HABLANDO DE REZAR, ¿TU MOMENTO DE ORACIÓN ES DE CALIDAD?

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En el Evangelio de ayer, Jesús nos decía que “el Padre que ve en lo escondido, te recompensará”.

Hoy nos dice que “el Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis…”

Es como si vas al Zara a comprar y nada más entrar, está la dependienta con la bolsa con tu ropa preparada, de tu talla y a tu gusto, dispuesta a entregártela. La miras y es justo lo que querías. Qué bien, ¿no?.

Es más, Jesús nos insiste hoy en que “cuando recemos, no usemos muchas palabras…”. Pues entonces, es como si voy a la tienda y miro a la dependienta y le digo: “necesito algo para una boda”, así con pocas palabras, y ella ya me de la bolsa lista con lo que necesito para ser la más elegante de la fiesta. ¿Qué fácil es esto no?

Pues así es el Señor. Sólo hace falta pedirle. ¿Sólo?

Pues sí, quizá Dios solo requiere una cosa cuando nos disponemos a hacer oración. Que le dediquemos un tiempo de calidad. Que no dejemos para Él los minutos de la basura. Sí, Él quiere que su tiempo, el tiempo de oración, sea el mejor momento del día.

Y ahí es cuando fallo yo. Otra vez más. Porque siempre voy con las prisas, dejando las oraciones para momentos en los que, con frecuencia, estoy haciendo otra cosa. Vamos, que a veces hago oración como la que está hablando por teléfono y mientras está haciendo la cama de los niños o preparando la sopa para el almuerzo.

Sí, alguna vez te habrá pasado, que estás rezando y haciendo otra cosa al mismo tiempo, es como hablar por teléfono mientras lo sostienes entre tu hombro y la oreja al mismo tiempo que vas cortando la zanahoria. No queda muy bonito eso, pero es algo parecido a la forma de orar que tengo yo y muchos de nosotros.

La oración diaria completa a la Misa. No basta la participación en la Eucaristía para tener un trato completo y amoroso con Dios. Tendemos a creer que si vamos a Misa todos los domingos, incluso a diario, ya estamos haciendo lo suficiente para que la gracia de Dios cale en nosotros. Pero no es del todo así.

La Misa se puede escuchar diariamente con el piloto automático, puede llegar a ser una de tus rutinas. La oración no. Rezar no debe ser algo automático.

La diferencia entre participar de la Misa y rezar es muy clara.

En la Santa Misa todo está hecho. Respondas o no respondas la Misa seguirá adelante. Con tu atención o sin ella, la Misa no se para, de modo que en algo más de media hora la celebración habrá terminado. Así nos podemos pasar años sin una celebración verdaderamente fructífera de la Eucaristía.

Sin embargo, cuando se reza, es necesario implicarse absolutamente. Si lo no haces, notarás cómo la oración llega a aburrirte, y con el tiempo, acabarás dejándola. La oración no esforzada tiene sus horas contadas.

Pero no por ello hemos de dejar de rezar. Al contrario, hemos de insistir con más consciencia en nuestro diálogo con Dios.

Piensa que es Jesús quien está llamando a la puerta de tu corazón buscando intimidad, para compartir un rato contigo. Es como aquello que le dijo a Zaqueo: “amigo, prepáralo todo, que hoy deseo quedarme contigo en tu casa…” (Lc 19,5)

Es necesaria una determinación fuerte de rezar. No valen medias tintas. Si quieres que sea un dialogo bien atendido, quizá haya que dejar la sopa para otro momento.

Se trata de pensar sosegadamente en qué momento del día rezaré  y cuánto tiempo.

¿Será muy difícil encontrar unos quince minutos de calidad en el día de hoy?

¿Es mucho pedir que sean delante del Sagrario?

Cristo desea para nosotros una oración no distraída, una oración centrada.

Por otra parte, nos sucede en ocasiones que reducimos la oración a pedir cosas a Dios. Pedir, pedir, pedir…

Está bien: los hijos piden cosas a sus padres. Pero si te fijas bien, el Padrenuestro tiene dos partes, y en la primera se hace referencia a nuestra relación con Dios, alabándolo, adorándolo, reconociéndolo como Señor nuestro. En la segunda parte es cuando se pide alguna cosa.

Con el Ave María ocurre lo mismo, se ensalza a la Virgen María y solo después se pide que ruegue por nosotros.

Pues armemos nuestras oraciones, nuestro diálogo con Dios, con un esquema similar. Reconozcamos su grandeza, cuánto nos da en este día que hasta nos permitió detenernos a dialogar con Él con sosiego: ¡Qué grande eres!

Tampoco nos olvidemos de dar gracias, gracias por todo, incluso por las veces en las que no le hemos sido fiel y aún así podemos seguir gustando de su  infinita misericordia.

Luego, pongamos en sus manos nuestras peticiones.

Realmente, Dios mío, tan grande eres… que no sé cómo rezarte.

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Lázaro Hades.

Gracias Dios mío por tu amor infinito.

Toda una vida se me hace pequeña para agradecer el infinito favor que me has hecho al elegirme discípulo tuyo.

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