EN DIOS NO HAY FAVORITISMOS…

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Todo aquel que haga el mal, tendrá tribulación y angustia; en cambio, todo aquel que haga el bien, tendrá gloria, honor y paz, porque en Dios no hay favoritismos.

San Pablo le decía a los romanos (2, 1-11) algo que nosotros hemos de tener muy clarito: Dios no es parcial con nadie.

En la entrada de hoy nos tocará saber si nos creemos que somos “favoritos” del Señor.

Jesús siempre es manso y misericordioso, dulce con los que caen y comprensivo con los que tropiezan, pero reprueba con palabras, en extremo agresivas, la conducta de los fariseos.

Lo que hace que Dios se canse de los hombres no son los pecados, sino la conducta farisaica, que consiste en actuar con hipocresía, es decir, fingiendo cualidades o sentimientos pseudo-religiosos o bondadosos:

¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, (…), pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios!

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas!

¡Ay de ustedes doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!

 (Lucas: 11, 42-46)

Es es la conducta que entonces y ahora, enciende el ánimo del Señor.

Exigir, pero no amar.

Cumplir, pero no querer.

Hacerlo todo sin gusto por nada, solo por las apariencias.

Eso es la conducta farisaica: hacer todo con una exactitud y pulcritud exteriormente intachables sin creer en absoluto en la capacidad de amar, sin pensar nunca en anteponer los demás a uno mismo.

Solo juzgan y condenan a quien no actúa “como es debido”: pero su interioridad es moralmente reprobable.

El principal vehículo que nos conduce hacia el fariseismo es nuestra propia imaginación. Darle rienda suelta a nuestra mente y sus elucubraciones nos llevaran a convertirnos en uno más de esos a los que seguro hemos identificado con nombre y apellidos al leer estas líneas.

Controlar nuestra imaginación hace mucho más sencilla nuestra tarea de ganar en unidad de vida: ¡Ojalá nuestra memoria, inteligencia y voluntad se parezcan a las de Cristo mismo! A eso nos llama Él.

Es hoy un buen momento para hacernos un test. El test de la buena persona. Si Dios tiene algún favorito, no me cabe duda que es uno que se pueda definir con lo que vamos a ver ahora.

Se trata de leer el texto que viene a continuación y evaluar dónde nos encontramos nosotros.

Lee y analiza:

Las personas buenas…

Saben madrugar con el sol, saludan con amor cada amanecer.

Están alegres, activas y optimistas.

Hablan poco y con sencillez: no hablan mal de nadie.

Elogian, estimulan y sirven sin interés, tienen para los demás un buen deseo.

No hablan de sí mismos, saben perdonar, no maldicen, no mienten, no engañan, no exageran, ni tergiversan.

Procuran ser pacientes y humildes.

Hacen algo por la felicidad de otros, conceden la razón y no disputan.

Reconocen sus errores y sus limitaciones: no se creen sabios ni poderosos, ni mejores que los demás.

No humillan, ni acusan, ni subestiman, ni censuran la moral ajena.

Son sinceras, leales y agradecidos.

No revelan secretos ni propios ni ajenos.

No ridiculizan, ni maltratan.

Saben mirar y sonreír como los niños.

No ponen trampas, ni subyugan, no gritan ni amenazan.

Saben usar sus manos solo para aliviar, enseñar y bendecir.

Tienen la capacidad de compartir su vida con los demás.

Son gente honesta, tanto en las palabras como en los hechos.

Son sinceros y compasivos, y siempre se aseguran de que el amor forme parte de todas las cosas que hacen.

Tienen la capacidad de brindarse a los demás y ayudarlos frente a los cambios que enfrentan en la vida.

No temen mostrarse vulnerables.

Creen en su singularidad y están orgullosos de ser lo que son.

Se permiten el placer de acercarse a los demás y preocuparse por su felicidad.

Han llegado a comprender que es el amor lo que marca toda la diferencia en la vida.

No dicen todo lo que saben.

Aprecian a los demás y cuanto hacen, no son avaros ni envidiosos.

Actúan con serenidad y con decoro.

Se adaptan a todo y a todos, no hacen chismes, saben callar y no se meten nunca en vidas ajenas.

Aman a su cónyuge y son fieles.

En la prosperidad no se envanecen, y la desgracia no los abate, porque saben hacer la voluntad del Padre, cualquiera sea la idea o creencia que tengas de Él.

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Creo que tengo mucho que mejorar…

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Lázaro Hades.

Gracias Dios mío por tu amor infinito.

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