CON OJOS DE NIÑO

OJOS DE NIÑO

La Navidad comercial es necesaria.

Las luces que iluminan las calles, los adornos navideños y los villancicos, también hacen falta.

Creo que es necesario que cuando ocurren acontecimientos importantes haya algo que nos ponga de acuerdo a todos y aunque sea el tirón mercantilista lo que eche a andar la Navidad año tras año, que esto la ponga en marcha ya nos lo pone fácil a los que queremos algo más, a los que esperamos que ocurra algo importante estos días.

Son fechas en las que todas las personas, de cualquier raza, creencia o condición se predisponen a hacer “algo más” por el otro. Aunque sea enviar un mensaje de felicitación en cadena para re-felicitarte la Navidad o el año nuevo.

Con todo este atrezzo, ¡qué fácil lo tenemos los cristianos para disfrutar del verdadero motivo de fiesta de estos días!.

Voy a tratar de no ser muy repetitivo. En estos días abundan las grandilocuencias, metáforas y frases bonitas por las que pasamos de puntillas sin detenernos a entender qué significan, pero que las reenviamos vía whatsapp sin ni siquiera terminar de leer.

Pero lo más repetido estos días es que nace Jesús y muchos aún no nos percatamos de que eso es lo verdaderamente importante.

A ver, eso de que “nace Jesús” se lo digo yo a mi vecina que hace años suma nietos y que su peluquera le hace lucir un peinado de perfecta cabellera redondeada formada por canas de colores diversos entre blancos, grises y “morado abuela”, y la mujer al oír eso del nacimiento respondería casi de memoria: sí, sí, Lázaro, ha nacido el Señor, felices pascuas(*)…

¿Pero realmente se cree ella que el 24 por la noche va a nacer Jesús?

¿Esto qué quiere decir??

Cuando decimos que Jesús nace de nuevo no estamos de broma ni estamos hablando en metáfora.

No es que en un pesebre o en nuestro garaje mañana vamos a encontrar un niño en pañales, pero si nosotros nos empequeñecemos hasta parecer infantes tendremos la suerte de encontrarnos con Él de nuevo.

Todas las luces, las tiendas, las ofertas, el sorteo de Navidad nos han ido haciendo el cuerpo para tener gana de fiesta, pero Fiesta de verdad la vamos a tener desde el momento en que seamos conscientes que el amigo invisible de este año es el mismo hijo de Dios hecho hombre.

Y va a nacer en tu vecina con la que hace tiempo no hablas, en el conductor del autobús que jamás sonríe, en la de atención al cliente que pone de todo menos atención, en el que todas las mañanas se cruza en tu camino y nunca levantó la cabeza para decir un buenos días anónimo, en el camarero que te pone el café cada mañana y parece perdonarte la vida cuando le dices que si te puede enfriar la leche ardiendo que le ha puesto, en el del kiosko donde compras el periódico que nunca dice nada porque para qué, si ya viene todo escrito en el diario…

Estará donde nunca lo buscaste y también en muchos que se acercan a ofrecértelo.

Pero para que Jesús nazca y pueda entrar en tu vida, tú eres el primero que tienes que disponerte a ello.

Cuando éramos niños dejábamos entrar en nuestra imaginación cualquier fantasía para que cogiera cuerpo y se hiciera una realidad increíble.

Si hoy alzamos el telón de nuestro interior y dejamos pasar todo lo que Dios quiere entregarnos en mano, estaremos recibiendo algo que no por inesperado será menos eficiente, pues si queremos dejar sitio a Dios, realmente comprobaremos la verdadera dimensión del tiempo de Navidad.

Y, ¿qué he de hacer para que Dios entre en mí, para que nazca de nuevo?

De entrada has de quitar los obstáculos de este mundo, de nuestra vida, para que pueda entrar, el que aunque niño, es el Rey de la Gloria.

¿Cuáles son esos obstáculos que impiden que entre el Señor?

Identificarlos es una labor personal porque se trata de unas compuertas que hemos edificado en nuestro interior que dejan paso a muy poco que no provenga de lo tangible y material. Son obstáculos muy arraigados en nosotros, muy antiguos, muy personales, y provienen de planteamientos en ocasiones muy egoístas, en los que estoy yo en el centro, en donde velo mucho por mi propio yo y exijo que sea respetado.

Con frecuencia esperamos que se reconozca nuestro papel, nuestros actos, nuestra valía, y esto es aceptable porque no lo hacemos con mala voluntad, pero debemos estar atentos puesto que a veces esas actitudes pueden llegar a convertirse en obstáculos, en portones, en murallas.

Y en ocasiones nos gusta esa comodidad de fiarnos únicamente de lo que depende de nosotros y de nadie más, tenemos a veces pretensiones de seguridad, de controlar el futuro, los hechos, todo lo que pueda ocurrir, y tratamos de que nuestra razón impere sobre todo.

Son tantas las compuertas que podemos tener levantadas, y de las cuales muchas veces no somos conscientes, que acaban convirtiéndose en reales y eficaces e impiden la entrada del Señor.

Los pastores cuando encontraron a ese niño recostado en un pesebre, envuelto entre paja, pudieron haber seguido con sus rebaños cumpliendo sus tareas. Podían haber seguido, a lo suyo. Como tú y yo hacemos la mayoría de las veces. Trasladado a nuestros días, lo más normal sería pensar que “con lo de compras que tengo que hacer yo para la cena de nochebuena, me voy a entretener ahora en un niño en un pesebre…”

Pero los pastores se detuvieron de inmediatamente, dejaron lo que estaban haciendo, ningunearon a su razón  y con prisa se dirigieron al portal de Belén, a donde les ha invitado el ángel.

Esa prontitud de los pastores es la que quizás podemos echar en falta nosotros, tal vez por falta de fe o de amor, pero sobre todo porque tenemos una gran tendencia a seguir con lo nuestro, a entretenernos y dejarnos atar por nuestras desgracias, motivados por ese curioso morbo que nos hace darle vueltas y más vueltas a nuestras desdichas.

Cuántas veces merodeamos nuestra propia desdicha y nos quejamos que Dios no nos atiende y lo tenemos en la puerta esperándonos pero no queremos mirarle porque nuestra desgracia es tan grande que parece que hasta nos gusta regodearnos en ella.

Podemos nosotros muchas veces entretenernos en aquello que nos oprime, que nos duele, que tenemos encima, que nos preocupa y nos hace sufrir, y adivinamos enseguida esa extraña complacencia en el replegarnos sobre nosotros mismos, en vez de darnos a prisa para ver y conocer, contemplar y adorar a ese niño que nos ha sido anunciado.

 Por eso conviene que en estos días “perdamos tiempo” mirándole, contemplando al niño Jesús, y en este sentido debemos aprender de María y José a mirarle, a contemplarle, a complacerle, a cuidarle, a agradecerle, a convertirle en el único centro de nuestra vida.

Si quieres que la noche del 24 sea una noche buena de verdad, no dejes de mirarle… como si fueras un niño.

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Lázaro Hades.

* FELICES PASCUAS. La Pascua significa la venida del Señor. La Pascua de Resurrección la celebramos 50 días, desde el fin de la Cuaresma hasta Pentecostés. En algunos lugares se le felicita “la Pascua de Navidad” con esa expresión: Felices Pascuas!!.

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