JESÚS… Y LA CENA EN EL TITANIC

fariseo

…un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer. Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. Lc 11( 37-39)

Jesús llevaba hablando un buen rato.

Estaba condenando a los incrédulos con palabras no precisamente blandas y luego animaba a los que están llamados por Dios a ser luz para los demás a no camuflarse con la masa. A no esconder esa lámpara que Dios les dio para hacerla brillar para todos.

Entre el numeroso grupo de personas que se agolpaba junto a Él, un fariseo decide abordarle para invitarlo a cenar en su casa.

Quiere que Jesús vaya a su casa a compartir mesa con sus amigos.

Nuestro Señor accedió gustoso, y le acompañó a su hogar.

….

Jesús saludó cortésmente a cuantos miembros de la casa le fueron presentados, y cansado por la jornada se sentó a la mesa con ilusión por compartir esa comida con el nuevo amigo.

Fue entonces cuando los buenos propósitos del fariseo se desmoronaron, porque apreció que Cristo, como es preceptivo para los judíos, ¡no se había lavado las manos antes de sentarse a la mesa! .

Esa norma exterior, que debió de parecerle muy importante, hizo que comenzara a considerar la posibilidad de haberse equivocado al invitar a Jesús…

….

Inmediatamente que he leído este pasaje del Evangelio me he acordado de la película Titanic.

Es difícil que no la hayas visto y más aún que no recuerdes esa historia.

Un chico que se aloja en la categoría más baja del barco en su viaje de inauguración, anda enamorando a una chica de clase alta y es invitado a la cena de gala por un “fariseo” que no espera que este anónimo personaje sea el protagonista de la reunión…

Además de servirnos para transportar nuestra imaginación a aquella cena que el Evangelio nos muestra, en la conversación hay algunos fragmentos que no tienen desperdicio.

Merecería una entrada aparte para explicar sus paralelismos con nuestra fe:

….Todo en la vida es un juego de azar. (Fariseo que no sabe en quién creer)

Un hombre que se precie crea su propio azar. (Fariseo que cree solo en sí mismo)

¿Le parece atractiva esa clase de existencia desarraigada? (Farisea creyente que desprecia a quién no cumple los preceptos y se deja guiar por el “exterior”)

Siempre llevo todo cuanto necesito: aire en mis pulmones y una hoja de papel en blanco… (Creyente que está convencido de que solo con Dios basta)

El fariseo del Evangelio debió pensar como los de la película:

¿A quién he traído a mi casa? –pensaría en su interior–, ¿si ni siquiera se lava las manos antes de comer? ¿Me habré dejado yo mismo embaucar por el Nazareno?

Ciertamente, el Nazareno los embelesó a todos con sus palabras, más o menos como Dicaprio en su otra cena.

Jesús se daba perfecta cuenta que los que asistían a la cena se alarmaban por sus gestos y sus palabras.

Pero pronto le hablaría, con alto nivel de exigencia, de lo importante de purificarse interiormente.

¡Qué necesidad tenemos también cada uno de nosotros de purificar «lo de dentro»!

Muchas veces nos cargamos de buenos propósitos, tenemos la mejor de las intenciones, pero nuestra irrefrenable capacidad de pensar mal e imaginar peor acaba por dar al traste con las iniciativas de nuestro corazón.

Pensamos en buenas acciones, en inmejorables intenciones pero enseguida nos paramos a elucubrar, a imaginar más de la cuenta, y dejamos que “lo que puedan pensar solape a lo que piensa nuestro interior.

La imaginación sublima situaciones y da explicaciones peregrinas a hechos mínimos:

“Me han dicho o me han dejado de decir, y por tanto no se fía de mí…”

“No me ha llamado, luego está enfadada…”

“No me ha contestado: eso será que he hecho algo mal…”

Todo estos pensamientos revuelven nuestro mundo interior, generando desesperanza e incluso tristeza.

¿Cómo frenar el interior impulso de la imaginación?

Hay modos de entrenarse.

Para empezar, cuando tengas caídas y dificultades, o bien la vida te golpee con heridas difíciles de curar (como la muerte de un ser querido, la traición de un amor, la falsedad de un amigo antes no descubierta, el fracaso escolar o profesional) vuelve a Dios con humildad.

La alternativa, a la que procurará conducirte el enemigo, es quedarte en tus desgracias, sin dejar de darle vueltas al mismo asunto una y otra vez…

Si caes en ella, surgirá en tu alma –quizá ya te haya pasado- una pesadumbre amarga que desfigura tristemente la realidad.

Todo comienza a ser un obstáculo casi insuperable. Todo cuesta.

¡Qué difícil parece salir de esa situación!

Y no, es muy sencillo.

Basta pensar un momento: ¿qué hay de real en todo esto… y qué es imaginado?

Corta el rollo y vuelve tu mente a Dios.

Una jaculatoria y de vuelta a la realidad real que lleves entre manos: familia, trabajo, amigos… Y así, una vez y otra.

Recuerda que «la mayor parte de los que tienen problemas personales los tienen por el egoísmo de pensar en sí mismos»

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Lázaro Hades.

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Algunos textos son extraídos del libro “Con Él”. Fulgencio Espa. Ediciones Palabra.

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