OTRA VEZ EL HIJO PRÓDIGO

cuaresma2013-23

 

Qué riesgo pensar que conocemos el Evangelio!
Comienza la lectura del pasaje de hoy y podemos pensar no sin cierto aire de suficiencia: «¡Ah, el hijo pródigo!», y desconectar en ese mismo momento… y de ese modo perdernos todo lo que Dios nos dice (hoy, a ti y a mí) en esta parábola llena de misericordia.

En esta escena del hijo pródigo estamos obligados a tomar partido por uno de los hermanos o, dicho de otra manera, a identificarnos con alguno de ellos.
Unos sienten más familiaridad con el hijo menor de la parábola. Suelen ser las personas que han vivido lejos de Dios, que se han entregado al pecado, dejándose llevar por su aparente atractivo, en una sociedad profundamente sensual y materialista.
Quizá tú estás entre ellos: descubriste la fe hace poco, y eso te llevó a volver a Dios.
Te sentiste hijo pródigo.
Era una gran alegría, una enorme fiesta estar cerca de Dios.
Pero el día a día te enseñó que lo que al comienzo salía solo al impulso de un nuevo entusiasmo, más tarde empezó a costar muchísimo trabajo.
Fue entonces cuando aprendiste que en el fondo hay que hacer de hijo pródigo continuamente.

Otros se sienten hijos mayores, incapaces de disfrutar de lo bien que se está en gracia de Dios y en la Iglesia.
Miran a los pecadores con una especie de envidia: “en el fondo, les gustaría tener esa falsa valentía de los que ofenden a Dios, como si fuera una cosa buena.
Les parece que el que está lejos se divierte más, porque no tiene que contar continuamente con Ese que pone límite a la libertad.
A esos hijos mayores les pesa su formación y les falta convencimiento.
Se han convertido en esclavos.
Sí, es verdad, están en la casa del Padre: pero no están muy convencidos de que ese domicilio sea el más divertido.

¿Por qué no hay un tercer hijo?
¿Es que entre los discípulos no hay nadie entre María Magdalena, la gran pecadora que descubrió el Amor con mayúscula, y Judas, el amigo del Señor que al final le traicionó?

De hecho, sí hay un tercer hijo: el que habla, Jesús.
Él es el Hijo, que ha permanecido siempre junto al Padre para cumplir su voluntad, y pone al descubierto el tesoro inmenso que significa la intimidad con Él.
También entre los discípulos hay un tercero, fiel imitador de Cristo desde la juventud: san Juan, el adolescente que se entregó en su mocedad y no perdió jamás el amor ardiente hacia el Señor, el celo apostólico de los primeros años.
¡Por supuesto que hay un tercero!: el problema es que los lectores de la parábola solemos parecernos más al primero o al segundo

En todo caso, la cuestión es idéntica: Jesús nos invita a amar con el mismo amor con que fue capaz de querer el padre de la parábola.
Amar mucho a Dios.
Amar mucho a los demás.
Ser capaces de querer. Otra vez: un corazón grande.

Si te sientes hijo menor, dile a tu padre que te perdone. Lo hará.

Si te sientes hijo mayor, dile a tu padre que te entusiasme con tu fe. También lo hará.
Y verás qué bonito es servir a Dios como cristiano.
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Lázaro Hades.
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