¿QUIÉN MANEJA MI BARCA?

barca

Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo.” (Mc 6,45-52)

En España ha quedado para el recuerdo (o para el olvido) un último puesto en el festival de Eurovisión con una canción cuyo estribillo decía aquello de “¿quien maneja mi barca, quién…?. .que a la deriva me lleva…”

Hoy sin embargo hablaremos de otra barca, que precisamente no te llevará a la deriva si sabes hacer un hueco a alguien muy especial para que lleve el timón.

Seguro que has vivido la situación que el Evangelio de hoy describe.

En tu día a día estás viviendo situaciones en las que tienes el viento contrario. Momentos en los que se te hace muy difícil continuar remando.

La barca sobre la que conduces tu vida parece imposible que siga avanzando. Incluso eres tú el que se cansa de remar y decides abandonarte a la suerte del agua brava que en ese momento se adueña de la situación porque ya no puedes más.

En momentos de incertidumbre es cuando recurrimos a un Cristo, muchas veces olvidado, que siempre está cerca, en el monte más cercano, orando, a la espera de que vuelvas a acudir a Él.

Aunque fue ayer cuando te alimentó con pan y peces hasta que ya no podías más, tu estómago no tiene memoria y ya está pidiendo más alimento de ese del que siempre andamos escasos y que sólo alguien como Él puede multiplicar por  cinco mil aún cuando nos pide que le presentemos lo que tenemos, que siempre es insuficiente para saciar cuanto demanda nuestro alma.

Y Cristo se abaja del monte una y otra vez. Cada vez que lo llamas. Siempre acude a tu ayuda cuando no puedes avanzar. Siempre está dispuesto a ayudarte cuando no puedes remar.

Y se acerca al lago, al mar de problemas y dificultades que no puedes dominar.

Entonces es cuando, instintivamente, te relajas sabiéndote en sus brazos. Y dejas de remar…

¡Y Cristo pasa de largo!??

Casi siempre nos pasa eso. Nos da la sensación que el Señor se queda corto o que hace ademán de mirar a otro lado.

Eso es lo que ocurrió aquella triste mañana cuando súbitamente aquella persona que tanto querías abandonó tu casa.

Había decidido continuar su vida sin que la muerte os separe como te prometió mientras intercambiabas con él aquellos, entonces brillantes, anillos.

A veces en los planes de Dios encontramos a hombres demasiado intervencionistas.

Es obvio que lo que acontece en la mente del que se va es más difícil de intuir que lo que sufre el corazón que se siente abandonado. Pero no por ello estamos invitados juzgar a ninguno de los dos. Nunca lo estamos y siempre acudimos.

El juicio es algo a lo que todos nos parece estar invitados. Es como sí tuviésemos una pulsera de esas que te ponen en los hoteles de “todo incluido” con un color que te permite, en este caso, acudir a todos los juicios. Porque no nos perdemos ocasión en la que haya una oportunidad de opinar sobre esta o aquella actitud, y siempre acudimos con la “potestad” de sentenciar.

Y sólo Dios lo puede hacer. ¡Cuánto nos cuesta dejar que sea Él quien tenga la última palabra!

Por eso en tantas ocasiones nos parece que hace ademán de pasar de largo. Porque tendemos a ser nosotros y no Él quien lleve el timón.

Cuando se produce el desenlace en una situación en el que el dolor se adueña de nuestras vidas, una muerte, una separación o una enfermedad, siempre, siempre, hay un momento en el que parece que realmente Dios ha pasado de largo.

“¿Por qué Señor? ¿Por qué me haces esto?… ¡No es justo!” (De nuevo jugamos a ser jueces).

 No te puedes creer que has estado navegando todo este tiempo sabiendo que Él bajaba del monte cada vez que acudías a orar y ahora que es cuando el viento sopla más fuerte en tu contra, va el Señor y pasa de largo.

Es entonces cuando hay que seguir leyendo el resto de este interesante Evangelio:

Pero él les dirige enseguida la palabra y les dice: —«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Entró en la barca con ellos, y amainó el viento.

En ese momento, cuando las lágrimas cubren tus ojos, recuerda que tus oídos no presentan ningún obstáculo para seguir oyéndolo. Presta atención a sus palabras: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

Luego, sólo tienes que hacer lo que Marcos cuenta en este pasaje. Deja qué entre en tu barca, en tu vida, permite que Él viva contigo.

Cuando menos te lo esperes sentirás esa sensación tan agradable que se experimenta cuando amaina una fuerte ventisca después de horas soportándola.

Soy consciente de lo difícil que es prestar atención a las palabras de Jesús en medio de una fuerte tormenta.

Siendo un novato en navegar por los mares del dolor, en una ocasión se me presentó una desagradable tormenta.

La muerte repentina de un ser muy querido produjo un estremecedor silencio que dio paso a una tormenta de esas que dicen perfecta (nunca fue peor utilizado este adjetivo).

Por momentos parecía cómo si una fuerte explosión había hecho reventar los tímpanos de toda la familia y nadie podía oír nada. Nadie encontraba a Dios en medio de tanto dolor

“¿Dónde está tu Dios ahora?” Me llegaron a preguntar en el duelo.

Estaba a mi lado. Yo sabía que no iba a pasar de largo. Lo buscaba con todos los sentidos. Si no hubiese sido por Él, aún estaría tambaleándome en medio de esa tormenta. Le hice sitio y Él manejaba mi barca.

La tormenta pasó, mi dolor continúa, aún me sigo preguntando por qué se lo llevó, pero me siento seguro sintiendo al Señor subido a mi barca y dirigiéndola según su voluntad.

El Evangelio concluye con autocrítica (también el evangelista nos enseña con esto) del autor, Marcos, que iba dentro de aquella barca: “(…) los apóstoles eran torpes para entender”.

Pidamos a Dios que nos ilumine para entender su voluntad cuando nuestra torpeza impida hacerle sitio en nuestra barca.

Cuando hay tormenta, ¿quién maneja tu barca?.

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Lázaro Hades.

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5 pensamientos en “¿QUIÉN MANEJA MI BARCA?”

  1. DIOS SEGURAMENTE HA DE MANEJAR MI BARCA, CUANDO TENGO TORMENTA. ASI ES, Y ME LO HA DEMOSTRADO. HERMOSAS REFLEXIONES. UN SALUDO!!

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