de lo que Dios tiene preparado para nosotros.

Sencillamente no lo vemos, y por eso nos perdemos por el camino con tentaciones pequeñas o nos ofuscamos con objetivos minúsculos.

Nada merece la pena más que Dios.

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2 pensamientos en “EL GRAN BANQUETE DE TODOS LOS DÍAS”

  1. Son pocos los que tienen el privilegio de tener una iglesia abierta donde disfrutar de ese banquete tan especial, y asi lo desprecian.
    Esto que acabo de leer me da mucha tristeza, no sabes cuanto sufro cuando veo que esto sucede en la parroquia donde vivo, pues solo tenemos misa dominical y que cuando se celebra entre semana, son contados los que asisten.

    Que nuestro Señor te siga bendiciendo.

    Un abrazo.

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