SOY PECADOR. SIEMPRE ME CONFIESO DE LO MISMO.

cuaresma2013-5

“No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lucas 5, 27-32)

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CUARESMA 2013: Camino a la Vida.

SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA.

Ayer pude compartir el almuerzo con unos amigos a los que llevaba tiempo sin ver y con los que tenía ganas de volver a coincidir.

Da gusto poder charlar de las cosas de Dios con personas receptivas.

Hoy, a leer el Evangelio me he acordado de mi encuentro de ayer. Lucas nos habla de su colega Mateo, al que conocían entonces por Leví.

Mateo, que ocupaba el mal mirado puesto (hay cosas que no cambian con el tiempo) de recaudador de impuestos, estaba sentado en su mesita, cuando un Señor de barba y melena se acercó.

Él levanto levemente su cabeza, miró con desgana por encima de sus gafas y de buenas a primeras, Jesús le dice: “Sígueme”.

No le dio tiempo ni a salir del programa y cerrar el ordenador, dejó lo que estaba haciendo, dio un brinco y se pegó a Él con todas las consecuencias. (Cuánto me gustaría parecerme a mí a Leví y no andar haciéndome tantas preguntas que me hago algunas veces… ).

Estaba tan emocionado ante esa llamada que le hizo el Señor que no tuvo problema en poner en juego su propia honra invitando a sus amigos a una comida con el Maestro, para que conocieran a Aquel que le había quitado un peso tan grande de encima (figúrate lo que suponía dejar de andar amedrentando con los impuestos).

Imaginando a Mateo invitando a sus amigos a almorzar deseoso de llevarles a Jesús, me he acordado de los míos.

Podemos pensar que algunos de los allegados al ex recaudador comenzaron a seguir a Jesús, entusiasmados por el cambio operado por su amigo. A veces yo me veo así cuando comparto mi experiencia de fe. Aunque no todos mis amigos son tan receptivos a la hora de oír hablar de Dios.

Igual que le pasaría al evangelista, otros de sus conocidos juzgarían su situación como absurda (¡dejarlo todo por ese hombre!), sin mover un ápice su consciencia.

Pero en ese caso y en el nuestro cuando nos veamos en situaciones parecidas, siempre hemos de sentirnos satisfechos pues somos nosotros, ni más ni menos, los que les estamos llevando delante de Jesús. 

No me ocurrió en esta ocasión, pero puede que en situaciones que hayas querido expresar tu alegría por las cosas de Dios, esta no sea compartida por los demás. En tal caso, conviene que no trates nunca de convencer, intenta únicamente transmitir  tu experiencia. Ante el rechazo solo cabe rezar por ellos y que no nos desanimemos en nuestro camino si ellos nos juzgan o incluso se ríen de nosotros.

Hay cosas que inevitablemente dan vergüenza y, en ocasiones, pueden alejarnos de la Iglesia. A lo mejor, a ti te pasa alguna de las dos cosas que te cuento hoy.

Presta atención porque no serías el primero…

Un pecado gordo. Un error grande en la juventud puede uno arrastrarlo durante toda la vida, porque al principio no lo cuenta por vergüenza, y luego se hace imposible contarlo de ningún modo.

También puede pasar que la cosa no tuviera gran importancia… pero uno –ya porque no tenía gran formación, ya porque quizá era pequeño y aquello le parecía un mundo– no lo refirió a nadie, y con el tiempo se hizo un problema enorme, aunque no fuera un pecado grave.

Las personas que se encuentran en esta situación sufren mucho. Creen que la Iglesia no es su casa, que los sacerdotes no les van a entender, que no son dignos de acercarse a la confesión. ¡Todo lo contrario! Si este es tu caso, piensa que Jesús habla justamente hoy de ti: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

Realmente, la Iglesia es la casa de los pecadores. ¡El que no se considere pecador nunca entrará en ella! Por eso, si tienes algún escrúpulo de tu vida pasada, algún pecado oculto que quisieras confesar, piensa que eso te hará mucho más de Dios.

Examina hoy tu conciencia. Se presenta la ocasión de hacer una buena confesión inspirada en las palabras de Jesús. No la desaproveches.

La segunda cosa que puede generar cierta vergüenza es que uno tropiece siempre con los mismos pecados: por más que lucho… no lo consigo; es imposible que esté en gracia de Dios más de tres o cuatro días. Irremisiblemente caigo. Mi sensualidad, mi mal carácter, mi pereza o cualquier otra cosa me traen frito.

Es entonces cuando uno experimenta la cobardía para confesarse y empieza a mirar si el sacerdote que hay en el confesonario es el de la última vez… que fue hace pocos días. Mejor ir a otro cura, no sea que este me reconozca. También es entonces cuando uno intenta no decir el día en que fue la última confesión, no sea que piense mal de mí.

Haciendo así las cosas, la confesión no responde a la exigencia que le hace eficaz, y se transforma en algo largo y fofo que dista mucho de las características que deben definirla: breve, concreta y concisa. Se empiezan a contar historias para camuflar la propia debilidad y no se acepta humildemente la personal poquedad.

No pasa nada por confesarse siempre de lo mismo.

Pide la humildad suficiente para comprenderlo. No-pasa-nada. Dios te perdona hasta setenta veces siete pecados iguales… ¡en un día!

Bien pensado, sería mucho peor confesarse siempre de cosas distintas. Como si hubiera que inventar pecados para no confesarse siempre de lo mismo… y ya que esta semana no hay pecados nuevos, pues atropello a un pobre peatón para innovar en algo.

No. Confesarse siempre de lo mismo no está mal. Lo que está mal es no confesarse.

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Lázaro Hades.

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Gran parte del texto es obra de Fulgencio Espa. Del libro “Con Él en Cuaresma”. Ediciones Palabra.

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3 pensamientos en “SOY PECADOR. SIEMPRE ME CONFIESO DE LO MISMO.”

  1. Gracias Lázaro, eso he pensado yo muchas veces… Ahora me quedo más tranquila. Cuando vayamos a confesar lo tendré presente y se lo diré a mis hijos. Un saludo.

    1. Gracias a ti Nieves.
      Dios nos va dando siempre instrucciones para nuestra felicidad.
      Gracias por compartir tu sentir, somos muchos a los que nos ocurre cosas parecidas en torno a nuestra fe y compartir nuestras experiencias, aunque sea a través de estos comentarios, hará bien a otros.
      Dios te bendiga.

  2. HOLA SR. LAZARO!!
    UN ERROR DE JUVENTUD… COMO UD. DICE, O UN PECADO… LE LLAMARE “PECADO EXTREMO”, NO RECUERDO HABER LLORADO TANTO DE ARREPENTIMIENTO COMO AQUEL DIA, FUE UN PECADO MUY, PERO MUY DOLOROSO, Y BENDITO DIOS, NUNCA, NUNCA LO HE VUELTO A COMETER…. SI QUE ME DOLIO, CON TODA EL ALMA, APRENDI LO QUE SIGNIFICA “EL DOLOR DEL ARREPENTIMIENTO” Y ESO SI, INMEDIATAMENTE LO CONFESE, NO LO PENSE NI DOS VECES, AUN ASI, TARDO MUCHO TIEMPO EN QUE DEJE DE LLORARLO PUES SENTIA QUE LA PENINTENCIA NO HABIA SIDO SUFICIENTE… GRACIAS!!! Y OJALA FUERAN MUCHAS PERSONAS LAS QUE LO SINTIERAN, …. PORQUE DE ESA FORMA, NO LO VOLVERIAN A HACER.. UN SALUDO. DIOS LO BENDIGA

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