UN ZORRO, UN CONEJO Y UNA ZANAHORIA

zorro conejo

Ayer concluyó una de las series de televisión que más me ha impactado en los últimos años: Fargo. 

Con una temática algo violenta pero con una brillante puesta en escena y desarrollo de la trama, cada uno de sus diez capítulos ofrece una magnífica fotografía, unos brillantes diálogos y un argumento que te deja ansioso de ver el siguiente episodio pensando que será imposible desliar el nudo en el que se enreda la trama de crímenes e investigación policial por los que transita esta serie.

Los actores están espléndidos y cada uno encierra un historia personal que queda plasmada, en los apenas 45 minutos que dura cada capítulo, de tal manera que cuando llevas unas semanas siguiendo la historia te identificas con alguno de ellos.

Y tú estarás pensando que a qué viene todo esto en un blog cristiano. Pues me temo que para resolverlo tendré que andar tan fino como los hermanos Cohen, los productores de Fargo, a la hora de escribir el guión de sus historias.

En el capítulo 9 de esta serie, el antepenúltimo, dos torpes agentes del FBI trataban de resolver un acertijo:

Hay un hombre en una isla con un bote, un zorro, un conejo y una zanahoria. El hombre quiere atravesar el río en el bote y quiere llevar sus cosas consigo, pero en la barca solo caben 2: él y algo más. ¿Cómo lleva sus 3 cosas al otro lado del río sin que estas queden dañadas o mojadas?

La solución no es fácil. Si se lleva la zanahoria primero, el zorro se comería al conejo, y si deja al conejo y la zanahoria, podemos imaginar que pasaría.

Así pues, ¿cómo se las apañaría para cruzar las 3 cosas al otro lado del río?


El Hermano Raúl se ha cortado el pelo. Esta mañana en misa parecía un niño celebrando su primera Comunión. Su rostro de niño con ese pelo corto y rubio invitaba a imaginar que si se daba la vuelta veríamos en su casulla morada de Adviento una “L” como la que les ponen a los conductores noveles.

Pero no, lo que lleva a sus espaldas no es otra cosa que muchas celebraciones eucarísticas y en su alma mucho amor a Jesucristo que aún está germinando y con el paso de los años podremos saborearlo aún más que ahora pues su experiencia lo habrá enriquecido para que lo disfrutemos los que nos sentamos a la mesa del Señor presidida por él.

Cuando leía el Evangelio le faltaba poner sonrisa de pícaro al dejar “sin respuesta” el Evangelio que Jesús dejó para el lunes III de Adviento.

Mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Respondieron, pues, a Jesús: «No sabemos». Y Él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». (Mt 21,23-27)

Los sumos sacerdotes, los ancianos y yo coincidimos en una cosa. La cara de tontos que se nos queda cuando ellos empiezan a decidir qué decir sobre el origen de Juan y la mía cuando comienzo a subir y a bajar en la barca a zorro, conejo y zanahoria.


Mas allá de la sagacidad con que Nuestro Señor Jesucristo sale vivo de la trampa farisea, llama la atención la grave inquisición de los jerarcas: «Tú, ¿con qué autoridad haces esto?». Se referían a sus enseñanzas en el templo. Podemos imaginar sin margen de error que eran multitudes las que se apilaban en torno al Salvador para escuchar su Palabra.

Una mezcla de curiosidad y envidia animaba el espíritu de los fariseos. ¿Dónde está el fundamento de tu autoridad?

Si formulamos nosotros mismos, sin malicia, la cuestión al Señor resucitado, escucharemos en nuestro interior la respuesta: obro con autoridad porque soy Dios.

Pero, ¿qué es autoridad?

Hay profesores y maestros dotados de autoridad; son esos que, al entrar en clase, logran que se haga el silencio en virtud de su sola presencia. No son en absoluto los más temidos. Al contrario: los alumnos tienen habitualmente gran confianza con ellos, porque saben que pueden ayudarles a resolver sus problemas, y ser sus confidentes en lo verdaderamente importante.

La autoridad es distinta del miedo.

Jesús era también portador de esa autoridad humana. ¿De dónde le venía?

Portador de toda virtud, el Maestro de Nazaret era culto y justo, hacía el bien y era ajeno a toda maledicencia y rencor, era limpio. Su presencia inspiraba tal confianza, y su palabra, tanta verdad, que la obediencia se hacía fácil para quienes le escuchaban.

Para conseguir ser depositarios de esa confianza y portadores de la misma autoridad, es necesario caminar por la vía estrecha pero rectilínea de la exigencia.

Quien no se exige difícilmente conseguirá exigir a los demás.

Pienso en todo esto y asumo que aún tengo mucho por aprender del Maestro. Tiempo y paciencia no me han de faltar…

Mientras, sigo saboreando el final de la serie que vi anoche y dándole vueltas al asunto del zorro, el conejo y la zanahoria…

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Lázaro Hades

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3 pensamientos en “UN ZORRO, UN CONEJO Y UNA ZANAHORIA”

  1. No conozco la serie, pero en el caso de Jesucristo, envidiaban éso que tenía el Señor.

    Cuando no hay humildad, suele pasar.

    Me parece que hay dones propios, vienen con uno y veces no es que sean más capaced, pero tienen ese atracción. Es propia.

    Lo he aprendido a ver y respetar.

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