LA LUZ QUE ILUMINA MI CAMINO

LUZ

En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce,(…) los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: “No toméis nada para el camino…”

Era ya muy anciano cuando, por fin, consagraron la basílica que él mismo había mandado construir.

San Juan Bosco se desplazó para poder participar de la celebración.

Estaba muy recogido, en oración.

La Misa y consagración de la iglesia y el altar se alargaban por la exigencia de una liturgia cuidada.

En un momento, el santo gritó: “¡Ahora lo entiendo todo!!”.

Ya en la sacristía, una vez terminada la liturgia, alguien le preguntó:

¿A qué se refería usted cuando gritó en Misa?

Él contesto:

“Ahora entiendo el sueño que tuve de niño, cuando la Virgen me dijo que enseñara a la juventud no con violencia, sino con dulzura. Hoy lo he entendido todo”

Don Bosco trabajó toda su vida sin entender completamente lo que hacía. Sufrió muchísimo, pero disfrutó aún más: quizá porque los sufrimientos, cuando son fruto del amor, llenan el alma de alegría.

¿Cuántas veces pedimos más y más razones para decidirnos cuando, en el fondo, lo que queremos es retrasar un compromiso de seguir a Dios, en la Iglesia?

Buscamos un y otro pretexto para tratar de compensar lo que presumimos una pesada carga cuando se trata de una cuestión que Dios nos pone en el camino.

Jesús envía a los Apóstoles a predicar y a curar. Sin más compañía que la seguridad de su fe.

Ellos no buscaron excusas.

Hoy, si yo fuera uno de los protagonistas, antes de iniciar el camino comenzaría a inventar mil excusases que no estoy preparado, es que me da corte, es que no sé si me van a escuchar, es que no puedo dejar mis obligaciones, es que no se hacerlo bien…

Seguro que en alguna ocasión se nos ha encomendado alguna pequeña misión dentro de nuestra comunidad religiosa y hemos buscado algún pretexto antes de acceder: participar en una eucaristía, en las lecturas o en las ofrendas, ser parte de un acto solidario, colaborar como catequista, o simplemente contar nuestra experiencia personal con Dios ante un grupo de cristianos.

Nos paramos y decimos no estar convencidos. En realidad, aunque nos cueste afirmarlo, es que no queremos responder a Dios.

Nos cuesta mucho salir a predicar la Palabra de Dios.

El caso de Don Bosco es ejemplar.

Él no se paró desde niño a pensar qué significaba que la Virgen, en sueños, le encomendara  hacer del amor a los demás su modo de vida. No entendía lo que hacía pero se entregó sin ambages.

A los Apóstoles los envió Jesús sin ninguna luz y de la misma forma que el santo italiano actuaron confiados en la Palabra de Dios.

Junto a este Evangelio coincide como primera lectura de la Misa, algunos pensamientos del Libro de los Proverbios basados en el valor de la Palabra.

En ellas el sabio hace una petición a Dios con mucho sentido:

No me des ni riqueza  ni pobreza, sino “mi ración de pan”.

Pide que no le dé riqueza porque piensa que en caso de tenerla puede caer en la tentación de olvidarse de Dios.

También pide no caer en pobreza, porque de ser así, con seguridad, la tentación sería maldecir al Señor.

¿Conoces estas sensaciones?

Por eso, qué importante es pedir sólo “mi ración de pan”.

Es importante relativizar los bienes que la vida nos quiera dar, y que nos quede la libertad interior para hacer el caso que merece el valor mayor, Dios. Superar la tentación de “siempre tener más”.

En todas las situaciones que hoy hemos supuesto, siempre que se trate de caminar guiados por la Palabra de Dios, podemos temer algún tropiezo.

En la respuesta al  salmo de esta lectura también está la respuesta a nuestro temor a caminar a ciegas: “lámpara, Señor, es tu Palabra para mi camino”.

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Lázaro Hades

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