HUMILDES Y SENCILLOS DE CORAZÓN

LAVADO PIES FRANCISCO

Dios busca a los “cansados y agobiados”, nos invita a “cargar con su yugo” y a aprender de Él que “es humilde y sencillo de corazón”.

No anda rebuscando Dios entre la élite sino que se detiene a exigir a los que más motivos le damos para que actúe su misericordia. A los que como aquellos leprosos tenemos que cargar con el estigma, en este caso, no de una enfermedad física que nos atormenta, sino de esas continuas recaídas de nuestra conducta que nos alejan de la senda de amar sin condición que Él nos dejó como guión.

Cierto es que no siempre nos giramos a dar gracias por cuanto ha hecho por nosotros. Que somos de memoria frágil y que en un suspiro se van las promesas de fidelidad que acompañaban a plegarias desesperadas.

Dar gracias por aquello que ya apenas nos acordamos pero que durante aquel tiempo tanto nos atormentaba es algo que nos ocurre con frecuencia. Nos hacemos habitantes de lo cómodo y salirnos de la zona de confort para dar gracias a Dios nos delata como extranjeros en nuestra propia cotidianidad. No nos parecemos al samaritano ex-leproso que detuvo el paso ante la felicidad que le aguardaba tras ser curado en su nueva vida y que al contrario que los otros nueve, reparó en que lo primero era dar gracias a quien había depositado su gracia sobre él para librarle de sus penas.

Jesús le curó y después de haberlo hecho y comprobar que este vino a darle gracias, le dice “vete, tu fe te ha salvado”. ¿Por qué? Si ya estaba curado, por qué Jesús le dice que su fe le había salvado. Los otros nueve no se volvieron hacia el Maestro y también estaban salvados…¿también?, ¿de qué estaban salvados?

Quizá cuando acudimos a Dios a pedirle un favor y sentimos que somos escuchados, la inercia nos lleve a avanzar con la seguridad que ya está todo hecho. Pero esa salvación de la que hablaba Jesucristo es la que tiene reservada a los que no se conforman con haberle encontrado en los aperitivos y deciden esperar junto a Él hasta que llegue el plato principal que su yugo, de tan fácil carga, nos va a regalar.

El estribillo de un salmo dice: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

¿Agradecemos todo lo que Dios ha hecho por nosotros?

Demos gracias a Dios muchas veces al día.

Todo, absolutamente todo, nos lo ha dado Dios. Nuestras virtudes, la simpatía, la elegancia, la belleza o las capacidades. Todo.

También nuestras limitaciones o lo que nos parece que es menos bueno. Nada escapa de la mano de Dios.

Si creemos que somos atractivos, es Dios quien nos lo ha dado; si nos creemos inteligentes, es el Espíritu Santo el que nos ilumina; si somos habilidosos, es el Señor el que nos ha creado…

Demos gracias por lo que tenemos y por lo que no tenemos, por los fracasos, por las humillaciones.

Demos gracias por todo, porque así nos educamos, crecemos y nos hacemos capaces de amar mucho más.


Las acción de gracias es el termómetro de la humildad.

Los soberbios nunca dan gracias: piensan que todo se lo merecen, que todo lo han conseguido ellos.

Los humildes, por el contrario, dan las gracias por todo, no por una especie de temor, como los siervos, sino porque están convencidos de que Dios es quien da todas las cosas.

Si Jesús nos pide que aprendamos de la humildad y sencillez de su corazón, hemos de tomar apuntes sobre su forma de vivir.

¿Quieres saber cuál es el nivel de tu humildad? Piensa cuántas veces al día das gracias a Dios y a los demás. Si nunca lo haces, examínate, porque ser agradecido es uno de los caminos para crecer en humildad.

La Misa es acción de gracias. De hecho, es la única acción de gracias que está a la altura de Dios, porque es el don de Cristo al Padre.

Un buen modo de ser agradecido es acudir más frecuentemente a Misa, y unirse al sacrificio de Jesús, de modo que no sea solo una costumbre dominical, sino que algunos días más entre semana –quizá todos– puedas ir a dar gracias al Señor en la celebración de la Eucaristía.

Las acciones de gracias pueden también prolongarse durante el día, adquiriendo la costumbre de agradecer a Dios todas las buenas noticias que nos llegan: una buena nota, una victoria de tu equipo de fútbol, una buena noticia de una amiga tuya, un amor… ¡lo que sea!

El modo de adquirir esta costumbre será renovar el esfuerzo de ser agradecidos cada mañana: hoy te voy a decir muchas veces «gracias»; y esforzarse porque tu propósito sea verdadero.

De este modo, cuando consigas agradecer lo bueno, serás igualmente capaz de agradecer lo malo: una enfermedad, una contrariedad, un desamor… ¡lo que sea!

Porque cuando eres agradecido te haces humilde; y cuando te haces humilde entiendes que solo Dios sabe lo que es bueno y malo de verdad.

Lázaro Hades

Un pensamiento en “HUMILDES Y SENCILLOS DE CORAZÓN”

  1. Danos la fortaleza que necesitamos para seguir luchando y cuida de nosotros en nuestras enfermedades e intercede en tus oraciones para que podamos ser sanados.

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