ODRES VIEJOS, ODRES NUEVOS, REMIENDOS…¿QUÉ QUIERE DECIR ESTO?

 

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Nadie corta un trozo de tela a un vestido nuevo para remendar uno viejo. De hacerlo así, se estropearía el nuevo y al viejo no le quedaría bien la pieza del nuevo.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos, pues el vino nuevo rompe los odres, de modo que el vino se derrama y los odres se pierden. 

El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos.

Nadie que haya bebido vino añejo querrá beber después vino nuevo porque dirá que el añejo es mejor.

Lucas 5, 33-39

Aunque en otras ocasiones lo he tenido claro, hoy me ha costado asimilar esta parábola. Es curioso comprobar cómo a través del mismo Evangelio, Jesús te dice una cosa distinta según el momento de tu vida en el que lo oigas.

Con esta parábola, Jesucristo culminó su explicación sobre porqué sus discípulos no ayunaban como lo hacían los seguidores de Juan y los fariseos.

El Señor les volvió a dar una lección magistral.

¿Haríais vosotros ayunar a los invitados de una boda mientras el novio está con ellos?

El Maestro les vino a decir algo así como que no se preocuparan tanto de las formas y sí que tuvieran más en cuenta el fondo. 

Siempre me ha llamado la atención cuánta gente ayuna un Viernes Santo y se pone su elegante traje oscuro y corbata negra: ha muerto Jesús.

Pero, de qué sirve tan rimbombante gesto si durante el resto del tiempo que Jesús (el novio) ha estado contigo ni siquiera te dignaste a hacerle una visita en el Sagrario.

A lo largo del año, ¿cómo digo del año?, ¡del día!, hay multitud de oportunidades para hacer un gesto mayor que un ayuno “cuando toca”.

Mientras el novio está con ellos…

Muchos hombres y mujeres viven una vida donde ha muerto la alegría, el gozo, el misterio. Para ellos, todo es gris y penoso.

Ya no aspiran a grandes cosas. Se contentan con no pensar demasiado, no esperar demasiado.

Su vida discurre de manera trivial y cansada. 

¿De dónde procede ese cansancio y esa tristeza?

En primer lugar, de pequeñas causas: demasiado trabajo, inseguridad, culpas, soledad, miedo a la enfermedad, decepciones, deseos imposibles…

La vida está llena de problemas, pequeñas frustraciones, contrariedades que rompen nuestra seguridad y pequeña felicidad.

Pero, si tratamos de ahondar más en la verdadera raíz de esa tristeza descubriremos que en el interior de esas vidas hay soledad y vacío.

Cuando uno no tiene nada por dentro, necesita buscar por fuera algo que le ayude a vivir.

Cuando uno no vive nada importante, necesita darse importancia y, si los demás no se la dan, se hunde en la frustración.

Cuando uno no vive ninguna experiencia gozosa en su interior, necesita que alguien le excite desde fuera y, si no lo encuentra, queda triste y sin vida.

En nuestra sociedad hay una tendencia a considerar como imaginario «lo que brota del corazón». Quedamos en ridículo cuando en cualquier sobremesa nos ponemos a trascender un poco sobre lo que se cuece por nuestros adentros.

El mundo interior es sustituido por lo que está fuera, las cosas a nuestro alcance, lo tangible, los objetos a poseer, el aparentar.

Pero, cuando no se tiene vida interior, las cosas aburren, las conversaciones se convierten en charla insustancial, en un torrente de palabras sin demasiado contenido. A la larga, todo se va haciendo monótono, gris, aburrido.

La alegría sólo se descubre cuando se vive la vida desde dentro. Cuando el hombre sabe dejarse habitar por el misterio. Cuando se abre a toda llamada que le invita al amor, la adoración, la fe entregada.

Para llegar a ese punto conviene despojarse de muchas cosas viejas que tenemos dentro ocupando sitio.

Un hombre “chirría” cuando por dentro hay poco que valga la pena y por fuera se empeña “en ayunos” que solo destapan sus carencias. 

Después mañana en el gimnasio o tras una tarde haciendo footing, al llegar a casa lo primero que haces es ducharte. Entonces te sientes muy bien físicamente por el deporte practicado y con el cuerpo limpio y perfumado.

No se te ocurriría quitarte la ropa de deporte y aun con sudor, ponerte un traje de fiesta e irte a cenar con tus amigos.

Pues eso es lo mismo de lo que estamos hablando.

Odres, parches, vino…

Un amigo mío de un pueblo chiquitito me definiría este Evangelio como «tecloso» para referirse ha que tocar muchas teclas para que acabe sonando bien. Y es que tiene mucha miga.

Cuando Jesús concluye con esa parábola, me está diciendo que todo lo nuevo que estoy aprendiendo de Él no me lo vaya a aplicar en mi hombre viejo. Acabaría por descoserme. Literalmente.

Y pese a todo el tiempo que llevo pegándome a Él, aún me queda mucho que limpiar.

Me pasaría como el vino nuevo que se echa en los pellejos viejos, con la fuerza de ese oxigeno fermentando rompería la bolsa y se perdería el odre…y el vino. Es decir que si le dejo entrar en mi, y yo sigo queriendo “mi versión” de su Palabra, no quedará ni una cosa ni otra.

Por esto mismo mucha gente que dice que quiere creer no puede hacerlo. Porque quiere conservar su recipiente, sus ideas, sus convicciones y recibe a Dios “sin ducharse” y ese remiendo hace que se rompa el vestido.

El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos. Y entonces, si lo pruebas, no querrás probar otra cosa.

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Lázaro Hades.

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3 pensamientos en “ODRES VIEJOS, ODRES NUEVOS, REMIENDOS…¿QUÉ QUIERE DECIR ESTO?”

  1. …pues si que faltaba…lo más importante! El Señor no se cansa de decirme todos los días a través de su Palabra lo que hay que hacer… yo lo escucho y pienso ‘esto está chupao’, si chupao…y empiezo a quitar de aquí a cambiar de alli y al final del día ni por asomo he hecho las cosaa como El quiere. Intento acoplar lo viejo con lo nuevo y El me dice que no hija, eso no es.
    Muchas gracias por tu esfuerzo y constancia. Ahora lo entiendo mucho mejor.
    Un saludo

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