DÓNDE ESTÁ EL ESPÍRITU SANTO

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¿Dónde esta el Espíritu Santo?

¿Por dónde viene?

¿Cómo se manifiesta?

Lola es una señora, casada y madre de dos hijos. De edad madura, joven de espíritu (de ese espíritu del que hoy vamos a hablar) y con una relación de amor a Dios prolongada a lo largo de todo su vida. A mi entender, se trata de una relación que no ha sufrido intermitencias.

Hasta aquí, todo aparentemente normal, hasta tú podrías ser Lola. 

Ante la inminente llegada -para quedarse, un año más- del Espíritu Santo, son estos días en los que los cristianos reflexionamos sobre la acción y consecuencias de lo que significa esto de que el espíritu de Dios va a habitar en nosotros. Frase esta que suena muy bien, pero que no debemos quedarnos en eso sin verdaderamente saber qué significa.

Pues Lola, ayer decía que “no ve al Espíritu Santo…”. Se lamentaba de su desdicha pues aseguraba que en estos momentos, probablemente porque haya alguna luz apagada, no da con el espíritu.

Yo, al oírla no pude dejar de comenzar a imaginar cómo ponerle cuerpo a esa afirmación de Lola.

Comencemos por el principio. Analizándonos un poco. Deteniéndonos en nuestro comportamiento habitual para llegar a algunas conclusiones.

Es muy habitual en las personas ponerse siempre en lo peor. Tendemos a imaginarnos siempre en situaciones adversas hasta el punto que nos instalamos en la peor opción incluso sin que esta nos haya tocado vivirla.

Te voy a poner un ejemplo: imagínate preparando tu maleta para irte de viaje.

Te vas unos días a una ciudad en la que no has estado. Miras la previsión del tiempo y vaticinan días soleados. Sin embargo tú echas en tu maleta un paraguas, por si acaso, porque allí donde vas suele llover. También añades un poco de ropa de abrigo, no vaya a ser que por la noche refresque.

Además en tu maleta pones un par de zapatos de repuesto, por si se te estropean lo que llevas. Pones también una combinación de ropa de más por si acaso.

El caso es que cuando vuelves del viaje te encuentras en tu maleta cosas que ni has sacado pero que han ido de viaje contigo porque tú las añadiste sin hacerte falta, pero por tus temores creías necesarias.

Exactamente esto es lo que nos ocurre en nuestra vida real. Añadimos cosas a nuestra vida que no son necesarias pero nos parecen obligatorias porque nuestros temores nos llevan a ello.

Lo primero que tenemos que reconocer es que somos “talentos medios”, personas normales que nos equivocamos muy a menudo y a los que nos cuesta asimilar la enorme gracia de Dios derramada en nosotros, pues nos ha elegido para amarnos antes que nosotros hubiésemos imaginado que existía.

Somos personas del montón, nada excepcionales, que sabemos lo mismo o menos que todos los demás: personas normales, gustos normales, trabajos normales… ¡cristianos corrientes!

A veces, en el mundo del deporte, se dice de algunos jugadores que son todo pundonor no exento de calidad, para significar que esos deportistas son voluntariosos, corren siempre, luchan, hacen labor de equipo, tienen su puntito de genialidad pero ciertamente no son unos «cracks», ni los mejores… ni siquiera tienen una característica que los haga un pelín extraordinarios.

Del montón, sí, pero necesarios. Como los demás, sí, pero capaces de trabajar en equipo.

Así somos nosotros, todo pundonor, no exento de calidad. Sabemos que no llegaremos muy lejos por nosotros mismos, pero, por la bondad y la gracia de Dios, nuestros esfuerzos tendrán mérito, que es como decir que no valemos, que no podemos, que tantas veces no damos una a derechas… pero Dios es muy capaz de hacer meritorio –eficaz– nuestro trabajo.

No te lo creas cuando algo sale bien. No pienses que eres tú. Es obra de Dios. Ofréceselo y pídele comenzar y terminar siempre movido por su espíritu, como reza aquella oración de la liturgia: Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin.

¿Pero cómo se yo que el Espíritu Santo está ya en mi, está por llegar o ha pasado de largo?

Conviene detenerse a repasar los siete dones del Espíritu Santo. Seguro que personas como tú y como Lola ya contáis con alguno de ellos, señal de que queda algo de ese hospedaje divino en ti, y que ahora, en estos días, hemos de pedir de nuevo a Dios que los renueve.

Pide al Señor que revise todos esos dones:

El don de sabiduría, para que tengas gusto por lo espiritual y seas capaz de juzgar según la medida de Dios.

El de inteligencia o entendimiento, para que recibas la gracia de comprender mejor la Palabra de Dios y profundizar en las verdades reveladas.

El don de consejo, que ilumina tu conciencia en las opciones que la vida diaria te impone, sugiriéndote lo que es lícito, lo que corresponde, lo que más conviene a tu alma.

El de fortaleza, fuerza sobrenatural que te sostiene en tus luchas para obrar valerosamente lo que Dios quiere de ti, y sobrellevar las contrariedades de la vida, resistiendo a las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Con la gracia del don de fortaleza se superan dos extremos: la “cobardía –cuando falta reciedumbre– y la agresividad –cuando es excesiva y puede degenerar en la ira.

El don de ciencia, que te dará a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.

El de piedad, que sana el corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios, y para con los hermanos como hijos del mismo Padre.

El temor de Dios, que conduce a los corazones a ser portadores de un espíritu contrito ante Dios, conscientes de sus culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la grandísima misericordia divina. Es el temor a ofender a Dios, reconociendo humildemente nuestra debilidad. Sobre todo, es el temor filial, que expresa en definitiva el Amor de Dios: el alma se preocupa de no disgustar a Dios, al que amamos como Padre, de no ofenderle en nada, de «permanecer» y de crecer en la caridad.

Sí, Espíritu divino, sí: esperamos tus siete dones; esperamos la alegría sin fin.

Así pues Lola, si no lo ves, será mejor que cierres lo ojos, mires hacia dentro y compruebes que esos siete dones del Espíritu Santo ya habitan en ti y Dios, poco a poco, los va renovando cada Pentecostés.

No pongas en la maleta cosas que no son necesarias

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Lázaro Hades.

Gracias Dios mío por tu amor infinito.

Toda la vida se me hace pequeña para agradecerte el enorme favor que me has hecho al elegirme discípulo tuyo.

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2 pensamientos en “DÓNDE ESTÁ EL ESPÍRITU SANTO”

  1. Gracias querido Lázaro por tú linda reflexión, sabes que soy de pocas palabras pero cerraré los ojos y recordaré todos los días las palabras que Jesús dijo a su discipulos:”el Padre dará el Espiritu Santo a quién se lo pida”.No dudo que lo derramará sobre mi corazón.Un fuerte abrazo, Lola

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