SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME

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“En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie” Mc 1, (40-45)

¿Por qué el Señor quería que los que le rodeaban no confesaran a los cuatro vientos que Él era el Cristo? ¿Qué interés tenía? ¿Deseaba acaso esconder algo?”

Indudablemente Jesús sabía que sí dejaba que su fama superara a su verdadera condición de Hijo de Dios con una clara misión que culminaría muriendo en la Cruz por los hombres, ese loor de multitudes le llevaría a confundir a muchos sobre el verdadero significado del amor.
Se acabaría convirtiendo en un ídolo de masas, pero quizá pocos reconocieran su verdadero mensaje.

Hasta el mismo Hijo de Dios se desprendió de sí mismo para que todos nos demos cuenta que nada es para siempre si no es para dar gloria a Dios.

De nuevo hoy Jesús nos deja una importante nota para que la pinchemos en nuestro tablón de cosas pendientes: hacer las cosas con discreción.

Cuando me preguntan sobre el pecado original siempre me viene a la cabeza esos ordenadores nuevos que compras y traen algunas aplicaciones instaladas. La máquina viene totalmente nueva pero el programador, cuando la fabricó le incluyó una serie de aplicaciones que mejoran su funcionamiento. Son procesos que vienen “de fábrica”.
A nosotros nos ocurre igual, traemos instalados un serie de pecados que nos cuesta mucho desinstalar de nuestro sistema operativo y que aún sin quererlo, se reproducen automáticamente en nosotros.
Estoy hablando de juicio, de orgullo, de envidia, de ira, de rencor, de falta de caridad… y de muchos otros pequeños “errores de programación” que llevamos dentro y afloran en nosotros de forma espontánea a las más mínima llamada del enemigo.

En situaciones como la vivida en Evangelio de hoy por nuestro Señor, lo más seguro es que muchos de nosotros al curar el leproso, no le dijésemos “no se lo digas a nadie”.
En casos parecidos, todavía sin desearlo, nos reconforta más el hacerlas en público. Hacer algo bien nos gusta, pero si además obtenemos reconocimiento de los demás, parece que es más gratificante.
Debe ser por uno de esos errores de programación.

Nos gusta presumir de lo que hacemos. Conozco a muy pocos que llevan la discreción como modo de vida, y a los que conozco los admiro.
Si nos compramos un coche nuevo, nos gusta pasarlo para que lo admiten, mi última tablet parece mejor cuando la enseño a los demás, si me pongo guapa me apetece que me vea la gente…

Es muy fácil que el éxito nos nuble el pensamiento. Por un lado o por otro siempre consigue agrietar nuestro interior para que por ahí pase el enemigo a hacer de las suyas.
¿Cuántas personas conoces que las cambió el poder o el ansia de conseguirlo?.
Son muchos que, sin quererlo, se ciegan con esa luz como sí fueran mosquitos que irremediablemente son imantados por una bombilla.
El poder es otro disfraz del enemigo. La humildad es el remedio ante esa tentación, pero la más vulnerable en la batalla contra el orgullo.

¡Qué difícil es pensar como Jesús!
Para conseguirlo, éxito y fracaso han de verse a través de las gafas del amor. Y eso no es fácil para nosotros.
¿Que conseguimos cuando exhibimos nuestros éxitos? Nada. Sólo lo que nuestra imaginación quiera inventar para regocijo de nuestro orgullo.
Inevitablemente ese pecado original que es el orgullo aflora aunque no lo desees.
El dueño de un restaurante me contaba que la mayoría de sus clientes tenían más hambre de ser reconocidos que ganas de comerse un buen entrecot.
Se trata de ese reconocimiento que no aporta nada pero que tanto alimenta no se qué cosa.

Para concluir, me voy a poner como ejemplo.
Estoy deseando contar algo que me ocurrió ayer.
Por una “diosiciencia” un querido hermano capuchino ayer me invitó a rezar las Vísperas con su Comunidad. Nunca lo había hecho. Pero realmente me seducía.
Algún día hablaremos en este blog sobre estas oraciones desconocidas para la mayoría de los laicos pero que marcan los tiempos de la vida de los consagrados.
Fue una experiencia espiritual de las que le dan valor añadido a tu fe. Compartir el núcleo de la fe de personas de vida consagrada es algo que le aporta rodaje a nuestro seguimiento del Señor, tan falto a veces de oraciones desinteresadas.
Pues estaba deseando contarlo y compartirlo. Mi deseo principal es exhortaros a aprovechar cualquier oportunidad para vivir este tipo de rezos con “profesionales” de la oración. Seguro que alguno ya lo habéis hecho.
Pero no cabe duda que también se nutre nuestro orgullo cuando cualquier cosa, cualquier “mini éxito”, por nimio que parezca, el diablo lo convierte en un logro. Así nos va.

Ante esto, sólo me cabe decir lo mismo que el leproso suplicó de rodillas cuando se acercó al Señor:
“Si quieres, puedes limpiarme”
.
Lázaro Hades
.

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4 pensamientos en “SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME”

  1. Yo siempre me he preguntado por esta respuesta de Jesús ,y no lo entendía,es verdad,visto así es una buena reflexión,pero sin embargo ,siempre me ha quedado un a duda,al decir Jesús que no se lo contaran a nadie ,me parecía un poco injusto,porque ¿Por qué a unos los salva y a otros no quiere que se enteren? Hoy lo veré de otra manera.

    1. Dios no quiere ser un ídolo. Un ídolo de los que hoy se crean. La gente adora a futbolistas, a cantantes a actores… No es ahí donde debe estar el Señor.
      Por eso el silencio de su Gracia nos hace tanto bien, cuando lo oímos y cuando lo intuimos.
      Gracias Lalo.
      Un abrazo!

  2. ES VERDAD QUE LAS COSAS MAS HERMOSAS EN JESUS, SON MUY INTIMAS, ESO QUE NI QUE! … LO MAS HERMOSO, Y DULCE, LA PAZ, EL AMOR, SE SABOREA Y SE REGOCIJA EN EL INTERIOR DE CADA QUIEN… BUENO, ESE ES MI SENTIR… GRACIAS POR COMPARTIRNOS.

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