EL REGALO PARA ESTE AÑO: LA PLENITUD ESPIRITUAL

regalo

Espera, espera un momento!!

No vayas tan deprisa. Aún estás a tiempo…

No lo abras aún…

Piensa un poco en lo que acabas de recibir…

Detente por unos instantes antes de abrir este hermoso regalo.

Tienes en tus manos un año nuevo entero para que hagas con él lo que quieras.

Tenemos por delante un año sin estrenar, limpio, a nuestra disposición, completo para nosotros, todo por escribir, todo por gastar…

Es este un regalo singular. 

Tenemos experiencia en recibir regalos de otro tipo: tablets, relojes, balones de fútbol, muñecas, camisas…

Pero imagínate que todos los años te regalan lo mismo, por ejemplo unas gafas. Cuando lleves dos o tres años recibiendo el mismo par de lentes, lo más probable es que pierdas la emoción y la ilusión ante el “nuevo” regalo de cada año.

Pues ocurre que todos los 1 de enero recibimos el mismo regalo desde que hemos nacido: un año sin estrenar.

Lo bueno de este presente es que somos nosotros los que le damos forma. De manera que el 31 de diciembre podamos mirar atrás contemplando cómo nos quedó el regalo en esta ocasión.

Tenemos ante nosotros un nuevo paréntesis que se abre en nuestras vidas y dentro del cual podemos hacer la observaciones que nos apetezca de cara al resultado final de nuestro tránsito por la Tierra.

Conozco a personas que dicen tenerlo todo. Afortunados en su trayectoria profesional, con hijos de brillante expediente académico y familia que goza de una salud envidiable. Cuando los veo, me doy cuenta de lo poco que necesitamos para ser felices.

Aunque resulte paradójico, cuando observo a ese tipo de personas es cuando me doy cuenta que la felicidad no se alcanza al conseguir todas aquellas cosas que anhelamos, aunque lo más normal es desear estar en el pellejo de este tipo de personas que tienen todo lo que os he contado.

La felicidad no la vamos a encontrar nunca en nada que podamos imaginar. Le felicidad es un estado por descubrir.

Y descubrirla es más fácil si pones a Dios en el camino.

Detente un momento a pensar en cuántas cosas que soñaste te dieron la felicidad para siempre. Cuando las alcanzas, siempre acabas buscando una nueva versión de la misma.

A mi me hacen inmensamente felices mis hijas. Pero no voy a negar que siempre voy a estar deseando algo más para ellas. Una buena adolescencia, buenos amigos, buenas notas, buen trabajo… Nuestra idea de la felicidad siempre va a estar evolucionando, en este caso, con ellas.

La vida es lo que ocurre mientras estamos haciendo planes. Por eso se nos escapa de las manos sin darnos cuenta.

Pongo otro ejemplo. Cuando vas de vacaciones o estás compartiendo una cena con unos amigos en un restaurante, siempre acabas hablando de aquel otro viaje que hiciste o de la cena que disfrutaste en aquella ocasión en otro lugar. La menor parte del tiempo se dedica a saborear el momento que estamos viviendo en ese instante. Seguro que en alguna reunión con amigos esta Navidad te ha pasado esto.

Pienso que solo cuando Dios está entre nosotros se puede alcanzar la felicidad plena.

Cuando me dispongo a abrir este año, este ciclo de 365 días por estrenar, lo hago con el deseo de evolucionar espiritualmente. Mi anhelo es alcanzar la plenitud espiritual.

Aunque parezca un término con cierta ambigüedad, la plenitud espiritual es la que me hará sentir la felicidad en un estado que aún desconozco.

Por supuesto que deseo todo lo que tienen esas personas que conozco: el éxito en todos los niveles de la vida, profesional, personal y familiar… pero también espiritual.

Alguno de esos que conozco que lo “tienen todo” no creen ni quieren creer en Jesús, dicen que no sirve para nada. La mayoría de ellos no lo quieren encontrar pero andan buscando algo que complete el círculo de su felicidad. Siguen queriendo encontrar en quién creer. Porque lo necesitan.

Los cristianos somos muy afortunados. Necesitamos muy poco para ser felices. Tenemos lo más complicado para muchos. Nos sentimos amados por Jesús.

Si yo consigo sentirme amado por Jesús todos los días de este año, cuando llegue la próxima Navidad podré decir que fui feliz en 2015.

Y para sentirme amado no debo pedirle más a Él, debo pedirme más a mi.

Soy yo quien debo dejarme hacer, ser conductor de su amor, receptivo ante su gracia y proactivo con su voluntad.

Debo ser yo la persona en quién los demás vean la acción de Cristo, de esta forma seré el principal agraciado.

Me toca a mi ser el que genere la paz entre los que me rodean, y Su paz estará entre nosotros.

Mis escritos han de dejar pasar siempre su voluntad y transmitir su Palabra sin apoderarme más que de su aroma, para que cuando salga al exterior el perfume de Cristo embriague a los que lo buscan a través de mi.

Mi oración será un encuentro personal en el que cada día me de la lista de tareas para seguir teniendo la humildad necesaria para saber que esta vida, la mía, no la manejo yo sino Él.

Soy yo quien esté donde esté he de saberme acompañado. Sentir su presencia en mi despacho, en mi habitación o en la cocina. Saber que Él está jugando este partido conmigo.

Cuando sufra, he de ser consciente que Él sufre conmigo. Cuando no lo entienda, debo recordar que Él ya tiene los planes hechos para mi bien. Cuando me duela, es porque es amor.

En definitiva, Señor, que me dispongo a abrir este año nuevo con la esperanza de alcanzar la plenitud espiritual que solo Tú me puedes dar.

Si consigo cumplir todos estos propósitos para el nuevo año, esa plenitud espiritual me hará conocer la felicidad.

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Lázaro Hades.

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