OCTAVARIO PARA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

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 “Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra” (Mc 2, 1.12)

Desde que lo propusiera Paul Watson en 1908, la semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra anualmente en toda la Iglesia del 18 al 25 de enero. Son los días previos a la celebración de la conversión de san Pablo.

El de hoy es uno de esos enunciados que oímos y apenas prestamos atención. Ni siquiera sabemos bien cuál es nuestro papel ante estas propuestas.

¿Qué tengo yo que hacer en un Octavario por la unidad de los cristianos? ¿Cuál es el papel de un cristiano “de andar por casa”?

Sepamos la causa que motiva esta llamada y más adelante el por qué debemos pedir durante esta semana oración.

Nos ayudamos de una frase del Evangelio del hoy que nos ilustra un poco más sobre este asunto: “Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra” (Mc 2, 1.12)

En la época de Cristo no era necesaria la existencia de las redes sociales para que las noticias se difundieran con la misma velocidad que lo hacen hoy. Sobre todo cuando ven que hay un Señor que va por los pueblos sanando a leprosos y expulsando demonios. Ante las curaciones nadie ponía un pero. Otra cosa serían los escribas al oírle perdonar los pecados: ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. (Mc 2, 1.12)

Lo llamativo de todo esto es comprobar cómo ante el ruido de las sanaciones todos se agolpaban en su puerta. Él les proponía la Palabra y entonces todos se empujaban por oírla, y todo hay que decirlo, también por conseguir el regalo de alguna solución a sus males.

Pero entonces, cuando Cristo aún se manchaba con el mismo barro que nosotros pisábamos, todos le seguían con unión, la que hoy, a pesar de 20 siglos de legado, no conseguimos tener todos los cristianos del mundo.

El Señor ya veía venir esta división.

Durante la Última Cena, Jesús elevó “una ferviente oración por la unidad de todos los que le iban a seguir con el correr de los tiempos:

No ruego solo por estos –dice Jesucristo–, sino por los que van a creer en mí por su palabra: que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí (Jn 17, 20-23).

El deseo del Señor ha sido obstaculizado a lo largo de la historia por numerosas divisiones que aún hoy separan a los cristianos.

No siempre es fácil adoptar una posición común frente a las diversas dificultades. Es más: algunas personas llamadas y queridas por Dios para desempeñar cargos importantes no siempre han sido del todo fieles, arrastrando en su desatino a otros hombres y conformando comunidades cristianas separadas de la fe de Roma.

Estas fracturas ponen delante de nosotros una realidad unida, la de la Iglesia católica, que quiere dialogar con otras confesiones que disienten en aspectos doctrinales particulares.

Jesús conoce bien esta división… y sufre porque la Iglesia está dividida.

La causa de estos ocho días de oración por la unidad de los cristianos es, en primer lugar, consolar la tristeza del corazón del buen Cristo.

Juan Pablo II nos dejó escrito que:

“La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios. Por esto Dios envió a su Hijo para que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese su Espíritu de amor (…) La división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura”

Pues queda claro lo que nos toca a los cristianos domésticos. No seremos nosotros los que podamos solucionarlo todo, pero nuestro granito de arena en una oración UNIDA estos días para consolar ese corazón triste de Cristo.

Recemos sabiendo bien por qué lo hacemos.

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Lázaro Hades

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