CONVERSIÓN

chuchos

No me gusta hablar de Conversión.

Lo que ocurre es que hoy es un día importante en las “fiestas menores” de la Iglesia, la Conversión de San Pablo.

Para referirme a esta fiesta sin hablar de conversión tendría que decir que hoy celebramos que un hombre llamado Saulo que iba montado a caballo se cayó de equino y cuando se pudo levantar se llamaba Pablo.

Me parece que eso no queda demasiado bien…

El motivo por el cual siempre he huido de ese término es por el uso peyorativo que se hace del mismo. Hoy voy a tratar de explicar por qué con algún ejemplo.

Hace unos tres años estaba cenando con un matrimonio amigo. Ambos cristianos. Él presumía de pedigrí.

Abro un paréntesis para aclarar esto del “pedigrí”.

Estando sentado a la mesa con mi querido Juan Manuel Cotelo, el director de la película “La Última Cima”, se acercaron unas señoras a saludarlo y felicitarle por la conferencia que acaba de dar. Las señoras, de avanzada edad, peluquería recién visitada y largo abrigo de pieles, presumen de misa diaria.

Tras unos minutos de conversación, antes de despedirse, dijeron:

“Oye, yo soy de (y nombraron la prelatura o institución a través de la que siguen a Dios)”. Estaban orgullosas de su “marca”.

Continuó la señora y le preguntó al director de cine: “Y tú, ¿eres de los nuestros?”

Juan Manuel contestó: “Sí, lo soy. Pero yo soy un chucho, un perro callejero. No tengo raza ni pedigrí. Solo sigo a Dios

Nunca se me olvidará esa respuesta. Para seguir a Dios no necesitamos mucho más. Es muy bueno que en la Iglesia quepan todas las razas: pitbull, chihahua, beagle, caniche… Pero nunca olvidemos que todos somos iguales a la hora de seguir al Señor.

Algún día desarrollaremos más este tema.

Pues mi amigo, el de unos párrafos más arriba, con el que cenaba hace unos años, debía pertenecer a una raza parecida a la señora pues ambos casi solapaban a Dios por debajo de su pedigrí.

En un momento de la cena, con cierta distensión se puso a hablar de una persona, un laico que ayudaba al sacerdote en misa a la hora de la Comunión.

Hablaba de su pasado anticristiano y de dudosa reputación. Mostraba su sorpresa y rechazo por el puesto que estaba ocupando ahora (sí, sí, esto suena a fariseo).

Yo, que estaba en preescolar de mis cursos de cristiano oía atentamente cuando mi amigo, “el dálmata“, dijo en tono irónico: “Vaya, este ha dado un cambio, que ni en la conversión de San Pablo...”

Yo no sabía de qué estaba hablando. Mi desconocimiento de nuestra fe era tan grande (y lo sigue siendo) que yo había oído hablar de San Pablo, me sonaba de algo, seguro que hay por ahí un campo de fútbol o alguna plaza que lleve su nombre, pero no tenía ni idea de quién era.

Y pregunté (pregunta siempre sin miedo).

Y supe que Pablo era un señor muy malo que se dedicaba a perseguir a los cristianos y caminar por las sendas por donde Cristo había dejado amor para él ir sembrando odio. Tanto corría a lomos de su caballo, ciego por su odio a los seguidores de Jesús, que Dios no tuvo más remedio que arremangarse y ponerse manos a la obra para rescatarlo.

Lo descabalgó de su ira, y también de su caballo, le cerró los ojos a su inconsciencia y cuando le permitió volverlos a abrir se dio cuenta que él era el perseguido y no el perseguidor. Dios lo había estado siguiendo para que una vez tocó fondo, ahí estaba Él para rescatarlo y hacerlo socio de su equipo. Se ve que al Señor le gustan los casos difíciles, así que si alguna vez crees que eres un caso imposible acuérdate de este Pablo, que luego fue apóstol y Dios le dio barra libre de Gracia.

Como te he comentado, por esa época de la cena con el “gran danés”, aún estaba yo “en preescolar”. Era una época en la que recuperaba mi inquietud espiritual que había estado dormida durante muchos, demasiados, años.

Nunca perseguí cristianos, ni me manifesté anticatólico, porque no lo era. Durante el letargo en el que estuvo mi fe desde que dejé mis estudios básicos, siempre en centros religiosos católicos, hasta hace muy poquito nunca me sentía contrario a Dios. 

Sí es cierto que caía en la auto-complacencia o esa excusa recurrente en la que despreciamos lo que Dios nos ofrece amparándonos en que argumentos del tipo “la Iglesia es muy antigua…” ,”los curas también pecan…”, “a Misa siempre van los mismos…” “tu crees en Dios por miedo…”, etc. Seguro que alguna habrás oído algo de esto.

Creo que todos cuando pasamos por esa etapa, tiramos de esas prácticas como si estuviésemos bajando una persiana para no dejar pasar un luz que, aunque sepamos que mal no nos hace, tememos a que nos alumbre, no vaya a ser que perdamos algo de libertad y ganemos en obligaciones.

Lo cierto es que un día decidí asomarme a esa ventana imaginaria, cubierta por esa persiana, también imaginaria, y cuando decidí ver con sentido el paisaje que había detrás de ella me di cuenta que a mi vida le faltaba algo y que ese algo estaba en Cristo. 

Decían: “Lázaro se ha convertido!!”. 

Algo tan serio no podría ser tomado tan a la ligera como lo hacía mi amigo refiriéndose a quien ahora Dios lo bendecido dándole la oportunidad de repartir su Cuerpo.

No. No se trata de conversión si piensas que estoy hablando de cambiarme de traje o de cambiarme al eterno rival.

Se trata de que hoy, tres años después de aquella conversación, puedo afirmar que mi vida tiene dos partes: el tiempo sin Cristo y el tiempo CON CRISTO.

Ya nada será igual, como le ocurrió a San Pablo. Seguro que Dios no me deja, pero si me alejo, padezco de tibieza, de sequedad o de cualquier enfermedad común del espíritu de esas que aquejan a los cristianos, siempre voy a ser consciente de eso. Que ahora estoy viviendo en la parte buena, en la vida con Cristo.

De nuevo me he pasado hoy con la extensión de la entrada, discúlpame y déjame una línea más para decirte que olvides todo aquello que aqueje tu alma cuando las cosas vienen mal dadas, que tomes el ejemplo de San Pablo al que Dios se dedicó a perseguir hasta que lo arrinconó con su amor y que no importa de la raza que seas mientras estés con Cristo.

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Lázaro Hades

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