LA PROVIDENCIA DIVINA. Capítulo I

 

En los últimos dos meses, los viernes hemos compartido la experiencia mística de Catalina Rivas en la Santa Misa.

Mientras preparaba esas entradas encontré otro libro de Catalina donde nos narra una sobrecogedora historia. Es un poco extensa para publicarla por entregas, pero como los editores permiten la reproducción del mismo voy a seguir dedicando este espacio a lo que nos cuenta esta mujer boliviana sobre su experiencia porque creo que nos va ayudar mucho para conocer    LA PROVIDENCIA DIVINA.

En cada entrega os acompañaré el final del capítulo con una jaculatoria o una oración a la Providencia divina.

Primera Parte

La muerte, dolor y esperanza

“Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’

Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios…” (Lc 12, 20-21)

Capítulo I

El amor toca a mi puerta

A fines del mes de mayo viajé a la ciudad de Orange County, (California) en los Estados Unidos, para cumplir un compromiso en compañía de mi director espiritual y una pareja de amigos muy queridos.

En ese período, tenía a mi madre muy enferma, y el Señor me pidió que me ocupara de preparar el luto para la familia. Llamé por teléfono a casa para saber el estado de salud de mi madre y me dijeron que era estable, informándome además que mi hermano Carlos llegaría para acompañarnos en estos días tan delicados para nosotros.

Aunque sabía que no era lo más importante, el hecho de tener que buscar ropa negra de luto para mi familia fue una experiencia muy especial, pues tenía que ver con la muerte de alguien a quien yo amaba, en este caso, pensé en mi madre.

La forma de orientarme del Señor, me hacía entender que fuera preparando mi espíritu, mi estado de ánimo y el de mi familia.

Días antes, el Señor nos había pedido, a mi director espiritual y a mí, que hiciéramos a lo largo de un mes una hora diaria de adoración nocturna, en reparación por nuestros pecados, por los pecados de nuestros familiares y los del mundo entero.

El día 6 de junio, dos días antes de Pentecostés, el Señor me dictó, como habitualmente hace, algunas citas bíblicas para que las meditásemos. Luego añadió:

– Pide colaboración especial en los quehaceres de la casa para el día sábado; te necesito casi recluida en comunión Conmigo.

Entendí que el Señor quería que no me distrajera con otros asuntos, pues debería estar disponible para Él, para orar y para esperar que me hablase.

Me dijeron que mi hermano Carlos tal vez no llegaría todavía porque había tenido un problema renal.

El sábado 7 de junio por la mañana, víspera de Pentecostés, dijo el Señor luego de las oraciones de laudes

– Quiero su disponibilidad, no piensen en otros asuntos, cuento con ustedes, deja que los demás hagan lo que tengan planificado. Es necesario que sepas actuar con calma y firmeza. Lo importante es el amor que se pone en todo lo que se hace…

Mientras hacíamos nuestras oraciones matutinas, mi director espiritual y yo recibimos la visita de una persona, que se unió a nosotros en oración.

Más tarde llegó mi hijo con la tremenda e inesperada noticia de que mi hermano Carlos había fallecido en mi país.

Corrí ante el Santísimo y me puse a llorar preguntándole al Señor por qué se lo había llevado en un momento en el que él no estaba preparado, pues era eso lo que yo pensaba.

Yo estaba preocupada porque mi hermano, divorciado, había contraído matrimonio en segundas nupcias y no podía comulgar. Esa situación lo hacía sufrir mucho, dado que había iniciado su aproximación a nuestro apostolado y a una vida de intensa oración.

No podíamos compartir esta noticia con mi madre, pues, ella transcurría el período terminal de su enfermedad. Decidimos que yo viajaba al día siguiente a Bolivia junto a mi hijo.

Volví a mi habitación a orar por su alma, pedí misericordia para que él no se perdiera, que mis oraciones llegaran a tiempo para interceder por su salvación.

El consuelo del Señor

Inexplicablemente, comencé a sentir una profunda paz y un gozo interior tan inmenso que hasta tenía ganas de cantar y reír. Me asusté de mi reacción y pedí que el Señor me orientara sobre lo que sucedía conmigo.

Entonces Él me dijo:

– ¡Mírame!

Contemplé el crucifijo al lado de mi cama; éste comenzó a iluminarse y el Señor continuó:

– Nuevamente te digo: ¿No me ves con los brazos abiertos en cruz frente a ti?… Tu padre y tu hermano ya están junto a Mí… Conmigo, porque mi Misericordia los cubrió. Ese es tu gozo, él ya está salvo.

Más tarde, durante la cena, comentábamos la muerte de mi hermano y el Señor nos dictó una cita bíblica: Hechos 7, 55-56 , que dice así: “pero él, lleno del Espíritu Santo, fijó sus ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a su derecha y declaró: “veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la derecha de Dios”.

Leyendo esta cita me quedé más reconfortada todavía.

Mi director espiritual celebró la Misa por él esa noche. Yo le había pedido al Señor saber cómo estaba el alma de mi hermano, que me permitiera sentir algo, y Él, en su infinita Misericordia, me permitió internamente escuchar la voz de mi hermano que me decía que estaba muy feliz.

Tenía una alegría y un entusiasmo inusitados.

Al día siguiente, el domingo 8, preparándome para viajar a su sepelio, alistaba mi equipaje y empezó a dolerme el brazo izquierdo y el pecho.

Hablé con mi familia en Bolivia, y ellos me aconsejaron que no fuera, pues en ese estado mi salud podría empeorar. A pesar de esto, yo tenía el profundo deseo de estar a su lado, ya que él había sido como mi hijo, era seis años menor que yo y me llamaba “mamita”.

Como usualmente hago, decidí ponerlo todo en manos del Señor, pidiendo que Él me guiara.

Ingresé a la habitación de mi madre para que me bendijera antes de viajar, diciendo que tenía que ausentarme al exterior, pero ella se puso a llorar como nunca y me pidió que no viajara; que ella me quería mucho y me necesitaba.

Entendí entonces que era Voluntad del Señor que yo no viajara. Mi hijo iría en mi nombre, mi hija ya estaba ocupándose de la situación y mi esposo preparaba el lugar para el velatorio.

La decisión me fue muy penosa, pero tuve que optar por permanecer al lado de mi mamá, para pasar junto a ella los que serían sus últimos días.

Continuará…

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“Confiad a lo más secreto de la Providencia divina las molestias que encontréis y creed firmemente que Dios os conducirá con dulzura, por lo que hace a vuestra vida y a vuestros asuntos.”.                          San Francisco de Sales

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