UNA CARTA PARA DESPEDIR A JESÚS

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Querido Amigo Jesús:

Hoy quiero escribirte esta carta con el mismo lenguaje que le hablo a mis amigos, entre los que Tú estás a la cabeza.

Después de unos días en que los dictados del Padre para que se haga su voluntad me hayan dejado apenas sin tiempo para poder sentarme a reflexionar, he pensado que lo mejor era desahogarme con un amigo y hablarle un poco de los acontecimientos.

La verdad, y esto muchos que te niegan se lo pierden, nunca he tenido un amigo como tú. Y gracias a ti, son muchos los que me quieren, pero lo cierto es que Tú, pase lo que pase, siempre estás. Siempre. Ya puedo dejar de llamarte unos días, que basta con que te suene el teléfono para que respondas con rapidez.

Por ello, porque eres un Amigo que nunca falla, en momentos como los que atraviesas estos días, antes de emprender tu viaje, he querido venir a despedirte antes que atravieses la puerta de embarque hasta la Cuaresma.

Y que, como nos cuentas en el Evangelio en esta semana previa a la solemnidad de Cristo Rey, te imagino con las maletas preparadas para entrar a Jerusalén y todo me encaja como una película con el mejor guión de Hollywood.

Es como si en la escena apareces Tú con tu equipaje de mano, despidiéndote con lágrimas en los ojos porque sabes lo que te espera en esa ciudad en la que te van a rechazar, y antes de continuar la escena, aparece un rótulo en el que dice: “34 años antes…”, y a partir de ahí comienza a proyectarse el Adviento.

Eso es lo que nos va a ocurrir a nosotros. Estamos en medio de esa escena, te despides y vamos a vivir durante tres meses el “flashback” que nos hará experimentar tu vida desde los momentos previos a tu nacimiento.

Luego, en febrero del año que viene, volverás a la época que dejas ahora y pisarás esa tierra que te hará sufrir y sobre la que vas a morir por mí de nuevo, y me vas a dar vida con tu Resurrección.

Quiero ver esta peli contigo, Amigo.

Lo que ocurre, Jesús, es que yo mucho hablar “de boquilla”, pero luego ser como Tú me cuesta.

Se me olvida que estar abonado a tu canal es vivir emociones fuertes.

Cuando a mi me toca pisar un poco de Jerusalén comienzan mis miedos y eso que mi Jerusalén, comparada con la tuya, parece comprada en una “tienda de los chinos”.

Basta con que me toque sufrir un poquito y ya me vengo abajo. Pues vaya ejemplo voy a dar yo si pretendo decir que me gusta vivir al estilo de vida de mi Amigo Jesús…

Pero como no te callas, como no dejas de hablarme al oído y mandarme esos mensajes tan esperanzadores de los que tienes un saco sin fondo, con cada rayito de luz que me envías paso por los problemas igual que el faquir que atraviesa una alfombra de pinchos o unas brasas ardientes como si pisara el césped de su jardín.

Me acuerdo de aquella ocasión en la que me pusiste ejemplos para que entendiera cómo afrontar los problemas y el sufrimiento.

Con el trabajo que me costó entenderte, ahora cada vez que se me mueven los cimientos, vuelvo a subirme a lo alto de mi caballo para que me lleve a la cima de la montaña.

A lo mejor no te acuerdas, pero me explicaste aquello de “altura de miras”, y que era como meterme en el uniforme del capitán del ejército que combate en un inhóspito valle sin ver solución en la pelea.

Me decías que ante los problemas, yo solía alistarme al grupo de soldados rasos que se dejaba llevar por el fulgor de la batalla y pataleaba sin cesar en medio de ese valle sin ni siquiera levantar la vista. No veía salida ni fin a ese combate.

Fue entonces cuando me enviaste aquel correo que ponía en el asunto: “Lázaro: altura de miras”. Búscalo en tu bandeja de correos enviados, verás como lo recuerdas.

En aquel mensaje me decías que me subiera al caballo y este me llevara a la cima de la montaña desde la que divisaría los múltiples caminos que se abrían en pos de soluciones a la encarnizada batalla de problemas que se vivían abajo.

Ver las cosas con esa perspectiva y, todo hay que decirlo, contar con tu ayuda para poder subirme a ese caballo siempre que te lo pidiese a través de la oración, me da mucha seguridad.

Coincide que estos días atrás se me han juntado una serie de combates de esos de los que uno se prepara cuando pertenece al cuerpo de élite que es este del grupo de los Cristianos que tu comandas, y la verdad es que cuesta encontrar el caballo que me envías, pero como me dijiste que no dejara de acercarme a ti cuando vinieran mal dadas, vuelvo a constatar que a pesar que la batalla no ha terminado, mirar las turbulencias a tu lado me da esperanza para seguir luchando y la certeza de que estos contratiempos que vivo son para llegar a un mejor camino que estás preparando para mi.

Gracias Amigo.

Gracias porque estás siempre dándome buenos consejos. Me gusta mucho las parábolas que utilizas para enseñarme. Son como esos chistes que te cuentan y aunque te sabes el final porque los has oído muchas veces, te encanta volver a oírlas una y otra vez porque sabes contarlas en el momento justo.

Qué arte tienes para contar las parábolas. El otro día tuve que sonreírme con lo que me hiciste vivir cuando contabas de nuevo la de Zaqueo.

Me hizo gracia porque como cuentas que Zaqueo era muy pequeño y la multitud no le dejaba verte, tuvo que subirse a una higuera para llamar tu atención.

Pues aún resonaban en mí esas palabras que acabábamos de oír en tu Evangelio, cuando era el penúltimo de la fila que completaba el trayecto que me llevaba a recibir tu cuerpo. El cura me veía venir y como me hiciste “un poco grande” de cuerpo, a lo alto y a lo ancho, mi corpulencia no dejaba al sacerdote ver que tras de mí venía una hermana que cerraba la fila para comulgar.

Yo era consciente de ello, y en el momento de recibirte veo que el padre, sin ver a nadie tras de mi, me da las tres formas que le quedaban (menudo festín me di) y se me escapó una sonrisa solo de pensar la cara de “Zaqueo” que se le quedo a mi amiga que sin quererlo, era ocultada por mi a los ojos del sacerdote. Cuando este se dio cuenta, buscó para ella su merecida ración.

Mi amiga decía por la tarde, a modo de broma, que Dios se había olvidado de su ración esa mañana. Y me volvía a sonreír recreándome cuan sutil eres cuando te pones a explicar las parábolas.

Aprovecho esta tribuna para terminar de explicarle a “nuestra hermana Zaquea” que Dios sí la vio. Lo que pasa es que quiere que se suba a la higuera cada vez que haga falta con tal de que sienta su presencia, aunque lo que te rodee te impida llegar a Él, siempre busca donde encaramarte.

Cuando la vuelvas a ver, Amigo Jesús, quiero oír yo también cómo le dices aquello de: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy quiero quedarme en tu casa

Gracias Amigo por estar siempre ahí.

Tu amigo que te quiere, Lázaro Hades.

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(NOVIEMBRE 2012)

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