LOS SANTOS INOCENTES

inocentes

 

La liturgia romana celebra hoy a esos mártires inocentes asesinados por Herodes, quien se sintió engañado por los Magos después de que vieran al Niño Jesús, a quien él quería eliminar por temor a encontrar un rival a su poder.

Nace el hijo de Dios pero, a la vez, una espada traspasa el alma de muchas madres que veían morir injustamente a sus pequeños. Para ellas era desconocida la causa de esa matanza.

El corazón se hiela al observar la crueldad de Herodes y la inteligencia se nubla al considerarlo en profundidad.

¿Por qué hubo de nacer entre tanta sangre el príncipe de la paz?

Ya san Juan Crisóstomo pensó sobre ello cuando afirma que Herodes fue poseído por el demonio de la ira y de la envidia.

El malvado reyezuelo no tuvo en cuenta nada más que su odio y se enfureció contra la naturaleza misma. Los magos burlones motivaron en él una rabia tal que desató su ira contra niños inocentes.

Cristo no tuvo la culpa de la muerte de los infantes; el motivo fue de la crueldad del rey.

¿Por qué te irritas, Herodes, al ser engañado por los magos? –se pregunta el Crisóstomo–.

¿No caes en la cuenta de que aquel nacimiento fue divino?

¿No llamaste tú a los príncipes de los sacerdotes?

¿No reuniste tú a los escribas?

Todos estos que tú llamaste, ¿no se trajeron consigo a tu tribunal al profeta que había predicho todo esto?

¿No ves cómo lo antiguo consuena con lo moderno?

¿No oyes cómo una estrella se ha puesto al servicio de todo esto?

¿No sentiste tú mismo respeto del fervor de los magos y admiraste su franqueza?

¿No te estremeciste de la verdad del profeta?

¿Cómo no comprendiste por lo pasado lo presente?

¿Cómo no dedujiste a tus solas de todos estos hechos que lo sucedido no venía de embuste de los magos, sino de un poder divino que todo lo dirigía a fin conveniente?

Mas, si, en fin, fueron los magos los que te engañaron, ¿qué tenían que ver con ello unos niños inocentes?.

La injusticia y el pecado son casi siempre consecuencia del orgullo, incapaces ambos de reconocer los signos que Dios pone en medio de lo cotidiano.

La soberbia ciega para reconocer los signos ordinarios y extraordinarios que el Señor pone tantas veces en el camino: un comentario amigo puede ser la estrella que nos guíe, una gestión oportunamente realizada bien podría ser la señal de un ángel, una sugerencia en un rato de oración se asemejaría a la interior inspiración que guiaba a los magos de oriente y a los pastores…

No juzgues a Herodes: júzgate a ti mismo y considera si no es verdad que muchas veces el demonio nubla tu inteligencia para que te mires solo a ti y consideres como injusto todo lo que te ocurre… reaccionando desproporcionadamente.

.

Fuente: “Con Él” – Fulgencio Espa – Ediciones Palabra.

Deja un comentario