HOY NO LLEGARÁS TARDE A LA CENA…

CORRE1

Querido hermano:

Este año no tienes que correr.

Ya nos tenías acostumbrados, pero en esta ocasión no llegarás tarde a la cena de Nochebuena.

Este año te has propuesto organizarlo todo con nosotros  y estamos notando más que nunca tu presencia.

Como siempre, estoy esperando que nos traigas un poco de alegría con alguna de tus ocurrencias. En más de una ocasión, aunque nadie hablara de ti, cuando nos reímos, siempre hay alguno que te nombra o piensa en ti en su interior.

Aunque me estoy acostumbrado a convivir en esta nueva situación que Dios ha dispuesto para nosotros y estoy convencido que a ti te ha tocado el mejor piso, no puedo negar que te he echado a faltar en más de una. 

Cuando estabas aquí no eras de los que hablaran mucho de Dios, pero ahora te habrás dado cuenta de que todo lo que decían de El era cierto. 

Tu me decías a mi que “para qué tanto ir a Misa, que para qué lo buscaba, que para qué servía eso...” y ahora no paras de mostrarme cómo te lo montas a su lado. Vaya con mi hermano, ¡quién me lo iba a decir!.

En el momento de la Consagración, esos segundos en los que un trozo de pan redondo deja de ser sustancia para convertirse en el mismo Dios en las manos de un sacerdote, es cuando siempre desde hace tiempo me imagino a Jesús viniéndome a dar un fuerte abrazo como el que se dan dos amigos que se alegran mucho al verse.

Él viene con su túnica blanca y su pelo largo, su barba… igual que lo vemos en las fotos.

Pero detrás estás tú. Sí. ¡Ahí te veo a ti!. Por eso no me canso de repetir que ahora nos vemos más que antes. Ahí te veo, orgulloso de tu nuevo Amigo, con el que te acercas a saludarme.

Y no te queda mal la túnica blanca a ti, eh?. Cuando te veo junto Jesús te veo feliz. Debe ser grande eso de estar en la casa de Dios.

Claro, supongo que tú también estarás echando de menos a los que nos quedamos a este lado del cielo, pero se te ve feliz.

¿Has visto como estando al lado de Dios se estaba bien?

Eso es lo que yo te quería contar cuando nos tomábamos aquellas cervezas juntos y a ti no te entraba en la cabeza.

Estarás al tanto, supongo, pero por aquí abajo están todos más o menos bien. Bueno, ya sabes, a algunos los dejaste un poco más tocados que a otros… esa manía que tenías de irte sin despedirte…

A mi tampoco me gustan mucho las despedidas, ya lo sabes, pero claro, marcharte así de pronto, de la forma que a ti te llamó el Señor, es algo difícil de asimilar para los que se quedan.

No te preocupes que a los que aún lloran tu marcha sin consuelo, en el momento que se asomen a la ventana que Dios les tiene abierta a cada uno, podrán verte, y verte feliz, y aunque nos añoremos mutuamente, se creará en ellos ese sentimiento que aún no conocen y que Dios se inventa para confortar a los que perdieron al que quieren.

Algunos se han disgustado con Dios porque te llevó junto a Él. El Señor los comprende y es paciente con ellos. Sabe que es lógico que los humanos nos comportemos así. Él se encargará de recolocar las piezas de nuevo para que a todos les encaje manejarse de nuevo en su amor.

Permíteme, hermano, que de tu parte le de un tirón de orejas a los que aún lloran y te siguen queriendo. Sé que lo que tu quieres es que no lloren más por ti porque es eso lo único que no puedes remediar desde ahí. Trataré de explicarles que tu deseo es que disfruten cada día de cuantos nos encontramos aquí y a los que tú tanto amas.

Les diré que, como bien sabes, no te olvidamos nunca, pero que tu deseo es que repartamos cariño entre nosotros, el que tú desde ahí nos estás ofreciendo.

Trataré de explicarles también que siempre hemos de estar preparados por si Dios nos llama de manera súbita y tenemos que salir corriendo en su búsqueda, y que por eso esta Navidad, la primera sin ti en la mesa pero más que nunca en el corazón, sea la que nos una de manera especial porque así tú y el Señor así lo queréis.

Cuando estabas aquí siempre me contabas cómo te gustaría hacer las cosas, por eso escribo estas palabras, porque no solo a tu familia le estás ayudando desde ahí, sino a cuantos leen estas letras y estos días se acuerdan del que no está sentado a la mesa. Y se que hoy me pides que transmita a los que aquí están que no lloren si te aman.

Cuenta conmigo hermano.

Contigo se marcharon también otros seres queridos a lo largo de este año que termina. También los incluyo en mi retahíla de recuerdos cuando el sacerdote dice aquello de “acuérdate Señor de cuantos dejaron este mundo para disfrutar de tu presencia…”. Seguro que su compañía y el abrazo de Dios a todos vosotros alivia la pena de solo poder tocar ahora el corazón de los que aquí se quedaron.

Lo dicho hermano, nos vemos en la próxima Consagración.

Cuenta con mi trabajo para que los aquí se quedan sientan cada día más tu presencia.

Un fuerte abrazo para ti y otro para el Señor.

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Lázaro Hades

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