LA SEQUEDAD ESPIRITUAL

SEQUEDAD

(..) Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido»(Mc 1,29-39).

 

Estamos leyendo unos evangelios estos días en los que Jesús se nos muestra muy activo.

Una agenda muy completa: sale de la Sinagoga, se marcha para casa de Simón y Andrés a curar a su a la suegra de Pedro. Una tarde de sobremesa con los suyos y a atender a los necesitados que le esperan en la puerta Por la noche, una vez todos atendidos, Jesús se marcha a orar.

Imagino que al final del día debía estar realmente agotado. Sin embargo cuando le encuentran de nuevo le advierten que le están esperando y Él decide que es momento de partir hacia otro lugar.

Como es costumbre en este blog voy a tratar de actualizar este mensaje de hace dos mil y pico años a lo que Jesús nos dice a ti a mi esta mañana de enero.

En el primer párrafo del extracto del Evangelio que he copiado para iniciar esta entrada se dice que “…la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades…”.

Nos pasa igual a nosotros. Nos agolpamos a su puerta con todos nuestros males y dificultades para que nos atienda. Y Él siempre lo hace, aunque a veces nos parezca que lo hace tarde, siempre acaba llegando nuestro turno. 

En ese momento en el que nos toca con su Gracia todo nos parece perfecto, le seguimos con un fervor inusitado y nuestro enamoramiento parece no tener fin: ¡el Señor está con nosotros!.

Pasado un tiempo puede ocurrir algo parecido a lo que cuenta este Evangelio. La gente lo sigue buscando. Tú puedes ser uno de ellos, de los que lo invocan para que te conceda ese favor que deseas. Pero en ese momento, ya no encuentras respuesta.

En muchos casos te encomiendas a tu Santo “de cabecera” para que él te allane el camino. Para que sea ese santo quien interceda entre tú y el Señor.

Lo que ocurre entonces está perfectamente escenificado si seguimos leyendo este Evangelio. Simón, cual santo venerado, va con los recados de la gente que lo busca desesperado para interrumpirle en su momento de oración y pedirle que acuda en ayuda de sus fieles.

Pero en este caso, el Señor opta por ir a otro lugar donde Él cree que debe continuar su misión.

Imagínate la cara que se le quedaría a Simón, que estaba tratando de llevar todos los recados de los que buscaban a Jesús y éste le dice que se van para otro lado.

En tu vida espiritual vas a sentir momentos como ese. Vas a vivir etapas donde no ves a Cristo donde antes lo veías.

Acontecerán tiempos en los que la luz que entraba a raudales en tu alma, de pronto, parece desaparecer. No encuentras al Señor en el mismo sitio donde lo habías dejado.

Imagínate cuántos santos, cuya vida de entrega al Señor fue ejemplar, vivieron momentos de ese calibre. A San Felipe Neri le retiraron las licencias de confesar; San Josenmaría sufrió la infamia de tantos que sembraron sospecha sobre su persona y su labor; la noche oscura de San Juan y esa fuente que no ve aún oyendo cómo emana el agua…

La beata Teresa de Calcuta confiesa en sus cartas más íntimas que vivió etapas de no encontrar a Jesús ni en la contemplación ni en la acción.

Estamos hablando de LA SEQUEDAD ESPIRITUAL.

El ejemplo de estas personas que llegaron a santos fue vivir esa oscuridad con una conciencia obediente y disciplinada.

Es en esos momentos cuando más debemos amar al Señor. Más, si cabe, que cuando todo iba bien.

Cuando hayas pasado por esas etapas y puedas volver la vista atrás y mirarlas con la perspectiva que da el tiempo, podrás entender cómo en ese silencio también Dios te estaba hablando.

Cuando estés atravesando ese desierto de soledad espiritual, agárrate a esa Cruz que Dios te ha puesto en el camino para que no te caigas sino para que sea el asidero que te mantiene unido a Él.

Con el tiempo te darás cuenta que esas etapas de sequedad espiritual son procesos de maduración interior que te están haciendo crecer en tu fe.

Tras la sequedad, todo volverá a brotar con más fuerza.

BROTAR

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Lázaro Hades.

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3 pensamientos en “LA SEQUEDAD ESPIRITUAL”

  1. Lo de actualizar el mensaje de hace dos mil años… ha estado genial, me ha encantado.
    Hace tiempo un sacerdote me dijo algo que me ayudó muchísimo en mi vida espiritual y que no he olvidado, aunque reconozco que cuando uno entra en el túnel, la luz desaparece y el miedo aparece, olvidándo lo que vimos, oímos y experimentamos en la claridad.
    Sus palabras fueron: ” Por lo general, la fe se vive siempre en aridez y sequedad”, porque no vemos, ni oimos ni palmamos y los sentidos se esconden pronto, Dios concede momentos de gran consolación cuando cree que los necesitamos, así es muy normal econtrar a gente muy fervorosa y entusiasta al principio de su conversión, el paso de los años, hace que la decisión de cargar con el peso de la Cruz de Cristo, vaya minando nuestras fuerzas y claridades. Pero la frase que a mí más me ayuda y siempre me empuja a salir de la oscuridad es la que Jesús dijo a Tomás : “Dichosos los que creerán sin verme” Guauuuu, estaba hablando de cada uno de nosotros. Nos llama ¡Dichosos! esa es la energía para seguir caminando en la confianza.
    Un fuerte abrazo

  2. HOLA SR. LAZARO. ES CIERTO QUE A VECES SENTIMOS NO ENCONTRAR AL JESUS QUE BUSCAMOS. PARECIERA COMO SI NO NOS ESCUCHARA, PERO CREO QUE ESAS VECES, ES CUANDO MAS ESTA CON NOSOTROS, AYUDANDONOS A NO CAER…. FIJENSE BIEN Y ASI ES!! SALUDOS.

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