¿DE QUIÉN ES LA CULPA?

chivo expiatorio

Perseverancia es la única palabra que puede derrotar la expresión más utilizada en conversaciones de grupos cristianos con buenas intenciones: la de “es difícil”.

Hoy te propongo un ejercicio para que lo pongas en práctica durante unos días. Solo se trata de estar atento a lo que dices y a lo que oyes. Muy fácil.

Se trata de oír cuántas veces sale de tu boca y de la de los que te rodean las expresiones “es difícil” y “la culpa es…”.

Cuando estés hablando de nuestra fe con alguien y salga alguna propuesta a propósito de un determinado cambio de comportamiento en torno a nuestra relación con Dios y nuestros hermanos, lo primero que saldrá será “es difícil”. 

Cuando se nos invita a amar, a sacrificarnos, a renunciar a nosotros, a perdonar, a rezar con frecuencia, a honrar al Padre…actitudes todas ellas cotidianas en la vida de Cristo, nosotros, para empezar ponemos la dificultad por delante.

Si lo superamos y comenzamos un cambio en nuestras actitudes que nos lleven a parecernos un poco más al Señor, al primer tropezón que nos encontramos, ya andamos buscando excusas, casi siempre queriendo encontrar algo o alguien a quien asignarle la culpa.

Recurro de nuevo al animal que, a mi entender, es el mejor amigo del hombre.

No me refiero al perro. Estoy hablando del chivo.

Sí el chivo. El chivo expiatorio.

Aunque no te hayas dado cuenta hasta ahora, tú también tienes un chivo expiatorio que te acompaña todos los días como si fuera tu mascota preferida. Y si no está contigo tratas tener uno al más mínimo contratiempo.

¿O acaso no andamos continuamente buscando a alguien a quien responsabilizar de las acciones que nos devuelven un resultado que no es el que esperamos?.

Parece que cuando algo va mal, necesariamente hemos de buscar a alguien a quien “echarle la culpa”.

La culpa es como una salida de emergencia, pero realmente no es nada. Cuando nos encontramos con algún problema siempre buscamos a quien asignar la autoría. Casi nunca lo hallamos en nosotros.

Si atravesamos un estado de ánimo negativo, si algo se tuerce, si las cosas toman caminos inesperados, si algo ha fallado…siempre hay alguien a quien buscar para culparle. Encontrarlo produce una absurda sensación de desahogo tan poco fructífera como efímera.

Es curioso el origen de la expresión “chivo expiatorio” pero muy gráfico su significado.

La palabra «expiar» se entiende como la acción de purificarse de las culpas por medio de algún sacrificio.

Y la expresión proviene de un ritual del antiguo pueblo de Israel para el cual se elegían dos chivos. Mediante el azar se señalaba uno como ofrendaYaveh, que era sacrificado por el sacerdote durante el rito; el otro era cargado con todas las culpas del pueblo judío, y entregado al demonio Azazel. Este último, conocido como chivo expiatorio, era abandonado en mitad del desierto, acompañado de insultos y pedradas.

Aunque entre nosotros siempre andemos buscando culpables de nuestros errores cotidianos, también es habitual culpar a Dios de la mayoría de las desgracias. 

Muy a menudo, sobre todo en entornos ajenos a la práctica católica, se asigna a Dios la culpabilidad de la mayoría de los contratiempos que nos ocurren, pidiéndole respuestas porque no entendemos que esté pasando lo que está sucediendo.

Desgraciadamente cuando sufrimos la pérdida de un ser querido es frecuente ver a alguien que “se enfada” con Dios por ello. Es lo contrario a lo que debemos hacer, pues es en ese momento cuando más debemos beber de su amor.

Si te está ocurriendo algo inexplicable, algo que no puedes entender, será mejor que le pidas a Dios, alguien a quien a tu razón le cuesta asimilar, que El te ayude a entender. Es ahí donde el Señor se maneja bien.

Lo primero que debemos hacer ante un contratiempo es ponernos en sus manos, no culparle.

A veces nos ocurren cosas en las que enseguida culpamos a Dios cuando antes ni siquiera nos hemos planteado en qué punto actuó el hombre para que cambiara el rumbo de su designio.

Más bien al contrario, hemos de saber en todo momento qué está ocurriendo y cómo hemos de reaccionar, y si no sabemos cómo, plantearnos cómo lo habría hecho Cristo ante una u otra situación.

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Es difícil, pero con perseverancia, quizá no haya que sacar tanto el chivo expiatorio a pasear.

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Lázaro Hades.

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