¿DÓNDE ESTÁ LA VERDAD?

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En conversaciones con amigos no creyentes hay una cuestión en la que siempre nos atascamos. A pesar de que nuestro diálogo comience a ser fluido en torno a cuestiones de fe hay un punto en el que coincidimos y a partir de ahí cada uno tira por su lado.

«Me gustaría conocer la verdad, saber dónde se esconde el misterio de la vida». Con esa cuestión nos despedimos hasta conversaciones más banales pues, en caso de seguir, nunca acabaríamos entendiéndonos.

Uno de mis amigos que dice no creer lleva tiempo buscando respuestas. Es muy amante de la ciencia. Le encanta leer y documentarse a propósito de estos temas, es seguidor, y esto ya dice mucho de mi amigo, de Eduard Punset, un peculiar científico español muy mediático que a mí solo me llama la atención por lo peculiar de su acento por encima de sus respetables disertaciones que no alcanzo a entender la mayoría de las veces.

«Se me hace duro vivir sin saber dónde está la luz, si saber cuál es la verdad», dice mi amigo.

Probablemente esa es una de las preguntas más importantes que pueden brotar de nuestro ser: ¿qué es la verdad?, ¿dónde la podemos encontrar?.

Mi amigo sigue leyendo mucho y viendo todos los programas de ciencia que ponen esos canales arrinconados en el dial y que se emiten tan tarde que a esa hora compiten con otros que ya andan con pitonisas y juegos de azar.

Puede que a ti nunca te hayan asaltado este tipo de dudas a propósito del paradero de la verdad, sin embargo, no te debes preocupar si se despierta en ti un deseo de luz y de verdad, aunque sea muy pequeño. Alégrate, estás vivo por dentro. Algo en tu interior quiere despertar, y eso siempre es bueno.

Es exactamente lo que le ocurre al “incrédulo” de mi amigo, con el que, a pesar de sus dudas, no nos separa tanta distancia como parece. Ambos somos «buscadores».

Lo primero que le has de hacer saber a alguien que te encuentres con inquietudes similares es que la verdad no es una fórmula que se pronuncia con los labios, ni un dogma elaborado por unos sabios antepasados.

La verdad no es tuya, ni mía, ni de nadie. No es hindú, ni cristiana, ni mahometana. La verdad no pertenece plenamente a nadie.

Todos caminamos por la vida «a tientas».

La verdad última nos supera a todos. Lo más acertado es adoptar una postura de búsqueda humilde y honesta.

Cometerás un error si piensas que estás en la verdad porque te agarras firmemente a tus propias ideas, tus opiniones o tus creencias.

Por mucho que te repitas a ti mismo o trates de convencer a tu amigo con argumentos a favor de la fe o por mucho que otros discurran para rechazarla, por mucho que leas, estudies o veas en la televisión, por mucho que sepas o que sepamos, ¿qué sabemos todavía de la verdad?

Pero antes que nada, tienes que hacerte una pregunta: ¿a mí me hace falta saber la verdad, yo quiero saberlo? Piénsalo.

Como mi amigo no hay muchos, quizá por eso me llama tanto la atención su caso, porque aunque te parezca extraño, es bastante raro encontrarse con personas que desean y buscan la verdad.

Es más fácil vivir huyendo de nosotros mismos, sin escucharnos hasta el fondo. Como nos pongamos a oírnos siempre acabamos liándonos…

Hay algo que puede cambiar de raíz nuestra manera de «buscar», y consiste en no olvidar esto: no se trata de esforzarnos por «poseer la verdad», sino de dejar que la verdad se vaya apoderando de nosotros y nos transforme poco a poco. De esta experiencia quizá sí puedan hablar muchos cristianos.

Por muy científico que seas, incluso si eres el más místico de la clase y buscas apasionadamente la verdad siempre llegarás a la conclusión que lo esencial permanece fuera de nuestro alcance, la verdad última sigue siendo un misterio.

Por eso los grandes buscadores de la verdad terminan viviendo en una postura muy humilde y abierta. La búsqueda les conduce a una actitud de «adoración», «abandono», «confianza en Dios», «amor a la vida», «paz nueva y desconocida»…

No alardean de nada. Sencillamente, siguen buscando.

En la cultura actual se nos ha convencido de que en el futuro no habrá ningún misterio porque la ciencia lo aclarará todo. Pero estarás conmigo en que a medida que avanza la ciencia, más grande es el misterio. Nunca he escuchado a un científico decir que su trabajo ha concluido, siempre hay una versión posterior de su teoría.

«Solo existe lo que puede ser captado por nuestra razón o fundamentado por nuestra ciencia». Esto es algo que a menudo me repiten mis queridos amigos no crédulos. Pero esto no se puede sostener científicamente, ¿quiénes somos nosotros para decidir que solo existe la verdad que cabe en nuestras pequeñas mentes?

Querido amigo, no lo podemos evitar, siempre viviremos buscando verdad y luz. Nunca encontraras la respuesta definitiva.

Eso sí, los cristianos buscadores nos agarramos a unas palabras que pronunció Jesucristo: «Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31).

Yo, de momento, sigo la primera parte del consejo del Maestro: me mantengo fiel a su palabra, aspiro a la segunda, ser un discipulo verdadero, no de «cascarilla»; siento la verdad y anhelo esa libertad

Señor, Dios mío,

tú eres más grande que nuestras palabras,

más silencioso que nuestro silencio,

más profundo que nuestros pensamientos,

más elevado que nuestros deseos

Danos, oh Dios soberano,

tan grande y tan cercano,

un corazón lleno de vida

y unos ojos nuevos

para descubrirte

y para acogerte

cuando vienes a nosotros.

FRANCISCO DE SALES, Obispo de Ginebra (1567-1622)

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Lázaro Hades

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