¿Y SI JESÚS NO ENCUENTRA A LA OVEJA PERDIDA?

foto: Uwe Appelberg
foto: Uwe Appelberg

Llegaron a Jericó. Más tarde, cuando Jesús salía de allí acompañado por sus discípulos y por bastante gente, el hijo de Timeo, Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Cuando se enteró de que era Jesús el Nazareno quien pasaba, se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!

Muchos lo reprendían para que callara. Pero él gritaba todavía más fuerte: —¡Hijo de David, ten compasión de mí!

Jesús se detuvo y dijo: —Llamadlo.

Llamaron entonces al ciego, diciéndole: —Ánimo, levántate, que te llama.

Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: —¿Qué quieres que haga por ti?

El ciego le contestó: —Maestro, que vea.

Jesús le dijo: —Vete, tu fe te ha salvado.

Y al momento recobró la vista y le seguía por el camino.

Marcos 10, 46-52


Hoy mezclo dos Evangelios a priori bien diferentes. El de la parábola de la oveja descarriada al que hago referencia con el título de esta entrada y este de Marcos con el ciego Bartimeo como protagonista.

Después de oírlo en Misa esta mañana no he podido dejar de pensar en esa situación. Cuando Jesús pone el ejemplo de ese pastor que deja a sus ovejas en el redil para salir a buscar a la perdida y regresa con ella a hombros feliz de haberla encontrado.

Desde ese instante ha comenzado a cohabitar esa situación en mis pensamientos junto a la vivida por el ciego Bartimeo que ya llevaba unos días haciéndome reflexionar para escribir sobre él y su también exitoso encuentro con Jesús.

Hace un tiempo alguien me dijo “que le gustaría tener razones para creer”, “que quería tener fe pero no podía…”

Seguro que alguna vez has oído algo parecido.

El problema en estos casos es que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Y es aquí donde el hijo de Timeo, ciego de nacimiento entra en escena.

Podríamos hacer paralelismo entre él y tantos que se encuentran en situaciones parecidas en nuestra vida actual. Aquellos que ven pasar ante sí a personas siguiendo a Jesús incondicionalmente con una fe que perfuma a cuantos le salen al paso y quieren sentir como ellos.

Alguno de esos indecisos pueden parecer gritar lo mismo que el ciego: ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!… ayúdame a creer, quiero seguirte, pero no veo.

Ante esa súplica al que no veía pero quería hacerlo, le recriminaron su deseo de encuentro con el Hijo, igual que hoy tratan de hacer piña los no creyentes cuando uno de los suyos parece “desviarse” hacia el camino correcto. Son aquellos que le quieren hacer ver que eso de creer ya está pasado de moda, que mejor mantenerse indiferente, aunque parezca que Dios este llamando a tu puerta con insistencia.

Y claro, lo más fácil es rendirse. Acomodarte en tu zona de confort y no complicarte con eso de tener fe y todas las “obligaciones” que conlleva: ir a misa, escuchar sermones, rezar… sin saber que todo se resumen en amar y dejarse ser amado.

Es en esos momentos de incertidumbre cuando hay que gritar más fuerte, como lo hizo Bartimeo.

Sorprendente es la reacción del ciego y a la que animo a todos aquellos indecisos a tomar como ejemplo. Cuando Jesús le mandó a llamar, no directamente Él, sino a través de otras personas, en aquella ocasión los apóstoles y hoy la gente de tu entorno, el invidente se levanto inmediatamente y se despojó de su manto caminando hacia el Señor.

Se quitó todo lo que le impedía caminar, su manto, y a pesar de su ceguera fue a buscarle. Imagínate, en medio de la oscuridad, se lanzó en pos de Él seguro que lo encontraría.

Ese es el primer paso de la fe. Y es ahí cuando el propio Jesús se encarga de poner luz en ese camino del que no ve.

Entiendo que dar ese paso no debe ser fácil. Lanzarse hacia Él a pesar de nuestra ceguera es complicado hasta para los que vemos a través de la fe, cuánto más difícil ha de serlo para los que buscan sin rumbo.

El final de esa búsqueda siempre lo hace fácil el propio Resucitado:

Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: —¿Qué quieres que haga por ti?

El ciego le contestó: —Maestro, que vea.

Jesús le dijo: —Vete, tu fe te ha salvado.

Y al momento recobró la vista y le seguía por el camino.


Pero ¿qué ocurre su Jesús sale a buscarte y no te encuentra?

Puede ocurrir que aunque lo estés llamando y quieras encontrarlo no lo veas porque no quieres ni siquiera intentarlo.

¿Cuántas veces sale Jesús a buscar su enésima oveja descarriada y tiene que volver con las manos vacías?

Incluso a los que le seguimos sin ambages nos gusta jugar al escondite con Jesús. Cuando Él sale a buscarnos en nuestras crisis, en nuestras desviaciones, en nuestros desencuentros con el hermano… En esos momentos nos hacemos reticentes al encuentro. Nos empeñamos en acomodarnos en nuestras obstinaciones para hacerle difícil que nos vuelva a cargar sobre sus hombros.

Es esta entrada de hoy una reflexión inacabada. Pongo sobre el teclado una serie de cuestiones y preguntas sobre las que no de todas puedo dar respuesta y sobre las que me gustaría seguir ahondando ayudado por tus comentarios.

De momento, si Jesús sale a buscarnos, pongámonos al descubierto para que nos pueda encontrar fácilmente.

.

LH

Un pensamiento en “¿Y SI JESÚS NO ENCUENTRA A LA OVEJA PERDIDA?”

Deja un comentario