EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD

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Esta mañana quiero compartir con vosotros un texto de San Agustín.

Son unos pensamientos que deberíamos releer de vez en cuando para conocer realmente cómo llegar a Dios.

Con frecuencia nos preguntamos cómo podemos satisfacer al Señor. En numerosas ocasiones veo como llegamos casi a la superstición cuando dicen que hay que encender un número determinado de velas o rezar una cantidad exacta de oraciones para que se cumpla nuestro deseo. O cómo nos proponemos realizar complicadas promesas para agradecer a Dios el favor que nos hizo.

Personalmente pienso que nos complicamos la vida demasiado con este tipo de cosas. Desde el principio básico de amor de Padre que nos brinda Dios no creo que quiera someternos a un excesivo sufrimiento o dolor para pedirle o agradecerle. Dios quiere hijos, no esclavos.

Creo, e insisto en que son apreciaciones personales, que vale más un continuo goteo de gestos de los que continuamente Él nos pide para que los hagamos formar parte de nuestra rutina que extraordinarios golpes en el pecho a modo de mártir temporal con los que creamos ganarnos algún deseado favor.

En este caso, a leer el tratado de San Agustín, algo tan simple y tan oído, y no por ello más practicado, como el amor desinteresado al prójimo, me ha hecho detenerme a pensar si eso entra dentro de mis rutinas de comportamiento.

Amar al prójimo.

Cuán contundentes son las palabras de San Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Y no menos definitiva es la frase con que San Agustín termina el tratado: Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.

Sin duda, un texto para reflexionar. Os lo copio al completo:

El doble precepto de la caridad

(De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan)

Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella, compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad.

Recordad conmigo, hermanos aquellos dos preceptos. Pues, en efecto, tienen que sernos en extremo familiares, y no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo.

He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin.

El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor del prójimo es el primero en el rango de la acción. Pues el que te impuso este amor en dos preceptos no había de proponerte primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo después.

Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Que no es más que una manera de decirte. Ama a Dios. Y si me dices: «Señálame a quién he de amar», ¿qué otra cosa he de responderte sino lo que dice el mismo Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás”. 

Y para que no se te ocurra creerte totalmente ajeno a la visión de Dios, Dios -dice- es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios. Ama por tanto al prójimo, y trata de averiguar dentro de ti el origen de ese amor; en él verás, tal y como ahora te es posible, al mismo Dios.

Comienza, pues, por amar al prójimo. Parte tu pan con el hambriento, y hospeda a los pobres sin techo; viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne.

¿Qué será lo que consigas si haces esto? Entonces romperá tu luz como la aurora. Tu luz, que es tu Dios, tu aurora, que vendrá hacia ti tras la noche de este mundo; pues Dios ni surge ni se pone, sino que siempre permanece.

Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios, el mismo a quien tenemos, que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser?

Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero que tenemos con nosotros al prójimo.

Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.

Tratado 17, 7-9: CCL 36, 174-175

 

3 pensamientos en “EL DOBLE PRECEPTO DE LA CARIDAD”

  1. Realmente un bellísimo texto para reflexionar. Ha bastado leer al principio de tu post, que traías a San Agustín, para no resistirme a entrar en él. Gracias por tu invitación. Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de hacer un apunte, a una frase que has puesto: “Dios quiere hijos, no esclavos.” . Solo quien se siente hijo, puede confiar en alcanzar todo del Padre, aunque crea que no lo merece, aunque piense que no puede. El Padre siempre cede, siempre da , porque ama sin medida. Solo el diablo, busca esclavos, no me gusta cuando alguien dice : “es hijo del diablo“, pues no; no es hijo del diablo, es “esclavo de él” .El diablo solo tiene como hijos al engaño y a la mentira.
    Que tengas un santo día

  2. QUIEN NO AMA A SU HERMANO, A QUIEN VE, ¿COMO PODRA AMAR A DIOS, A QUIEN NO VE?.
    ES HERMOSO EL TEXTO, Y SEGURAMENTE APLICADO A MUCHISIMA GENTE.
    GRACIAS SR. LAZARO. DIOS LO BENDIGA.

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